José Ayala Lasso

Espejito, espejito

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“Espejito, espejito, ¿Quién es el hombre más inteligente y poderoso? Tú, amo, tú”. Una multitud ingenua y esperanzada aplaude, mientras los colaboradores del líder, llenos aún de necesidades insatisfechas, gritan con entusiasmo para hacer méritos.

Cinco años después se repiten la pregunta y la respuesta. Los “compañeros”, que ya lucen gruesas pulseras de oro y conocen las delicias del auto con chofer, aplauden pensando en los dones recibidos y en los que se aproximan cabalgando sobre futuros contratos. El sufrido pueblo empieza a perder la fe.

Pasan otros cinco años. Con cierta duda, fláccidas las mejillas, prolongada en calvicie la arrugada frente, enrojecidos los ojos por las vigilias en las que maduraba sus venganzas, nublada su razón por el odio, cargando un incalculable peso en su conciencia, sintiendo el alejamiento del poder, inconforme por tener que entregarlo a un cualquier sucesor, repite la pregunta que antes inflaba su orgullo: “Espejito, espejito…” El opaco vidrio se resiste a contestar y el líder, echando chispas de rabia, le increpa pues quiere oírle decir palabras que satisfagan a su inconmensurable ego. Duda el espejo, pero después, tímidamente, responde: “Ya no eres tú. Ahora el pueblo ha elegido a otro”.

El líder, incrédulo primero, y aterrorizado después, se desata en improperios, acusa al espejo de ser parte de un complot y le arroja una enciclopedia de insultos. El espejo refleja menos la apariencia física que el alma del nuevo Dorian Grey preguntón. El líder se ve retratado con las deformaciones producidas por los abusos del poder, la prepotencia, la vanidad, la corrupción. Ve su duro rostro tallado por la mueca imborrable del odio y la falta de empatía. La revelación trágica no le sirve como motivo de reflexión -antesala de un buen arrepentimiento, que el Quijote dice ser el mejor remedio para los males del alma- sino, por el contrario, saca a luz las pasiones que agobian al narciso, habituado a considerarse el centro del universo.

“¡No -grita enloquecido, sin poder argüir ante las acusaciones de su Pepe Grillo- yo tengo la razón; el infierno son los otros, como decía Sartre; yo solo quise transvalorizar a mi país. Nietzsche se equivocó. Es falso que Dios haya muerto: me siento vivo y vendré de nuevo para salvar al pueblo o castigarle si creo que se porta mal. El país me necesita y soy irreemplazable. Todos están cansados de mí, pero yo vivo del poder como del oxígeno. Mi voluntad puede mover montañas. No quiero irme. ¿Quien es éste que pretende reemplazarme?”

Con un ruido sordo, el espejo se rompió en mil pedazos. Una atmósfera amarillenta y espesa, acompañada de un olor sulfúrico, enturbió el ambiente. ¡Pero, de esta mefistofélica pesadilla, algo emergió, transparente como el cristal: la necesidad del cambio!