7 de mayo de 2016 00:00

Los voluntarios ayudan a recuperar las ganas de vivir

Los miembros de Actuemos Ecuador levantan una casa comunal, con palets. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Los miembros de Actuemos Ecuador levantan una casa comunal, con palets. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Víctor Vizuete

Coaque es un pueblo pequeñito que vive adosado a Pedernales como un niño de pecho a su madre. Esta parroquia de unos 2 000 habitantes, ubicada 12 km al sur de ese cantón manabita, también sufrió el embate del sismo con toda la fuerza.

Las consecuencias se observan a simple vista: decenas de damnificados se han instalado en un refugio temporal levantado en el centro deportivo múltiple, que se abre como una cuña verde en medio de casas adosadas de uno y dos pisos, rodeadas de plantas y flores.

A esas precarias carpas levantadas con maderas recicladas y plásticos donados, se adjuntan tres carpas de la Cruz Roja Ecuatoriana, equipadas para brindar asistencia inmediata y primeros auxilios.

Pero este gran refugio improvisado tiene otra arista humana, más esperanzadora: se ha convertido en el corazón del voluntariado, tanto nacional como extranjero.

En el costado noroccidental del sitio, junto a la cancha de basquetbol de cemento, los miembros del colectivo Actuemos Ecuador levantan lo que será el nuevo centro comunitario parroquial. En primera instancia, cuenta Xavier Mera, se planificó la construcción de un gran albergue temporal, pero luego se aceptó las sugerencias de los damnificados y se creó este centro comunitario, que tendrá una vida útil más larga (unos 10 años).

Este colectivo está compuesto por jóvenes arquitectos, geógrafos e ingenieros, quienes llegaron a la zona con un único objetivo: ayudar. Y allí están desde el día y lo hacen por relevo. Y todos fueron reclutados en las redes sociales.

Primero estuvieron 27 voluntarios. Esta semana comparten trabajos y esperanzas 32 profesionales. Los ecuatorianos son mayoría y llegaron de Quito, Cuenca, Guayaquil, Santo Domingo; pero además arribaron de Perú, Holanda, España, Argentina… Los nativos del lugar también ayudan: Estela Tagua es la chef oficial mientras Byron y Rommel Vilela (su hijo) son los ‘mil oficios’ (mensajeros, guardias…).

Aquí los nombres son lo de menos, afirma Andrea Navas, mientras Paola Durán le entra con fuerza a la amoladora en la tarea de cortar una caña guadúa para crear las cercas que sostendrá el techo de madera que tendrá el complejo.

Los palets que forman parte de la estructura y de las mamposterías son donados; la madera para las estructuras, también. Los bambúes que conforman la viga solera que amarra la estructura y el techo, igual.

Una novedad del sitio es que tendrá letrinas de baño seco, totalmente ecológicas. Estas no necesitan de agua y servirán para generar abonos ecológicos cuando hayan cumplido su tarea inicial, dice Felipe Burbano, un dicharachero permacultor a cargo del asunto.

El piso está conformado con una base de un tipo de ‘súper’ adobe (tierra contenida en sacos) recubierta por escombros seleccionados de las viviendas colapsadas más aserrín.

“Hemos recibido total apoyo del Alcalde de Pedernales (Gabriel Alcívar) y hasta aportes económicos de filántropos coterráneos (USD 2 000) y de Inglaterra (USD 3 000)”, explica José Antonio Villarreal, otro de los caballeros andantes.

Pero este refugio de Coaque tiene más sorpresas. En el costado norte y en el interior de una gran carpa de guadúa y plástico reflectivo, Ximena Scauber y Andrea Geiser trabajan en recuperar la sonrisa y la seguridad de los niños.

La primera, una psicóloga educativa llegada de Córdoba, Argentina, explica que los niños que sufren esta clase de sucesos asimilan secuelas, que pueden influir negativamente en su personalidad. Geiser, psicóloga venida de Suiza, refuerza la tesis y afirma que, por eso, la mejor terapia es la socialización entre ellos y su reinserción en el convivir diario.

Armando, Ashley, Nicolás, Daniela, Keirly, Marlon y 35 niños más parecen entenderlo al dedillo y se dedican con todas las ganas a las tareas de aprender, cantar y jugar hasta las 14:30, la hora del almuerzo.

Este llega en forma de tarrinas desechables y de la mano del padre capuchino Samuel Cadena y miembros del movimiento Juan XXIII, de la Arquidiócesis de Portoviejo.

Más allá, en un costado de la excancha de fútbol de césped, Luis Farías y Ángel Zambrano fungen de entrenadores e inician a los niños en esta práctica. “La vida sigue y hay que darle la cara”, dice Zambrano.

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