Alexandra Kennedy-Troya

Intelectuales inválidos

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Tengo 60 años cumplidos hace muy poco. Lo digo públicamente para ver si de este modo reconozco que no soy joven y que el tiempo ha corrido, que la vida tiene ahora más valor que nunca y que lo que has hecho o has dejado de hacer tiene gran peso.

Lo que sigue a continuación debe aplicarse a mi generación, una generación que aún creía en –literalmente- “salvar el mundo”, “hacer nación”, introducir nuevas formas de pensamiento, hacer de Ecuador un país de respuestas adecuadas a sus propias necesidades, de liberarlo de las centenarias ataduras que había impuesto el colonialismo. Creíamos en la educación seria y comprometida, pertinente. Algunos de nosotros intentamos abrir nuevas áreas de investigación que el país finalmente secularizado requería; pretendimos crear las condiciones para que a la educación y al conocimiento aplicados accediesen amplios y diversos sectores de la población.Y también a nosotros nos cayó el hacha.

No había sido suficiente 30 años de investigación y docencia; publicaciones especializadas consultadas dentro y fuera del país; dirección de tesis doctorales y asistencia a congresos en muchas partes del mundo. Un buen día por orden del Gobierno nos retiraron nuestros títulos doctorales retroactivamente; eran títulos mal habidos porque se habían emitido laxamente, sin considerar las políticas de obtención de dichos títulos a escala internacional. Era un “borre y va de nuevo”. De lo que se olvidaron estos jóvenes emprendedores es que ellos habían llegado a sus puestos de mando con base en nuestras propias luchas y aportes. Ni siquiera se dio la posibilidad de una recalificación por méritos, examinación especial, ni ninguna otra alternativa.

También a nosotros nos declararon inválidos (¿o invalidados?).
Iván Carvajal luchó por ello sin tregua; a punto de jubilarse finalmente se cansó y sus esfuerzos quedaron en la memoria. Mi indignación se reavivó cuando una universidad pública, hace pocos días propuso a los profesores principales –sin título doctoral o doctorado arrebatado- que bajasen de categoría voluntariamente, por ello les subirían el sueldo (alrededor de USD 1 000); caso contrario seguirían con uno menor al de la categoría inferior. Si eliges la segunda opción, el acceder a la categoría que dejaste no solamente que exige un “nuevo” doctorado para los que perdimos nuestros derechos, sino, además entrar nuevamente a concurso público, ganado hace años. Las otras exigencias no toman en cuenta los vericuetos por ponerse al día y construir conocimiento en un país que tenía una paupérrima infraestructura. Y a pesar de ello mi generación lo hizo.

Saben qué, jóvenes emprendedores, universidades internacionales de alto calibre ofrecen doctorados que toman en cuenta los méritos y las experiencias acumuladas. ¿Les dice algo este pequeño detalle?