Pablo Ortiz García

Muerte asistida

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La decisión adoptada por una joven estadounidense de quitarse la vida fue noticia a escala mundial en los primeros días de este mes. Médicamente no tenía salvación, ya que un tumor en su cerebro la iba aniquilando violentamente, con las consiguientes consecuencias de una pésima calidad de vida. La señora de 29 años de edad, al ver que en el estado en que residía no era posible la muerte asistida, junto con su marido se trasladó a otro en que la legislación sí permite este tipo de acto. Murió en su casa, rodeada de su gente cercana, luego de ingerir alguna pastilla. Soportó las consecuencias del tumor maligno, pero con un sufrimiento menor al que pudo haber pasado de no haber adoptado esa decisión. Este hecho de repercusión planetaria inició, nuevamente, el debate sobre la viabilidad de que un ser humano, en circunstancias extremas de salud (desahuciado por los médicos), decida “cometer suicidio”.

La resolución de quitarse la vida, en mi criterio, constituye un hecho de valentía. Morir con dignidad es preferible a desgastarse lentamente aguantando el avance de una enfermedad que con más dolor que buenos momentos acabará con un ser humano. Ante una circunstancia tan dura, el avance de una enfermedad que ni las drogas más fuertes amainan el sufrimiento, pone al paciente en una disyuntiva: aguantar estoicamente el dolor y la pésima calidad de vida en la última temporada en la tierra; o, con la ayuda de profesionales, en este caso médicos, quitársela, para que el tiempo de sufrimiento y la calidad de vida de los últimos días no sean tan horrorosos.

La Iglesia Católica se ha manifestado en contra de este tipo de accionar, criterio que lo respeto. El dolor atroz debe producir hasta en el más creyente, dudas y cuestionamientos respecto a ciertos principios aprendidos, y que tal vez nunca han sido lo suficientemente analizados, como es la muerte asistida. Si ya no hay remedio ante la ciencia, es mejor, si el paciente así lo decide, morirse de una forma tranquila, no tan traumática como sería el desgaste y sufrimiento del enfermo. Puede ser muy fácil decir que se debe dejar al destino la fecha de la defunción de un enfermo terminal, pero ¿es esto justo para él y su familia?

¿Perjudica a terceros, no hablo en el plano afectivo, el que un ser decida matarse, o es una decisión conveniente para el enfermo? ¿No es acaso mejor morir con dignidad, que convertirse en experimento de laboratorios farmacéuticos? No escribo desde el punto de vista religioso, pero desde el punto de vista del derecho creado por los hombres, no encuentro en la legislación ecuatoriana disposición que prohíba la muerte asistida. No está previsto como delito el intento de suicidio, ni tampoco la asistencia al suicidio como lo contemplaba el hoy derogado Código Penal.