7 de March de 2015 21:45

Una nueva prueba para detectar el cáncer de mama

Carolina Echeverría tiene 23 años. Estudió Biología Molecular en la Universidad de las Américas. Foto: Vicente Costales / El Comercio

Carolina Echeverría tiene 23 años. Estudió Biología Molecular en la Universidad de las Américas. Foto: Vicente Costales / El Comercio

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Redacción Sociedad

A sus 23 años, Carolina Echeverría es un referente del trabajo científico e investigativo en el país. Hija de Édgar, arquitecto, y Ana, tecnóloga en Administración de Empresas, -los dos ibarreños- descubrió una prueba que permite detectar de modo temprano el cáncer de mama.

Durante la investigación, que duró tres años, estudió la ruta metabólica de los folatos (ácido fólico) de 200 mujeres mestizas sanas y 200 con cáncer para saber qué relación existe entre ellas.

Echeverría, de cuerpo menudo, tez blanca y cabello ondulado, recuerda que el trabajo de recolección de las muestras en el Hospital de Solca le permitió conocer la compleja situación que viven las mujeres que padecen de este cáncer. “Se me partía el corazón cuando las veía. Me acordaba de mi abuelita, ella falleció con cáncer de mama cuando yo era niña”. En el país, según datos del Hospital de Solca la incidencia del cáncer de mama es de 35,8 por cada 100 000 habitantes”.

Luego de la recolección de las 400 muestras, Echeverría extrajo el ADN de cada una. Trabajó fines de semana y feriados. Algunas veces durmió en el laboratorio de Biología Molecular de la Universidad de las Américas (UDLA), su segunda casa.

Durante su investigación utilizó termocicladores, máquinas que la ayudaron a seleccionar el gen específico de su estudio. El ADN tiene cuatro letras que, en las personas sanas, van en pares A-T y C-G. Si una persona tiene una combinación A-G o T-C quiere decir que tiene una mutación.

Después de analizar cada una de las enzimas que utilizó en su estudio, Echeverría encontró que las personas con enzimas mutadas tenían la predisposición de contraer cáncer. “La probabilidad era de un 95%”.

Fabián Porras ha compartido estos años de investigación con Echeverría. Para él, su compañera de laboratorio es una mujer responsable cuyo mérito es haber logrado que el trabajo investigativo deje de ser estadístico y se convierta en algo útil para la sociedad.

Su interés por la ciencia y la investigación nació en la adolescencia. Cursó sus dos últimos años de bachillerato en EE.UU. Allí se relacionó por primera vez con los laboratorios y el trabajo investigativo.

Según los datos obtenidos en el estudio de Echeverría las personas que tienen mutado el gen de la vitamina B tienen 2,9 % más riesgo de desarrollar cáncer de mama.

Andrés López es el director del proyecto de cáncer de mama impulsado por la UDLA. Este biólogo explica que el trabajo partió de la iniciativa de buscar marcadores biomoleculares que permitan identificar genes que se expresen de forma anormal en los ecuatorianos, para que a futuro se puedan desarrollar terapias poblacionales propias.

Para realizar estas terapias es necesario conocer qué sucede en un población específica. En el país -dice López- existen alteraciones específicas como el índice de UV, la altura y la mezcla étnica.

El siguiente paso en la investigación de Echeverría será compartir la información de los biomarcadores moleculares para que las farmacéuticas generen medicamentos específicos para la población ecuatoriana.

La investigación costó USD 20 000, los más costosos fueron los reactivos que se utilizaron. Echeverría ahora sabe que sin dinero no se puede investigar. Dice que es necesaria la apertura estatal para desarrollar la investigación. Está convencida de que se debe reformar la Constitución. “Creo que si se quiere hacer investigación de primer mundo en el país se debe permitir el uso de transgénicos”.

La investigadora calcula que el costo de la prueba preventiva de cáncer de mama podría ser de USD 120. Ella quiere que esta prueba se aplique en todos los hospitales públicos. Para que esto ocurra deberían tener laboratorios de biología molecular como el de la UDLA.

Durante estos tres años, no todo fue investigación en la vida de Echeverría. Ella era parte del club de salsa de la universidad. Todos los días tenía clases desde las 19:00 hasta las 22:00.
La invitación a un congreso en el extranjero le sirvió para reforzar su idea de que una mujer que se dedica a la ciencia puede lograr un equilibrio en su vida personal. En su viaje conoció a Elizabeth Blackburn, premio Nobel de Medicina en el 2009. “Ella me dijo que ser una mujer investigadora es difícil, pero que sí se puede trabajar en ciencia y ser madre, amiga, compañera y esposa”.

De niña, Echeverría quería estudiar Medicina para convertirse en pediatra. La primera vez que entró a una morgue se dio cuenta que no soportaba ver a una persona muerta.

Luego de graduarse (solo le falta la defensa de su tesis) viajará a estudiar Oncología Molecular a una universidad de Europa gracias a una beca que se ganó en la Senescyt. Cuando regrese al país, Echeverría quiere seguir con la investigación molecular y la cátedra universitaria. El más grande de sus anhelos es convertirse en la primera mujer que obtenga un Nobel en el país.

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