Dimitri Barreto P.

Xenofobia con los venezolanos

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Indiferentes, de hastío, irascibles. Los rostros de ecuatorianos se transforman cuando jóvenes suben a los buses a cantar o a ofrecer pasteles, cupcakes y chocolates de impronta llanera; o cuando estos caminan entre semáforos con charolas de donas y bebidas energizantes; o improvisan puestos en parques y bulevares con chaulafán. Miles de venezolanos en Quito han huido de un país sin alimentos, sin seguridad, sin democracia... Hombres y mujeres (a veces con hijos) se sacrifican sin horario.

Habría que preguntarse, ¿cómo vivir con menos de USD 37 al mes (el salario mínimo en Venezuela, después de que ese Gobierno lo duplicara este julio)? Habría que recordarlo: la dolarización en Ecuador pulverizó los sueldos (2 millones de sucres se convirtieron en USD 80, en un mes); miles emigraron por la crisis de la banca de 1999.

No hay datos actualizados, 470 000 venezolanos ingresaron a Ecuador entre 2012 y 2016; de ellos, 38 087 no registraron su salida. A fines de julio de 2017, otros 2 000 notificaron su ingreso por Rumichaca (frontera norte). Y el accidente de un bus internacional en Colta con 41 venezolanos, la tarde del lunes 28 de agosto del 2017, da cuenta de que el éxodo es incontenible; 33 viajeros (tras perder el viaje a Perú) ahora se encuentran en un refugio en Ecuador.

En las redes sociales, son solidarios entre sí. En una página de Facebook de venezolanos en Ecuador hay 100 000 integrantes. En esa red, de hecho, se documentan 60 cuentas similares, todas privadas. Y en las abiertas, los términos y los mensajes de los ecuatorianos intolerantes son irrepetibles; critican que la mano de obra venezolana es barata. Igual que en 2002, cuando el éxodo por el Plan Colombia, xenofobia pura.

¿Cuál xenofobia? La cotidiana, que lanza el carro a vendedores o estigmatiza a quienes solo abren la boca. La laboral, de los empleadores que no pagan o lo hacen tarde y por menos de lo legal (el salario mínimo es USD 375). La estatal, morosa de acciones, que parece no dimensionar que la falta de respuesta a esta crisis humanitaria es una puerta a la violencia.