23 de octubre de 2016 00:00

Banderolas rojas: Un signo de lucha por la libertad 

Antonio Nariño fue amigo de Espejo. Un hecho semejante al de Quito sucedió antes en Bogotá.

Antonio Nariño fue amigo de Espejo. Un hecho semejante al de Quito sucedió antes en Bogotá.

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Germán Rodas Chaves* (O)

Algunos sectores de la población quiteña todavía guardaban aparente silencio frente al poder. Empero, ese supuesto inmovilismo había comenzado a fracturarse por el trabajo persuasivo y constante desplegado por quienes reivindicaron, en los encuentros de los núcleos que reflexionaban sobre la realidad colonial, el ejemplo de rebeldía que en su momento promovió Rumiñahui o como aquel que impulsaron –bajo el liderazgo de Moreno Bellido– quienes se alzaron en la Rebelión de las Alcabalas. El convencimiento para que se modificara la situación estructural de finales del siglo XVIII trajo implícita, pues, la certeza de que Quito no podía estar distante del proceso histórico modificador del orden que, adicionalmente, al calor de las ideas de la Ilustración, se volvía un imperativo.

De esta manera, emergió el pensamiento contestatario que buscó cambiar el modelo prevalente; las armas de la razón para modificar el statu quo comenzaron a difundirse con valor. Precisamente por todo ello, el martes 21 de octubre de 1794 Quito despertó con un acontecimiento inusitado.

En efecto, de las cruces de los atrios de Santo Domingo, La Catedral, San Francisco y La Merced fueron colgadas unas banderas rojas, en las cuales de un lado se puso la inscripción: “Liberto esto Felicitatem et gloriam conssecuto”, en tanto en el otro lado de la banderola se podía leer: “Salve Cruce”. Estas mismas frases, también escritas en latín, aparecieron colocadas a manera de pasquines, en las paredes de muchas de las casas de la ciudad.

Lo escrito en las banderolas y en los pasquines correspondió a esta idea: ‘Seamos libres, consigamos felicidad y gloria al amparo de la cruz’.

La conmoción en Quito, frente al aparecimiento de las banderolas, fue enorme, habida cuenta de que dichas frases originaron el esfuerzo de los ciudadanos por averiguar su significación y, en el caso de las autoridades, como ocurrió con el presidente de la Real Audiencia de Quito, Luis Muñoz de Guzmán, por determinar quiénes fueron los autores de tal episodio y quién, particularmente, el ideólogo del acontecimiento que, a no dudarlo, expresó el presagio de nuevos días para los quiteños.

Tanto fue así que, mediante comunicación, el Presidente de la Real Audiencia de Quito contó del suceso a José Manuel de Ezpeleta, virrey de la Nueva Granada, diciéndole, entre otras cosas: “Al amanecer del día de hoy se han encontrado fijadas en algunas cruces de esta ciudad unas banderitas coloradas con una inscripción en papel blanco y en latín (…) motivo con que por lo pronto he dado las disposiciones correspondientes para averiguar el origen de esta provocación popular (…) Se me acaba de avisar haberse visto fijados igualmente en las puertas del Cabildeo Secular y en otros parajes similares pasquines dirigidos a alucinar a la plebe, procurando su sublevación…”.

Eugenio de Santa Cruz y Espejo fue identificado como el autor intelectual y apresado.

Eugenio de Santa Cruz y Espejo fue identificado como el autor intelectual y apresado.

El Virrey contestó desde Bogotá, con fecha 20 de noviembre señalando “…la importancia de averiguar sobre semejantes especies sediciosas (….) pues estos pasquines deben atribuirse a algunos pocos individuos díscolos que en los mismos términos se han descubierto aquí…”.

En realidad, un hecho similar al que ocurrió en Quito se produjo unas semanas antes en Santa Fe de Bogotá, lo cual denotó que el pensamiento del “contrapoder”, cuestionador del orden y para aquel entonces libertario y liberador, había comenzado a expandirse en nuestra región en medio de la preocupación constante de la Corona. Esta, para acallar y anular tales ideas -como si las causas de los pueblos pudiesen ser apabulladas por la fuerza- impartió órdenes expresas para que las autoridades locales castigasen cualquier intento de lo que ellos denominaron pensamiento subversivo o sedicioso.

Los acontecimientos que habían ocurrido en Nueva Granada indujeron a que el poder sospechara del bogotano Antonio Nariño como el mentalizador, pues el patriota en 1789 había fundado una sociedad literaria llamada El Arcano Sublime de la Filantropía, cuyos miembros promovieron entusiastamente las ideas libertarias. En ese cenáculo -a propósito de la estadía obligada de Eugenio Espejo en Santa Fe de Bogotá, para defenderse ante el Virrey de una serie de acusaciones- se forjó una amistad entrañable entre el médico quiteño y el mentado Nariño, edificada al calor de los ideales independentistas.

El antecedente referido, entre otros, propició la convicción entre las autoridades quiteñas de que el autor intelectual de las banderolas rojas colocadas en esta ciudad debió ser Espejo, a quien habrían de tomar preso por esta y otras sospechas el 30 de enero de 1795. Fue evidente, entonces -y de manera expresa para los círculos del poder- que la figura de Espejo habían comenzado a calar en la conciencia de quienes comprendieron la necesidad de modificar las características de la sociedad de aquellos años.
Las banderolas rojas fueron un símbolo que dio cuenta de la búsqueda de la libertad y de la convocatoria implícita a construir un poder contrahegemónico.

El episodio histórico señalado nos reafirma -hoy por hoy- que en Quito siempre se ha sembrado las ideas en favor de las causas fundamentales de su pueblo, que con valentía ha combatido a quienes lo han sojuzgado. Los sucesos de octubre de 1794 -entre tantos otros que han ocurrido en la historia de la ciudad- dan cuenta de tal aserto.  

*Historiador, docente y escritor. Miembro de la Academia Nacional de Historia.

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