9 de December de 2009 00:00

El huésped indeseado

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Patricio Quevedo Terán

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Realmente a estas horas es difícil imaginar una situación más desairada, más incómoda que la de Juan Manuel Zelaya, huésped forzoso en la casa de la Embajada brasilera, dentro de Tegucigalpa, pues la permanencia no complace a sector alguno de los muchos que se vieron envueltos en el cambiante drama hondureño, a veces comedia y a veces tragedia.

 En efecto, el principio del más reciente episodio fue el ‘golpe de la pijama’, cuando Zelaya fue expulsado del poder y de su país sin contemplación alguna y remitido hasta la cercana Costa Rica.

 Vale decir a primera vista, un típico golpe militar, pero con la nota original de que se lo dio, para impedir que el ambicioso presidente de entonces violare la Constitución: un golpe pues ‘legalista’ con todo lo que de contradictorios tienen estos términos, a lo que inmediato debió agregarse el desaforado ‘intervencionismo’ de muchos Estados vecinos y de los más variados tintes y colores.

Luego de dos intentos fallidos por volver a Honduras, Zelaya apareció como por milagro, en la sede diplomática de Brasil, confiando en que de allí no se pretendería extraerlo… como así sucedió las semanas más recientes. Y es que la institución americana del ‘asilo diplomático’ está protegida mediante tratados internacionales y, digámoslo claramente, es una necesidad derivada de principios humanitarios, dentro de región tan voluble y a la que distinguen gobiernos en extremo volátiles.

De allí que incluso algunos se hayan acordado, por aquello del ‘asilo’, de uno de los casos más famosos registrados en Latinoamérica cuando el recio líder político peruano, Víctor Raúl Haya de la Torre, tuvo que refugiarse en la Embajada colombiana de Lima, y allí permaneció nada menos que cinco años. Por supuesto la distancia entre Zelaya y el dirigente peruano es tan abismal que no deja lugar para la mínima semejanza entre el creador del APRA -Alianza Popular Revolucionaria Americana- y el hondureño: su oportunismo político, su cambio de camiseta y su nulo acierto negociador.

De esta suerte y para colmo de paradojas en este caso, que ha sido una ironía desde el principio hasta el final, Zelaya podría permanecer indefinidamente en la Embajada.

Pero, ¿qué sentido tendría hacerlo? Como no sea dañar las relaciones entre el presidente Lula y el nuevo Gobierno de Honduras, que acaba de ser escogido en elecciones aparentemente legítimas: el flamante mandatario es Porfirio Lobo -¡qué epítetos!-; desesperar a la Organización de Estados Americanos; incomodar con un ‘clavo’ imprevisto a la administración de Barack Obama y demostrar a los ‘vecinos’ que el intervencionismo y las pasiones exaltadas, no son los mejores consejeros a la hora de ejecutar políticas internacionales realistas y de auténtica conveniencia para los pueblos respectivos.

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