Alfredo Negrete

¿Bonil es un bufón?

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16 de January de 2014 00:01

Desde algunos ángulos a veces parece; pero no lo es. Se trata de intelectual y un artista con un pincel indómito que descontrola e irrita al poder de turno. Generalmente los líderes o jefes supremos saben asimilar la ironía y la sátira, pero los servidores, sumisos y bien pagados, se alborotan y claman al cielo pidiendo castigo. Por eso es necesario destacar que entre el bufón de las cortes medievales y los caricaturistas como Xavier Bonilla existe solo un punto de contacto que es la inmediatez con el poder, que no implica identidad ni comparación. En el caso primero se trata de payasadas y tonterías que generaban tranquilidad al monarca y a su círculo, aunque es posible que algunas veces escondieran mensajes o advertencias por un medio tan indirecto .

El caricaturista tampoco puede estar alejado del poder, pero los contenidos de su expresión son un editorial con la particularidad con que los hace, además de mostrar libertad, como el dibujo producido con sátira, ironía y sarcasmo, inspirados en los acontecimientos de la sociedad, el país y el mundo. Por eso, una caricatura puede llegar al entendimiento popular con más profundidad que un sesudo comentario editorial, razón suficiente para que los que ejercen el poder y sus esbirros la detesten.

Por rasgos atávicos de la naturaleza todo poder pretende crear ecos similares a los de un gallinero; de esa manera las ceremonias, los saludos militares y el ulular de las sirenas confunden y envanecen a cualquier mortal que alcance un puesto público importante. Desconocen que esa parafernalia para el caricaturista, tiene el mismo valor que el alpiste o los granos para los pájaros. Es muy difícil en este entorno que una pluma, en pleno ejercicio de la libertad de expresión, no se convierta en un caballo indómito conducido por un jinete osado, valiente e irreverente. Es la historia de la caricatura.

Xavier Bonilla no va a bajar la guardia -renunciaría al oxígeno- como también lo harán cuando les llegue la soga a Asdrúbal, Roque, Pancho Cajas y otros soberbioscaricaturistas. En nuestra coyuntura significaría: aceptar dibujos o gracias por imposición oficial; sumarse a los vagones de la vieja izquierda que medra sin desparpajo de la bonanza económica y aceptar que sus trazos libres se produzcan en la intimidad del baño o en horas de madrugada cuando duerme la seguridad política. El dilema es claro: o bufón o perseguido .

Con esos antecedentes sería coherente que en el veto al Código Penal Integral se incluya la tipificación del caricaturista malcriado.

Se podría incluso convocar a un concurso mundial, reservado para iniciados, y recopilar caricaturas sobre Hitler, Mussolini, Franco, el generalísimo Trujillo y más cerca Videla y Pinochet, junto a la producción local. Los jóvenes no las conocen, los viejos ideólogos sufren de alzheimer por "el buen vivir" y tendría éxito en un mercado seguro de la Inquisición .