30 de agosto de 2014 00:00

El Quilotoa, paisaje único y oferta múltiple

En el Quilotoa se puede practicar deportes acuáticos. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

En el Quilotoa se puede practicar deportes acuáticos. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

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Carlos Rojas A. Redactor  (D)

La quietud del agua verde del Quilotoa, que reposa amurallada dentro de un cráter volcánico, deslumbra e hipnotiza. En la comuna de Ponce- Quilotoa, en Cotopaxi, hay un enorme ojo de agua, de tonos verdes y turquesas, que se formó hace unos 800 años después de un colapso volcánico.

Este espacio está a 4 000 metros de altura y es perfecto para darse un respiro. En ese lugar lleno de leyendas se puede caminar hasta el filo de la laguna, pasear en kayak y pasar la noche en hostales y en carpas.

La comunidad indígena pertenece a la parroquia de Zumbahua, del cantón Pujilí. Hay 18 hostales, siete restaurantes, talleres de arte y una gran feria de ropa y artesanías.

Vista panorámica del Quilotoa. Foto: Vicente Costales / ELCOMERCIO

Vista panorámica del Quilotoa. Foto: Vicente Costales / ELCOMERCIO

El costo para pasar la noche varía entre USD 12 y 25. Por ese precio, en la mayoría de lugares, se incluyen desayuno y cena. Así lo confirmó Aniceto Días Pullopaxi, propietario del Hostal Conejito.

El hombre andino de 41 años ha pasado toda su vida entre el frío, el polvo y el viento que caracterizan a esta zona llena de parcelas, sembríos y pastoreo.

Él es parte de la organización Comunitaria de Desarrollo Turístico Lago Verde Quilotoa, que agrupa a unos 200 socios. Ellos se turnan para trabajar en labores turísticas, como cobrar boletos de ingreso (USD 2), dar información en el centro turístico y mantener limpio el mirador, desde donde se observa, imponente y en todas sus gamas, la laguna.

El camino que lleva al agua, fría y salada, es de arena y polvo. Descender toma unos 30 minutos, a paso de turista y con las respectivas paradas para tomar fotografías o contemplar las variaciones de tonos verdes, turquesas y hasta azules, que cambian, según el lugar desde donde se mire.

Al final del sendero, que ahora está adornado con piedras a los costados, se pueden alquilar kayaks y botes inflables.

Las familias prefieren un bote inflable para recorrer la laguna. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

Las familias prefieren un bote inflable para recorrer la laguna. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

Los guías de la zona, que son los mismos comuneros que ahora se esfuerzan por brindar servicios de calidad turística, advierten que el recorrido en bote no puede pasar de 30 minutos. Para ingresar al agua hay que colocarse chalecos salvavidas, pues el agua es fría (12 grados en promedio), y la laguna es profunda (250 metros).

Algunos intrépidos llegan a desafiar a nado las heladas aguas, reconoció el guía nativo.

Después de dar un paseo por el cráter o en el agua, el camino de regreso preocupa a los visitantes. Una persona con un buen estado físico, a paso rápido y casi sin detenerse, puede subir al filo del cráter en unos 45 minutos. Para el resto de turistas, los que no están acostumbrados a la altitud, el trayecto cuesta arriba puede ser un tanto sacrificado.

Los turistas también llegan a caballo. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

Los turistas también llegan a caballo. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

Por ese motivo, en la zona hay más de 100 acémilas que ayudan a los turistas a retornar a la cima. Ese recorrido cuesta USD 10 y también es otra fuente de ingresos en la zona.

Como en cualquier elevación, llegar a la parte alta genera una sensación gratificante. Una vez recuperado el aliento, todavía hay más por hacer.

En un sitio techado, cubierto del frío, se venden recuerdos, ropa y artesanías. Además hay una galería pictórica.

En otro costado, Kléver Latacunga expone sus cuadros en un pequeño taller. Allí exhibe máscaras de madera, pintadas con una colorida gama. También cuadros, sobre cuero de borrego, que pretenden atrapar momentos cotidianos de la vida andina.

A las imágenes del pastoreo, las corridas de toros y los sembríos, se suman caracterizaciones de la Pacha Mama, el Dios Sol y de varias leyendas del sector.

Una de ella es la del cóndor, que se hizo pasar por humano después de robar un poncho rojo para enamorar a una muchacha que pastoreaba.

En el lugar cuentan que Quilotoa proviene del quichua, y que quiere decir dientes de la princesa (quiru-toa). Se dice que el sitio fue una de las últimas moradas de Atahualpa y que las montañas son sagradas.

Este acogedor paraje está a tres horas de Quito. Una vez en Latacunga se toma la vía a Zumbahua. El camino es asfaltado y está en buen estado.

En Latacunga también hay buses que van hasta la laguna verde. En el viaje se puede conocer también

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