7 de agosto de 2018 00:00

Las comunidades de venezolanos crecen en otras ciudades

Verónica Espinoza vive en Jama desde hace siete meses. Ella maquilla, hace peinados y cortes de cabello a domicilio. Foto: Juan Carlos Pérez para EL COMERCIO

Verónica Espinoza vive en Jama desde hace siete meses. Ella maquilla, hace peinados y cortes de cabello a domicilio. Foto: Juan Carlos Pérez para EL COMERCIO

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Redacción El Comercio

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Manta, Jama, Pedernales, Otavalo, Ibarra, Santo Domingo y Loja son algunos de los nuevos sitios a donde inmigran más venezolanos que llegan al Ecuador. Aunque la mayoría permanece en ciudades más grandes como Quito, Guayaquil y Cuenca.

Daniel Regalado, presidente de la Asociación Civil de Venezolanos en Ecuador, cuenta que la mayoría de extranjeros que se establece en las localidades costeras consigue una fuente de ingresos en actividades relacionadas con las peluquerías, las manufacturas o los restaurantes.

También hay comunidades en Tena o Lago Agrio. “En Loja, que es un sitio poco conocido para nosotros, también hay un pequeño grupo”.

Otro grupo se ha establecido en la frontera con Perú, en Machala (El Oro). Luis Ruiz, de 26 años, llegó a esa ciudad el año pasado tras aplicar a un programa educativo de una entidad estatal, para enseñar inglés en colegios fiscales.

“Apliqué por Internet, me aceptaron y viajé junto a otros 11 venezolanos”. Su primer empleo bajo esta modalidad fue en un colegio fiscal de Huaquillas. Allí ganaba USD 350, de los cuales pagaba 100 a la familia que le brindaba hospedaje y comida.

De los 11 compatriotas que arribaron con él en las mismas condiciones, uno se fue a Colombia y 10 están en Machala.

En varios locales de la avenida 25 de Junio, de esa ciudad, hay uno o dos venezolanos con trabajo. Aunque también hay quienes piden dinero en las calles. A Machala, dice Regalado, los extranjeros empezaron a llegar desde el 2016. Actualmente se calcula que viven más de 100 familias (de tres a cuatro integrantes).

Carolina Pineda, de 41 años, trabaja como secretaria. Ella llegó a Machala con su esposo y tres hijos. “Mi familia está bien, incluso pude traer a mis hermanos y a sus familias y están trabajando”.

En Pedernales y Jama (Manabí) viven alrededor de 300 venezolanos, que llegaron de estados como Falcón y Carabobo, según la colonia radicada hace un año. Ellos se dedican al comercio y a la construcción y dan servicios a domicilio de limpieza o peluquería.

Emil Arias, de Valencia (Carabobo), afirma que escogieron esos cantones porque siempre hay movimiento de turistas. Él trabaja en un restaurante del malecón desde hace siete meses. A la semana gana USD 80 y envía 60 a su esposa y dos hijos en Venezuela. “Me duele que yo acá tengo la posibilidad de comer tres veces al día y mi familia solo una”.

Él vive en una construcción de madera que levantaron los dueños del restaurante con otros trabajadores, ya que durante el terremoto perdieron sus casas de cemento.

En otra vivienda similar, en las afueras de Pedernales, viven 20 venezolanos. Ellos trabajan en camaroneras y construcciones y venden comida en el parque de Pedernales. Todos llegaron hace un año.

Ellos probaron suerte en Quito, por más de dos meses, pero no encontraron trabajo estable y en pasajes gastaban lo que ganaban. En Pedernales, en cambio, se trasladan a pie.

Francisco Salas labora en la construcción de viviendas y hoteles que se destruyeron por el sismo. Pero ese trabajo no es fijo. También vende jugos de naranja o avena en el parque. Él reúne cada semana entre USD 60 y 80 para enviarlos a sus dos hijos a su país.

Verónica Espinoza llegó al poblado de Jama hace tres meses desde Falcón. Ella presta el servicio de peluquería a domicilio, mientras que su esposo trabaja como albañil en las ciudades cercanas. Entre los dos logran reunir entre USD 20 y 30 al día. Ambos viven en una casa en el centro de Jama, con su hijo de dos años.

Otavalo, en Imbabura, también acoge a nuevos grupos de venezolanos aunque aún no hay registros de alguna asociación (en toda la provincia). La mayoría tiene empleos en locales comerciales o se dedican a las ventas ambulantes.

En Otavalo viven Eviliannis Pereira, de 30 años, y su hermana Siria, de 28. Ambas salieron de su país por la crisis. Ellas llegaron hace un mes con sus maletas de ropa y les recibió un amigo otavaleño que vendía artesanías en Venezuela. Tras una semana de haber llegado, ambas encontraron empleo.

Eviliannis, profesora de escuela, trabaja ahora en un salón de belleza. Ella comenta que aprendió a peinar y cortar cabello en un empleo de fin de semana en la ciudad de Mérida, en su país. Siria labora en una local de comida.

Lo que más les gusta de la ciudad imbabureña es la tranquilidad, aseguran. También están contentas porque alquilaron un mini departamento, pero extrañan a su familia.

Los fines de semana se reúnen con sus paisanos que se han asentado en Otavalo, en el local de comidas Food Park.

Ambas están satisfechas con los sueldos que perciben. Aseguran que si bien los ingresos son modestos (no dan cifras) les permiten enviar dinero a su país. Entre las dos envían hasta USD 60 a la semana.

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