26 de junio de 2014 11:32

Carla Badillo Coronado, la poesía como trinchera

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Redacción Cultura

El tiempo, el viaje y la música son tres de las obsesiones de Carla Badillo Coronado. Su voz, nítida, acompasada y alta, es acompañada por Fatalidad de Julio Jaramillo.

Una rockola Wurlitzer de más de 50 años retumba en El Tropical, una cantina tradicional del centro de Quito, donde el paso del relojero solo es palpable por las canciones y las palabras intercambiadas. Afuera, autos, buses y personas atraviesan las calles en las horas más tensas de la ciudad.

Cuando tenía ocho o nueve años, no lo recuerda bien, la madre de Carla encontró en su primer diario, tras desempacar de una mudanza, canciones que su pequeña hija había escrito. Desde aquellos momentos el sonido y el silencio la acompañan, aunque la poesía sea siempre su territorio de partida.

Los gorriones que escucha la abuela de Carla Badillo Coronado

Su poemario 'Partituras Incompletas (apuntes de música y otras obsesiones)' está compuesto en seis movimientos, a manera de una sinfonía hecha para oídos y ojos atentos que advierten en el tiempo, los sonidos, el amor que muta, el ritmo, la muerte y el silencio, una voluntad poderosa y su necesidad de ser por el simple goce de vivir pese al dolor.

Sin Nombre –dedicado a su abuelo Carlos- de Carla Badillo Coronado

La Wurlitzer empuja en su interior acetatos de un repertorio bohemio que esconde con sigilo versos delicados, dulces y desgarradores. Daniel Santos toma el relevo a la rockola y canta su obsesión a una mujer: “amor es el pan de la vida/amor es la copa divina/amor es un algo sin nombre...”. Carla, en sus Partituras Incompletas, lo llama a ese sentimiento y dice: “El amor es justamente eso, pienso: lanzarse decidido -con todo el riesgo que implica- al campo de batallas”.

Y es en el juego, la aventura y la búsqueda de la sorpresa donde Carla Badillo Coronado apuesta sus mejores cartas. Viajera y lectora consumada, va a contrarreloj provocando sentidos que transgreden lo rutinario, aquello que ella llama “las ficciones impuestas”, eso que tanto expone a cada persona frente a su condición de mortal hasta reducirla a un número estadístico de algún comportamiento social por clasificar. Carla no teme a las aplastantes obligaciones de la cotidianidad, de ellas también se nutre para crear palabras con ritmos que invadan las certezas.

Canto 2 de Carla Badillo Coronado

En el ejercicio de la escritura, Carla se ve como a una enemiga; rebusca entre sus líneas los errores o deslices, no se tolera muchas licencias y, si fuese necesario, deja reposar el texto hasta que se encuentre lista para saltar a otro ruedo.

Fortune Cookie de Carla Badillo Coronado

Si el tiempo es inaprensible y se va como agua entre las manos ¿para qué viajar? “Es necesario salir para constatar que quiero volver... y no volver a un lugar en sí, sino volver a mí”. De un viaje nadie sale ileso, dice Carla, ni tampoco de la escritura o la lectura. Las construcciones del lenguaje no son perversas pero sí edificaciones peligrosas con las que juega ella hasta en la traducción, “otra manera de profanar” dice Carla sonriendo.

Su poesía, tan presente que se desborda en su condición temporal, tiene voz propia y no se ancla en los géneros -ni literarios ni del cuerpo-, pues no siente que escribe una mujer sino un andrógino habitado por multitud de seres. ¿Detenerse?, ¿aburrirse? Carla Badillo Coronado no se da tiempo para aquello, el vitalismo es parte de su vida, al fin y al cabo “... la idea es que el viaje nunca termina”.

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