Farith Simon

Privilegios de los ricos

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Me ha impresionado la noticia del joven Ethan Couch, detenido en México junto a su madre cuando huía de una orden de detención emitida por haber violado las condiciones de su libertad condicional, debido a que mató a cuatro personas, e hirió a nueve más, en un accidente de tránsito provocado bajo los efectos del alcohol.

La pena solicitada para él era de 20 años de detención. El juez aplicó una medida mucho más benigna, la mitad del tiempo y en libertad condicional, por considerar que sufría de “affluenza”, un neologismo formado por las palabras “influenza” (de gripe) y “afluence” (de riqueza). El “síndrome de niño rico”, lo llaman algunos, una supuesta enfermedad psicológica que afectaría a personas cuyos padres les malcrían al no establecer límites y con ello alteran su comprensión de lo correcto o incorrecto.

En realidad, el uso original de la palabra “affluenza” es mucho más complejo y menos mediático; se la ha usado para describir una alteración del comportamiento de aquellas personas que buscan obsesivamente ser más ricos, midiendo su condición humana por sus posesiones, no sintiéndose satisfechos nunca. Se la retrata como una “enfermedad” de la riqueza, del capitalismo egoísta, en palabras de Oliver James, autor de varios libros sobre el tema.

El caso Couch ha llevado a los medios a reducir el uso de este concepto a la mala educación de personas con dinero como justificación para reducir sanciones penales, una posibilidad que durante muchos años existió en nuestro país gracias a la llamada legislación de menores, que otorgaba una amplísima discrecionalidad a los tribunales de menores, instancias dependientes de la Función Ejecutiva, que en nombre de sus funciones tutelares hacían lo que querían con la vida de aquellos que tenían la desgracia o la suerte de caer bajo su competencia. Las medidas que aplicaban dependían de la posición social y los recursos de quien era juzgado. Eso les llevaba a ejercer un rigor extremo o ser especialmente benevolentes, sin importarles la gravedad o lo nimio del comportamiento. No se trataba de la incorrección de los funcionarios (por supuesto, habían honestos y competentes), era un sistema organizado para castigar a la pobreza.

Aceptar la existencia de la “affluenza”, en su variante “síndrome del niño rico”, como atenuante, es una vuelta a los privilegios explícitos, una vía para convertir en irrelevantes conductas graves cometidas por personas que fueron “malcriadas”.

No es posible que nuestro sistema jurídico replique lo sucedido con Ethan Couch; sin embargo, estamos rodeados por personas que promueven comportamientos igualmente insensatos. Muchos conocemos historias en las que se han usado todos los recursos posibles para lograr que la institucionalidad mire a otro lado, empleando el poder y la influencia para lograr la impunidad de criados como si fuesen el “centro del mundo”. Existen miles de progenitores que están ahí satisfaciendo todos los caprichos de sus hijos, justificando todas sus acciones, diciéndoles a todo sí, confundiendo amor con irresponsabilidad, malcriándolos.