Óscar Vela Descalzo

Libros prestados

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Hace cuatro años, en uno de los recorridos habituales que suelo hacer por esos paraísos detenidos en el tiempo que son las librerías de libros usados, encontré entre cientos de volúmenes polvorientos una de las joyas literarias que tenía pendiente en la extensa lista de tesoros codiciados que solemos hacer los bibliófilos.

La novela ‘Los Thibault’, del autor francés Roger Martin Dugar, premio Nobel de Literatura en 1937, había sido publicada por editorial Losada S.A., en el año 1944, en ocho tomos. La saga de los Thibault, que tiene como personajes principales a los hermanos Jacques y Antoine, abarca la primera parte del siglo XX, incluida la primera guerra mundial en la que el autor combatió. Escrita con un estilo sublime, retrata la época, las pasiones y las desventuras de esta singular familia.

Cuando descubrí la obra en una librería ubicada en plena Mariscal, entre la emoción de tenerla en mis manos y el nerviosismo por llevármela a casa después de haber acordado un precio justo, no reparé en el sello que el propietario original de los libros había estampado en la primera página, debajo del título y de las florituras que lo rodeaban.

Al llegar a la biblioteca, antes de encontrar el espacio exacto para los libros, me percaté de aquel sello de tinta azul que identificaba el nombre del propietario y la pertenencia de esos magníficos tomos a su biblioteca personal. El dueño resultaba ser un personaje público de gran prestigio que había incursionado en el mundo de las letras, y que pertenecía además a una familia de notables intelectuales ecuatorianos. Se me vino a la mente la imagen desapacible de esas extensas bibliotecas formadas en el tiempo por varios antepasados y engrandecidas por generaciones futuras hasta que, en algún mal momento, ese miembro de la familia al que siempre le estorbaron los libros, o quizás aquel otro que estaba pasando apuros económicos, tomó la decisión de regalar, subastar o mal vender el tesoro de sus padres o abuelos. Así, marcado por esa imagen desoladora, me entregué durante algunas semanas a ‘Los Thibault’.

Tres años después, en circunstancias que no vienen al caso, conocí por casualidad al propietario original de los libros. Confieso que tuve que armarme de valor para decirle que yo tenía esa colección que él había perdido, o vendido o regalado, tiempo atrás. El caballero (lo es en toda la extensión de la palabra), esbozando una sonrisa, me contó que muchos años antes había prestado esos libros a un amigo suyo, que éste nunca se los devolvió, y ahora, por fin, se explicaba qué había sucedido con ellos. Con temor, remordiéndome la lengua, le dije que se los devolvería con gusto (no era cierto, no lo habría hecho con gusto aunque hubiera sido de toda justicia que los recuperara). Pero por fortuna me dijo que no, que le encantaba la idea de que esa colección ahora estuviera en mi biblioteca, y sobre todo, que luego de su amigo, alguien más los hubiera leído.