Milton Luna

¡Exorcismo!

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No cesa. Es increíble pero cada semana la temeraria estrategia de la “confrontación extrema”, adquiere más fuerza en un poder, que se lo ve más engreído. Con más frecuencia, parecería que toma determinadas decisiones a propósito, para provocar. Ya no es una, sino varias veces que antes de una movilización, sale con alguna medida que exacerba los ánimos de algún sector de los inconformes. Poco antes de una de las últimas marchas, emitió un decreto contra los médicos, quienes por supuesto, llenaron de color blanco las calles, cada vez más calientes.

La próxima acción de masas convocada para el 16 de septiembre tiene una nueva causa. El anunciado cierre de Fundamedios, ONG que hace seguimiento de las constantes violaciones de la libertad de expresión del Régimen y que también apoya para que, dos de las plumas más inteligentes y críticas del país, las de Roberto Aguilar y José Hernández, se expresen. Seguramente, no solo los comunicadores, sino los miles de seguidores de estos agudos y valientes blogueros saldrán a gritar por el derecho a pensar distinto.

Pero el clima de confrontación nos ha cambiado a todos peligrosamente. Estamos cada vez más agrios y hostiles. Mucha gente, a favor o en contra del Gobierno, ha perdido la mesura. Sale a flote lo peor de cada uno, sobre todo el racismo, el regionalismo y el sexismo.

Las referencias a los oponentes son cada vez más subidas de tono en las redes sociales.

Los inconformes, por ejemplo, no soportan las cadenas nacionales, peor las sabatinas ni cualquier anuncio gubernamental, aún si este sea para prevenir y educar frente a la erupción del Cotopaxi. Cambian de canal o apagan la TV. Ya no solo repulsan al gran líder, sino que no aguantan a los otros voceros y voceras, quienes incluso no pueden asistir con tranquilidad a ningún espacio público, parque o restaurante. La gente les rechaza, les ve mal, les echa. En un hipotético futuro, cuando no estén en el poder, los personajes mencionados si no salen a un autoexilio, sufrirían hasta para salir a comprar un pan.

La política extremista del poder de todo ponerlo en blanco o negro, de ataque y defensa permanente, de “si no eres mi amigo, eres mi enemigo”, elimina los colores, los matices y la diversidad. No hay espacio para el diálogo ni para el respeto al otro, ya que el otro no existe. La ceguera, la imposición y la violencia se expanden. La democracia declina y de paso, también, en nuestro interior mueren el amor, la compasión y la tolerancia. No hay críticos, hay enemigos a los que hay que sacar del medio. Se reproduce el odio. Y con el odio, todos perdemos.
El poder está ganando. Todos nos parecemos cada vez más a él. Está metido en nuestra psiquis. Estamos enfermos. Para sanar, no solo se requerirá frenar la reelección indefinida, sino exorcizarnos, lavarnos el alma.