11 de August de 2009 00:00

Banco Central del Ecuador

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Alexandra Kennedy Troya

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En un artículo de Abelardo Pachano, ex gerente del Banco Central, se preguntaba por qué los ‘hombres de cultura’ no reaccionábamos frente a la decisión gubernamental de trasladar bienes patrimoniales y personal, de las áreas culturales de la institución  al Ministerio de Cultura.   “De un plumazo ­decía- se pone punto final a 50 años de intenso trabajo cultural del BCE”. 

Creo que esto no es muy cierto.  Desde la segunda mitad de los 80, esta entidad vio minada su autonomía y reducido el gran equipo profesional que le servía.  Febres Cordero dictaminó que el Banco debía dedicarse a su papel de   regulador de la economía.

Paulatinamente la entidad empezó a caer en el limbo.  Cada gobierno declaraba al inicio de su gestión que el BCE sería fundido en la Casa de la Cultura, que se crearía una fundación para su manejo y demás propuestas. 

En más de dos décadas,  esta ha sido la cantaleta de políticos diversos. Los funcionarios que iban quedando temblaban en cada cambio de Gobierno. Preparaban complicados documentos para el nuevo reordenamiento; entre tanto las labores culturales quedaban relegadas por meses. Finalmente,  todo volvía a la calma; el Gobierno tenía cosas más importantes de qué preocuparse. Así, cada director regional implementaba su propio calendario de actividades.

El numeroso público consumidor de  actividades culturales entre la década de 1975 y 1985 iba desapareciendo; apenas llegaban al coctel de inauguración; los buenos investigadores, museólogos, educadores de planta y contratados, que habían sido la gran plataforma de apoyo, conocimiento, valoración y difusión del inmenso patrimonio del Banco ­más de 16 millones de piezas- poco a poco fueron desviando sus esfuerzos hacia las universidades del país o proyectos internacionales. 

El patrimonio se empezó a quedar sin custodios, dispersos los aislados esfuerzos. Hago referencia no solo a la custodia física, sino sobre todo a la creación de nuevos imaginarios y cuestionamientos históricos y sociales que las piezas, los lugares de excavación arqueológica o los documentos pueden inspirar.

Ahora somos testigos de los primeros pasos en firme para regular la custodia y manejo del patrimonio cultural, para trazar una política desde el Estado.

Es trascendental participar de manera democrática, es imprescindible contar con los especialistas que puedan abonar en el manejo  de estos recursos. Y para ello es fundamental no confundir ni suplantar al político con el científico.  Estar atentos supone conocer a fondo el Sistema Nacional de Cultura propuesto por el  Gobierno.

Solo de esta manera podremos saber si el gran esfuerzo que realizaron Hernán Crespo y su equipo aún puede ser salvado y reencaminado.

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