José Ayala Lasso

El arte en tiempos de guerra

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2 de agosto de 2014 00:00

No por frecuentes y repetitivas, las malas noticias que nos acosan sobre sangrientos conflictos alrededor del mundo dejan de estremecer a la conciencia de la humanidad. Es hora de despertar y lanzar el grito de inconformidad, angustia y protesta. Es hora de olvidar las conveniencias políticas y exigir a quienes ostentan el poder mundial, que lo ejerzan con ética y decisión, según la responsabilidad que tienen, para hacer menos difícil el camino de la paz.

Todos debemos contribuir para ello, con lo mejor de nuestras facultades. Y lo que todos tenemos es nuestra voz libre, que debe sonar fuerte y estentórea, rebelde e inclaudicable, permanente e incansable.

Para Goya, su voz era el arte. ¡Cómo supo estremecer al mundo al presentarnos “Los horrores de la guerra”! Y ahora, cerca de nosotros, en nuestro Quito veraniego, otro gran artista, heredero de las mejores cualidades de la Escuela Quiteña que dio nombre y lustre a la Colonia, en esa joya arquitectónica que es el Centro Cultural Metropolitano, el maestro y magistral Oswaldo Viteri nos presenta “Desastres de la guerra”, “Forajidos” y “Ensamblajes”, temas con los que nos hace recorrer una parte de su creación artística concebida como un acto de fe. El mismo lo dice al confesar que crear arte es ponerse en contacto con las armonías siderales, aproximarse a Dios, vivir una religión. Así ha trabajado toda su vida y sigue haciéndolo. Y se expresa con una fuerza telúrica que parece ser la misma que impulsa al volcán que late junto a la ciudad en que nació, el Tungurahua.

Lo primero que verá quien visite esta muestra será al pintor en el acto íntegro de entrega a la pasión de pintar, absorto y lejano, inspirado y vivo, trasladando al lienzo, con colores fuertes y rasgos primigenios, la música de Shostakovich. ¿Pinta la música o musicaliza la pintura?

Pero lo fuerte llega al visitar las dos primeras de las cuatro salas del museo, en donde estremecedores cuadros hablan con el dramatismo de la angustia, la desesperación y la muerte, hijas de la guerra, y los odios y venganzas, sus inevitables corolarios. Impactante es su obra “El prisionero” que, a diferencia de El Grito de Munch, con los ojos desorbitados, y no con la boca, denuncia las maldades que son la esencia de los conflictos armados, y la angustia y frustración que siembran. El drama toma cuerpo ante el asombro del visitante a causa de unas rejas metálicas ondulantes que transmiten la tragedia de la libertad encadenada.

Viteri es uno de los más grandes artistas que ha producido nuestro país, bendecido con una sensibilidad que le permite captar mensajes que pocos entienden y transmitirlos con la elocuencia de la creación estética, para ponerlos al alcance de todos, con una fuerza expresiva que ahora nos la entrega viva, palpitante y actual.

José Ayala Lasso / jayala@elcomercio.org