9 de octubre de 2015 00:00

El guayaquileño lleva una vida más verde

Este hábito ‘verde’ sobre dos ruedas cada vez contagia a más guayaquileños. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO.

Este hábito ‘verde’ sobre dos ruedas cada vez contagia a más guayaquileños. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO.

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Elena Paucar

Ya no somos tan indiferentes. Ahora echamos un vistazo a los árboles, nos ensuciamos las manos con la tierra, buscamos con mirada curiosa a esa ave que canta camuflada entre las ramas, competimos por reciclar, exploramos senderos naturales en bicicletas y nos interesamos más por conocer a esos primeros habitantes de los bosque, que dominaban, hace siglos, el actual paisaje urbano de Guayaquil, que este 9 de octubre del 2015 celebra 195 años de Independencia.

“Sí, se puede decir que los guayaquileños somos más verdes”. Lo dice Ángel Vera, trepado en su bicicleta, en una parada que hizo en medio puente que conecta Guayaquil con la isla Santay.

Este hábito ‘verde’ sobre dos ruedas cada vez contagia a más guayaquileños. “Estamos pedaleando para que otros respiren”, dice Luis Sánchez, de Eco Ciclismo Ecuador Aventura.

El club nació en el suburbio porteño. Hoy acoge a más de 200 ciclistas en el país -en su mayoría guayacos-, de distintas profesiones y clases sociales. Pero eso es lo de menos; cuando se equipan con cascos y zapatos deportivos, todos son iguales.
Fuera de este y otros grupos ciclísticos, cada vez son más los que pedalean por su salud -y por la salud de la ciudad-. El sendero que lleva a Santay se estremece con el paso continuo de las ‘bicis’. Y claro, hay muchos más espacios por recorrer en este transporte ecológico.

Más de 25 000 hectáreas de reservas naturales

Lejos de las autopistas -y el humo de las metrovías, buses y carros-, Guayaquil suma 25 543 hectáreas de reservas naturales, como reporta el Ministerio del Ambiente.

La reserva de producción de fauna Manglares El Salado, que en la primera mitad del siglo XX concentró algunos de los balnearios más importantes de la ciudad, es parte de ese entorno ecológico.

Hoy, algunos tramos se han convertido en el hábitat de los observadores de aves. Es un miércoles cualquiera, en el Malecón del Salado, y unas 20 personas cambiaron el estrés por chalecos, largavistas y libros de ornitología.

“¡Una reinita manglera!”, grita Nancy Hilgert al divisar un plumaje ocre entre las ramas. La ornitóloga, creadora de una guía de aviturismo para la ciudad, ha registrado 106 aves en esta zona -en toda la urbe son 250-.

Valdivias o un tipo de halcón cazador de culebras. Águilas pescadoras surcando el Salado. Hasta colibríes que en esta época del año, la época seca, se alimentan de insectos. “Las aves cada vez se adaptan más al ecosistema urbano y hora son más los ojos que lo ven”.

El área nacional de recreación Parque El Lago es otro buen espacio para los amantes de las aves. En este embalse sobre el río Chongón, formado hace menos de 30 años, habitan más de 70 especies, como cormoranes, garzas y el martín pescador.
El área nacional de recreación Samanes es uno de los espacios verdes más recientes que ofrece, junto a las riberas del río Daule, zonas para picnic y senderos de caminata. Y justo en esta semana se inauguró la Zona de Reserva Forestal Senderos, parte de Samanes. Puentes que atraviesan humedales, senderos rústicos, torres de Canopo, hasta un rocódromo de 14 metros de altura son parte del menú para los visitantes.

Un poco más distante, pero en un ambiente mucho más puro y ancestral, se ubica el refugio de vida silvestre manglares El Morro. Su corazón, la isla Manglecito, acoge a una colonia de fragatas de más de 6 000 individuos. Aquí también se puede vivir la experiencia del Guayaquil de antaño, con los astilleros, los cangrejeros, concheros y pescadores.

Del manglar al bosque seco, del río al estero. El Parque Histórico Guayaquil, ubicado en Samborondón, recrea en tres hectáreas el ecosistema de la antigua provincia de Guayaquil, cuando abarcaba casi todo el Litoral.

Para Olga Santana y su familia, las visitas a este especio se han vuelto una costumbre. Lo disfruta porque le recuerda su niñez en el campo -ahora tiene 76 años-. El cocodrilo de la Costa, el papagayo de Guayaquil, el perico ligero o perezoso, el flor de balsa u oso hormiguero son parte de este zoológico. “Aquí mis nietos pueden ver un pedacito de mi pasado, cuando todo era más natural”.

Pero todavía es posible vivir y sentir esos espacios naturales. Para experimentarlo solo hay que recorrer el bosque protector Cerro Blanco. Son 6 000 hectáreas, en la cordillera Chongón-Colonche, donde habitan en libertad 316 especies de animales, entre ellos venados, tigrillos, serpientes, monos aulladores, insectos de todo tipo, hasta el papagayo de Guayaquil.

Actuando verde

Y más que simples, observadores, ahora los guayaquileños se atreven a actuar. Las jornadas de reforestación son un ejemplo y ganan más espacio en las agendas de responsabilidad social de las empresas.

Este último fin de semana, 40 colaboradores de DHL y sus familias sembraron 100 árboles en el bosque Cerro Colorado. Con sus manos hicieron los hoyos para colocar plántulas de guayacán, ceibo, laurel negro, cabo de hacha, Fernán Sánchez y otros típicos del bosque seco de la Costa.

Las iniciativas son múltiples y una muestra fueron los Premios Latinoamérica Verde. Guayaquil inscribió 142 proyectos socio-ambientales, como reportó Gustavo Manrique, director de la consultora ambiental Sambito.

Fabricación de fundas biodegradables a partir de desechos de pan, bancos con planes de carbono neutralidad, universidad que incentivan el ahorro de energía, empresas que reutilizan y reciclan agua, programas de educación ambiental son algunas propuestas verdes del sector industrial.

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