Óscar Vela Descalzo

Enrique, el personaje

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Hace poco falleció Enrique Muñoz Larrea (Quito, 1933). La enfermedad a la que había combatido durante años terminó por doblegarlo a primeros de abril, pero él llevaba mucho tiempo atrincherado en su departamento, muy cerca del parque La Carolina. Allí se sentía protegido por un ejército de libros, cercado por sus objetos más preciados, acompañado por los recuerdos de María Luisa, su esposa, que partió al viaje definitivo demasiado tiempo antes que él.

Enrique Muñoz fue Miembro de Número de la Academia Ecuatoriana de Historia, Académico Correspondiente de la Real Academia Española de la Historia, autor de varios libros y trabajos de investigación relacionados especialmente con la época colonial y el nacimiento de la República.

Pocas semanas antes de su muerte hablé con Enrique por teléfono para concertar una entrevista. Al principio se mostró dubitativo, pero cuando le dije que se trataba de una novela que estaba escribiendo sobre un tío suyo, Manuel Antonio Muñoz Borrero, entusiasmado, acordamos vernos de inmediato.

Lo visité una tarde de marzo que, por fortuna para mí, terminaría siendo más larga de lo previsto. Allí, en su refugio, me brindó la última copa de un licor de endrinas (Pacharán) que él mismo había preparado tiempo atrás.

Conversamos por más de tres horas sobre la Segunda Guerra Mundial y la apasionante vida de su tío que en el año 2011 fue nombrado Justo de las Naciones por el Estado de Israel como mérito por sus esfuerzos al haber salvado decenas de judíos de una muerte segura en los campos nazis de exterminio. Esa tarde me reveló la gravedad de su salud, pero también me demostró la maravillosa lucidez que lo había acompañado siempre, remontándose con total claridad hacia distintos pasajes de la historia. Cuando ya anochecía y pensaba que nos acercábamos al final de la reunión, Enrique se levantó y desapareció durante un rato. Luego me dijo que había preparado café para tomar con bizcochos. Así, en la pequeña mesa de su cocina, mientras remojábamos los bizcochos, seguimos el hilo de la conversación sobre la hazaña de su tío.

Pero habría más sorpresas, pues antes de concluir la velada me invitó a su biblioteca y me mostró con orgullo sus libros, condecoraciones e investigaciones. En una caja pequeña había separado varios objetos de regalo: sus obras ‘Albores Libertarios de Quito’, ‘Cuenca del Rey, Los Últimos Presidentes de la Real Audiencia’, una colección de textos históricos y varios documentos personales y fotografías familiares de Manuel Antonio Muñoz.

Esa noche, poco antes de salir, le dije que pensaba incluirlo en la novela como personaje principal. Enrique, esbozando una sonrisa y con un destello de luz en sus ojos, comentó que le encantaría vivir para siempre entre las páginas de un libro. Y aunque la promesa de volver a vernos no se cumplió pues el tiempo se nos vino encima, Enrique se ha convertido en un personaje de novela y nuestras charlas continúan.