Jorge León

¿Para qué sirve protestar?

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El retrato de nosotros como sociedad actual reaparece en los comentarios sobre las marchas del 19 de marzo. Los oponentes políticos ven ya un crecimiento sin límites del descontento contra Correa que lo traducen sin más en votos; las voces gubernamentales y sus cercanos ven complots, gente manipulada, carente de ideas, de alternativas, sin derecho a ser a tal punto de que están manchados de males diversos.

Ha sido un error frecuente en las izquierdas pensar que la protesta ya define una adhesión a alguna tendencia partidaria, cuando eso depende de otros criterios como quienes son los contendores o del tipo de oposición.

La protesta puede alimentar y volver legítimos los descontentos y rechazos a políticas y crecer si la lógica de la represión y de no dar espacio al oponente persiste. Pero la contestación social es otro fenómeno, tiene sus tiempos y dinámicas; no por azar la protesta social en las calles desaparece en elecciones y se incrementa cuando el Gobierno predomina y frecuentemente las oposiciones no expresan el descontento. Parece que está de regreso la contestación como contrapeso social al poder, lo cual no es una alternativa partidaria o programática al poder.

La obsesiva y autoritaria medición de fuerzas gubernamental con los contestatarios debería cambiarse ante lo que los hechos indican y lo que en la sociedad ecuatoriana significaron. Su antes exitosa construcción de imágenes y símbolos con la polarización y propaganda se agotan, valdría que aprenda mejor de democracia y pluralismo. La marcha también fue una demanda de pluralismo. Lo indican las quejas sobre el impositivo orden del gran hermano disciplinador. Y fue un rechazo a la creciente conservadurización, no solo con el Plan Familia; finalmente, hubo voces que no querían una modernización de la producción solo con voz empresarial.

Más allá de las propuestas de los organizadores está lo que catalizan. En este caso, un descontento del Gobierno y de algunas de sus medidas. Que los caminantes griten “fuera Correa” se asemeja al que en las calles de Montreal o París recién se oía “primer ministro a la horca” u “Hollande criminal”. Pero estos gritos no promovían un crimen ni un golpe de Estado, eran un descontento dicho con la beligerancia y transgresión de símbolos “educados” como no es raro en la contestación.

Podrán los sindicatos estar debilitados, entre otros por las divisiones que el Gobierno atiza o crea, o los dirigentes sindicales ser viejos en el puesto, sin discurso renovado, lo sustantivo es que sus propuestas de protestan prosperan y reciben a más actores en los hechos. Leer los hechos es más positivo para una sociedad que esconderlos en las ideas de algún complot, lo que sirve de salida no culposa para darse razones condenando a los que no comparten sus posiciones.