Carlos Alberto Montaner

Corrupción: enormes daños

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El Gobierno mexicano quiere acabar con la corrupción. ¿Es posible? ¿Cuándo comenzó?

Parece que es muy antigua. Los conquistadores españoles torturaban a Cuauhtémoc para que revelara dónde escondía el oro:

--Dime, maldito indio, dónde está el oro –gritaba el torturador, mediante el intérprete, mientras le quemaba las manos y los pies al aguerrido príncipe azteca.

--He dicho cuarenta veces que está enterrado a 50 pasos de la pirámide, debajo de la palmera --respondía Cuauhtémoc adolorido.

--Dice que no sabe, y que si lo supiera nunca lo diría –tradujo el intérprete afilándose secretamente los dientes.

Allí empezó todo. La confusión entre lo público y lo privado está en el ADN de América Latina y en el de las tres cuartas partes del planeta. A Hernán Cortés le dieron los tributos de 20 000 indios por la conquista de México. Luego se los quitaron y acabó, pobre y malhumorado, en Europa.

Algunos, cínicos o pragmáticos (más o menos lo mismo), dicen que la corrupción es una forma lateral de distribución de la riqueza para estabilizar a la sociedad por medio de una trama de intereses y complicidades.

No lo creo. La corrupción causa daños devastadores. Anotemos al menos tres.

Primero, pudre la premisa esencial del Estado de Derecho desmintiendo el principio de que todos están sujetos a la autoridad de la ley.

Si el político o el funcionario roban o reciben coimas por otorgar favores, ¿qué le impide al ciudadano común hacer también trampas? ¿Qué diferencia moral hay entre quien les roba a todos, o quien, específicamente, le roba a una persona o a una empresa?

Segundo, adultera y encarece todo el proceso de la economía de mercado basado en la libre competencia. Cuando un funcionario favorece a una empresa a cambio de una comisión, esta operación non sancta fuerza al consumidor a seleccionar una opción peor y más cara, pues el costo de la corrupción se agrega a los precios. Además, elimina los incentivos para innovar y mejorar la calidad del producto y reduce la productividad.

¿Para qué diseñar un auto mejor si el cliente está obligado a comprar el de siempre? A veces las empresas distorsionan el mercado pactando entre ellas para aumentar los precios. Otra grave forma de corrupción.

Tercero, destroza la estructura ideal de la meritocracia en la sociedad al debilitar la pasión por estudiar y frenar el impulso de los emprendedores. “El que tiene padrinos se bautiza”. Esa es la consigna.

¿Para qué quemarse las pestañas estudiando o para qué sudar y penar por crear una gran empresa, si para triunfar económicamente basta una combinación entre las relaciones personales y la falta de escrúpulos?

No hay duda: la corrupción acaba con el sistema político, el económico y con los valores morales. Por supuesto que es una tendencia presente en nuestra especie. Pero la combatimos o nos devora. Así de simple.