20 de noviembre de 2016 00:00

El arte de San Antonio de Ibarra, en riesgo de desaparecer

Jorge Yépez, quien hoy se dedica al taxismo, muestra una de sus últimas obras. Foto: Francisco Espinoza para EL COMERCIO

Jorge Yépez, quien hoy se dedica al taxismo, muestra una de sus últimas obras. Foto: Francisco Espinoza para EL COMERCIO

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Washington Benalcázar

El olor a madera perfuma a San Antonio de Ibarra. El aroma escapa de los talleres de escultores y talladores, que le han dado fama a este pequeño poblado de Imbabura.

Sin embargo, la tradición -que comenzó hace 138 años- corre el riesgo de desaparecer, se lamenta Alfonso Cisneros.

El escultor, de 78 años, presidió la Asociación de Artesanos en el 2001.

Mientras da forma a un trozo de madera, con gubias y formones, Cisneros comenta que hace 15 años había 3 000 artesanos calificados. Pero hoy no superan los 1 500.

“A esa cifra se sumaban lijadores, lacadores y ebanistas que se beneficiaban indirectamente de la actividad”.

Basta recorrer las calles inclinadas de esta localidad para ver que los talleres, en donde se elaboraban estilizados tallados y esculturas, han sido reemplazados por carpinterías que fabrican muebles tapizados.

“Es una pena ver cómo el arte va muriendo en San Antonio”, comenta Marco López, de 60 años. Este tallador, especializado en artes barroco y rococó, recuerda que la crisis comenzó hace 16 años.

El problema llegó con la dolarización. Eso alejó a los turistas colombianos, que eran nuestros mejores clientes, cuando el peso valía más que nuestro sucre, rememora.

Los artesanos coinciden en que en el último lustro las cosas empeoraron, porque todo se encareció en el país.

A ello se sumó la prohibición de las autoridades nacionales para que se utilicen las maderas de cedro y nogal, las más apetecidas por los artistas, porque no se cuartean ni se deforman con el tiempo.

El argumento fue que estas especies están en riesgo de desaparecer. Sin embargo, eso generó un mercado informal, que encareció más la materia prima y, por ende, los tallados.

“Los trabajos finos se volvieron caros y ahora la gente se fija más en el bolsillo que en la calidad”, señala López.

Explica que una consola de dos piezas, estilo barroco, tallada en cedro, que demanda seis meses de trabajo, cuesta alrededor de USD 6 000.

“Es por ello que solo los que amamos el arte y tenemos clientes fieles seguiremos manteniendo la tradición. Los otros han dejado de trabajar la madera, para dedicarse a otros oficios, como: la agricultura, la construcción, la burocracia”.

Uno de ellos es Marco Díaz, quien dejó de lado la fabricación del mueble tallado por el lineal. “Un juego de sala labrado, de siete piezas cuesta USD 3 000. La fabricación demora medio año. Mientras que un lineal, que se construye en una semana, bordea los 1 000. Es más comercial”.

Pero también hubo cambios de profesión más radicales, como los de Jorge Yépez, de 70 años, que cambió el tallado de madera por el taxismo, porque le asegura ingresos diarios.

Un diagnóstico del Instituto Liceo Aduanero, de Ibarra, del 2015, da cuenta que en esta parroquia -de 17 522 habitantes- quedan apenas 1 500 artesanos.

De esta manera, la actividad que le dio fama a la parroquia corre el riesgo de desaparecer.

El gusto por moldear la madera llegó al colorido poblado de la mano de Daniel Reyes. El maestro era apenas un niño cuando quedó fascinado con la labor de los restauradores que daban vida a las figuras religiosas de las iglesias de Ibarra, destruidas en 1868 por un violento terremoto.

Luego, junto a sus hermanos Mariano y Fidel, perfeccionó su arte en la Escuela Quiteña.

De retorno al terruño, en 1878, fundó el Liceo de Artes y Oficios que incluía cursos de pintura, escultura y carpintería.

La semilla cayó en suelo fértil. El arte que comenzó con los tallados de esculturas religiosas se fue extendiendo como las ramas de un frondoso árbol. En los inicios era un sacrilegio usar la madera en temas considerados profanos.

Actualmente, se cultiva el tallado de altares, marcos, muebles y escultura costumbrista, moderna y religiosa.

Cisneros deja las herramientas. Asegura que durante 20 años elaboró unos 100 cristos en tamaño natural.

Muchos de ellos fueron pedidos por Juan Pablo II, a través de Giuseppe Cottone, director de los Misioneros Latinoamericano del Vaticano.

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