Juan Valdano

La cultura y el Estado

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¿Desde cuándo el Estado ecuatoriano se interesa por la cultura? Diría que desde el momento en que los intelectuales adquirieron conciencia de su rol en la sociedad; desde que se vio al Ecuador ya no como una ficción patriótica transferida por una idea romántica, sino como un real problema a dilucidar; desde que se reflexionó acerca de ese legado humano, espiritual y moral que, a lo largo del tiempo, ha cohesionado a pueblos tan diversos que conforman el Ecuador de hoy. Y ello ocurrió en 1944 cuando se fundó la Casa de la Cultura. Pensar el Ecuador, tal ha sido su motivo primero, su razón de ser.

Por entonces (1942) y frente a los avatares por los que atravesó el país, un grupo de intelectuales hizo un balance de lo que había sido el Ecuador, de lo que quedaba de esa patria real e imaginada, patria traicionada y retaceada en nombre de una supuesta unidad panamericana y que, a pesar de ello, permanecía despierta en busca de un nuevo reencuentro. Y esa vez, el arraigo vino del reconocimiento de las raíces andinas, legado antes soslayado y entonces reafirmado en el aprecio de la originalidad de estos pueblos, de sus valores espirituales, éticos y estéticos.

Surgió entonces ese gran pregunta apremiante y postergada siempre: “¿qué significa ser ecuatoriano?” Y esta otra: “¿somos, acaso, una nación?” Mucho tiempo transcurrió para que nos planteáramos cuestiones como estas. Y nos las seguimos planteando y aún no hemos hallado respuestas valederas ni creo que las encontremos algún día. Deberíamos asumir que ser ecuatoriano es ante todo un acto de fe. Esto significa que si bien afirmo mi identidad nacional, mi pertenencia a esta tierra, sin embargo más allá de lo adjetivo, no sabría explicar en qué radica lo ecuatoriano.

Ser ecuatoriano es un sentimiento y una intelección nebulosa que no logramos asir del todo.

Un vago sentimiento de la identidad “del Quito” surgió en el siglo XVIII cuando ilustrados como Maldonado, Velasco y Espejo se propusieron explicar esas dos circunstancias que atañen a todo pueblo: su lugar en la geografía y su puesto en la historia. En otras palabras: el desde-donde-somos y el desde-cuándo-estamos. Se develó la individualidad de este país que, a despecho de regionalismos, secularmente se lo conoció como “el Quito” y que por siglos se lo subsumió en ajenas identidades: los virreinatos de Perú y Nueva Granada. Esta preocupación quedó flotando a través de una cultura que yo llamo “de la asimilación” y que divagó a lo largo de nuestro siglo XIX y durante las dos primeras décadas del XX.

Pensar la nación desde su pasado, desde lo telúrico fue la gran aventura intelectual de la generación del 30. Al Estado lo diseñan los juristas, los administradores y los agrimensores; la nación es el proyecto inacabado de los pueblos, la gesta de los antepasados, el sueño lírico de los poetas.