Alguien que anduvo por ahí

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14 de agosto de 2014 00:00

Sergio Ramírez
El Tiempo, Colombia, GDA

Es el mes del centenario de Julio Cortázar, y es hora de evocarlo. Contar cómo lo conocimos, dónde nos encontramos por primera vez. fue en abril de 1976, en Costa Rica, donde yo vivía.
En su cuento Apocalipsis en Solentiname relata el viaje que hicimos a Solentiname, en el Gran Lago de Nicaragua, donde Ernesto Cardenal tenía su comunidad campesina. Nuestro otro acompañante era Óscar Castillo, actor y director de cine:

“Sergio y Óscar y Ernesto y yo colmábamos la demasiado colmable capacidad de una avioneta Piper Aztec, cuyo nombre será siempre un enigma para mí, pero que volaba entre hipos y borborigmos ominosos mientras el rubio piloto sintonizaba unos calipsos contrarrestantes y parecía por completo indiferente a mi noción de que el azteca nos llevaba derecho a la pirámide del sacrificio. No fue así, como puede verse, bajamos en Los Chiles y de ahí un yip igualmente tambaleante nos puso en la finca del poeta José Coronel Urtecho, a quién más gente haría bien en leer...”.

Julio había llegado a Costa Rica invitado a dar unas conferencias en el Teatro Nacional. Desde la finca Las Brisas, donde vivía Coronel Urtecho, cercana al río San Juan, se llegaba en bote hasta el puerto de San Carlos y, de acuerdo con el santo y seña acordado los guardias del puesto nicaragüense, se hacía un giro con el bote y así se podía seguir hacia el Gran Lago sin bajar en el muelle para los trámites de migración. Julio entró a Nicaragua sin que la dictadura de Somoza se enterara. Clandestino.

Llegamos a Solentiname al atardecer, y al día siguiente asistimos a la misa de Ernesto. Después del Evangelio se iniciaba un diálogo con los feligreses; las conversaciones se grababan, y luego se editaron en un libro, El Evangelio de Solentiname. Ese domingo tocaba el prendimiento de Jesús en el huerto, y allí están las intervenciones de Julio al comentar ese episodio de la Pasión de Cristo. El evangelio según Cortázar. También tomaron la palabra los muchachos campesinos que en octubre del año siguiente participarían en la insurrección contra Somoza; en represalia, fue incendiada la casa comunal, y destruida la iglesia.

Pasada la misa, Julio decidió fotografiar los cuadros primitivos pintados por los campesinos: “… Sergio, que llegaba, me ayudó a tenerlos parados en la buena luz, y de uno en uno los fui fotografiando con cuidado, centrando de manera que cada cuadro ocupara enteramente el visor...”.

Ya de regreso en París, cuando proyecta las diapositivas en colores, en lugar de los cuadros empiezan a aparecer escenas del terror de las dictaduras militares, prisioneros encapuchados, cadáveres mutilados.

Pero entre esas imágenes hay una en que aparece la escena del asesinato del poeta salvadoreño Roque Dalton, ejecutado por sus propios compañeros de armas acusado de ser agente de la CIA.

Esa fue la primera vez que nos encontramos. Y con el paso de los años, hasta su muerte en 1983, quedarían muchas otras cosas que contar. Como para un libro.