Rodrigo Fierro

El testimonio de Ingapirca

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La historia para ser digerible requiere del concurso de quienes compadeciéndose de los elementos objetivos con los que se cuenta, se ponen a pensar. Se trata de un recurso dialéctico que conduce a esclarecer enigmas, superando así versiones antojadizas que van repitiéndose por generaciones. Tal el caso de la traición de los cañaris al inca quiteño Atahualpa. Llegándose, incluso, a traducciones antojadizas de toponímicos aborígenes, como el de Ingapirca, el mayor conjunto arqueológico que tenemos.

Al ilustre historiador Juan Cordero Íñiguez se le debe una aportación fundamental. Fueron ‘razones de Estado’ las que le llevaron a la nación cañari a mantener una fuerte alianza con el conquistador cusqueño. De lo que se trataba era de sobrevivir, mantener la identidad.

Desde siempre, los pueblos de la confederación quitu-puruhuay, es decir los del Quito Propio, que por el sur llegaba hasta Alausí, pasaban la ‘frontera’ e incursionaban en territorio cañari. A mi juicio son defensas cañaris las que van descubriéndose al sur de la provincia de Chimborazo.

Con los incas, los cañaris prosperaron. Debió ser un pueblo trabajador, inteligente, respetable. Mantuvo su identidad comenzando porque su idioma fue respetado, hecho inusual en los anales de la expansión cusqueña. La alianza cusqueño-cañari hizo posible que se iniciara una política de gran alcance: la Tomebamba Imperial, tan bien sustentada por Cordero Íñiguez.

Las incursiones de los quitu-puruhuay no daban respiro. Fue la razón, y no otra, para que el inca Huayna Capac diera la orden de construir una pirca, una fortaleza, justo por donde los del norte llegaban, incursionaban, con fines de amedrentamiento. A la fortaleza se le conoció como Ingapirca.

Vista desde el norte, la pirca es un barranco enorme coronado por una construcción de corte militar, en cuya cima se ve un mirador, desde donde se oteaba la presencia enemiga. La construcción no tiene nada de templo del sol. El espacio plano que va hacia el sur, está ocupado por lo que debieron ser viviendas, bodegas, baños, canchas de ejercicios para las tropas. Se ha identificado el ‘ingachungana’, el asiento destinado al Inca o su representante. Ni rastros de un intihuatana, observatorio astronómico, reloj solar, como el que existe en Machu Picchu. Para frenar las incursiones de los del norte, Ingapirca debió ser de las primeras construcciones en las que se empeñó Huayna Capac, es decir, dos o tres décadas antes de que finalizara el siglo XV.

La construcción de pircas, práctica corriente en el Incario cuando se trataba de consolidar una posición en sus guerras de conquista. Desde Bolivia hacia el sur por la quebrada de Humahuaca, en territorio argentino, de trecho en trecho, se ven las ruinas de tales fortificaciones. A nadie se le ha ocurrido que eran templos del sol.

rfierro@elcomercio.org