24 de septiembre de 2017 00:00

El ring de box es un espacio para las mujeres ecuatorianas

Jessika Centeno prueba su golpe de izquierda. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

Jessika Centeno prueba su golpe de izquierda. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

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Álex Puruncajas

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Se mueven de un lado a otro sobre sus pies y observan la posición de su contrincante para lanzar los golpes precisos. Uno-dos, uno-dos y ‘pum’. Sus puños impactan fuerte a sus rivales en los cuadriláteros de los gimnasios de Cotocollao, La Tola y Chimbacalle, los barrios duros del boxeo quiteño.

Mientras combaten se olvidan de las preocupaciones. El boxeo no les da para ‘vivir’, pero les permite mantenerse con la adrenalina a ‘full’.

Son ecuatorianas, de entre 12 y 24 años, que encontraron en el boxeo su motivación diaria. Unas 30 chicas impulsan y se abren espacio en este deporte.

Jessika Centeno tiene 20 años y trabaja por las mañanas como mesera en un bar en el norte de Quito. En la tarde deja a su pequeña Carla, de 3 años, bajo el cuidado de su pareja y va al gimnasio de Cotocollao.

Bajo el mando del entrenador Vinicio Cobo aprende los secretos del pugilato. Se subió por primera vez al cuadrilátero hace cinco años, pero por el nacimiento de su hija se retiró más de un año. Volvió con fuerza y ahora colecciona medallas de oro en Juegos Nacionales.
En su última pelea, en los Juegos Sub 23 de Cuenca en agosto, obtuvo presea dorada. Jessika espera ser incluida en la beca para los boxeadores de Pichincha, que van desde los USD 80 al mes. En el futuro no se ve fuera del cuadrilátero.

A Verónica Cuji se le fueron las lágrimas en sus primeros topes con experimentadas como Pamela Simbaña. “No tenían piedad y me entraban duro”, cuenta la boxeadora que cumplió 18 años en mayo.

Sus ojos brillan y se mueven de un lado al otro cuando habla de su pasión. Dice que el boxeo le permite sacar lecciones diarias y tener valentía ante las adversidades. “El boxeo es como la vida: te golpea de repente y tienes que levantarte”.

La ‘Chica Limón’, así le puso el entrenador Segundo Chango de La Tola, terminó el colegio. El formador de talentos le puso ese sobrenombre porque ella estudiaba en el Colegio Simón Bolívar.
Con el fin de los estudios, ‘Vero’ practica por las tardes en La Tola, rodeada de un grupo mayoritario de hombres.

Cuenta que un día Chango la llamó de golpe para que se enfrentara a una mujer, de 31 años. “Pidieron una novata para que peleara. Me subí y empecé a lanzar golpes y no paraba. Al final, ella me dijo que era un peligro... Yo apenas estaba tres meses en esto del boxeo”.

La joven púgil dice que esas experiencias la han marcado. En ocasiones, se entrena con hombres y les dice que le lancen golpes sin temor. No quiere alejarse del deporte, aunque su anhelo es ser policía.

Por ello, entre 10:00 y 12:00, hace natación para aprobar las pruebas de ingreso a la institución policial. Eso sí, a las 05:30 ya está en pie para ayudar a su madre a comprar productos para su local de comida, en el sector de la Ferroviaria. Su madre, Margarita Yépez, la apoya, aunque al inicio le daba miedo que golpearan a su heredera.

Fernanda Rodríguez también tiene 18 años. Acude por la mañana al último año de colegio. En las tardes va a Cotocollao con el desafío de ser escogida para la selección de Pichincha. “Hay que esforzarse todos los días y tener buen estado físico. A veces sí se les va la mano a tus rivales y hay que saber esquivarse”.

Sus amigas le dicen que se cuide, pero ella está decidida a ser seleccionada y ganar una medalla dorada.

Saribé Tello tiene 13 años, pero es muy disciplinada. Su madre Marcia Restrepo y su padre Patricio Tello la apoyan y le acompañan a sus combates. La guían para que cumpla en los estudios y mejore su nivel. “Con ella nos vamos a todo lado”, dice su madre.

Ellas no piensan en el profesionalismo. Cobo les alerta sobre los empresarios que les tientan y luego no pagan. Así le ocurrió a María Vega, quien no boxea desde hace dos años. Ella sueña aún con disputar una pelea internacional.

María vende papas en el mercado de El Camal, pero, cuando puede, al final de su jornada laboral, va a un gimnasio del sur. Dice que si hubiese apoyo al boxeo de mujeres tendría más reconocimiento.

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