25 de noviembre de 2018 00:00

Tungurahua: La Esperanza cuida el agua

Tomás Asas recorre constantemente el área protegida de Diablo Udko. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

Tomás Asas recorre constantemente el área protegida de Diablo Udko. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

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Modesto Moreta
Coordinador 
(F-Contenido Intercultural)
tendencias@elcomercio.com

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El agua fluye por un estrecho riachuelo que nace en los páramos de Diablo Udko, en la comunidad La Esperanza de la parroquia Pilahuín.

El caudal se incrementó a mediados de noviembre por las lluvias que caen en la zona. También es alimentada por el líquido que desciende de los pajonales en recuperación de los sectores Poguios del Arenal, Las Dogas, La Cholas, Diablo Udko, Polvo Loma, Pailacocha y Mecha-Usca.

El trabajo está a cargo de los comuneros de Cunugyacu y de La Esperanza. El proyecto es financiado por el Fondo de Páramos impulsado por el Consejo Provincial de Tungurahua, con el aporte técnico del Iedeca y de la Unión de Comunidades Indígenas de Pilahuín.

En total, 282 hectáreas están en rehabilitación. El proceso arrancó en el 2013, con los acuerdos con los comuneros para sacar la carga animal de la zona (ganado vacuno y lanar), evitar el paso de las vicuñas que se encuentran en la Reserva Faunística Chimborazo y la capacitación sobre el manejo y conservación de esta reserva.

Se levantaron cerramientos con alambre de púas, se plantaron al menos 50 000 árboles de especies nativas, como polylepis, valeriana... Este proceso permitió que la paja, la chuquiragua, las almohadillas (que retienen el agua) comiencen a aparecer en una extensa área semierosionada.

Tomás Asas, de Cunugyacu, es el promotor ambiental que recorre midiendo los caudales de los pequeños afluentes de donde nace el río Ambato. “Hay más agua, antes teníamos poco ­caudal; ahora subió de 100 a 250 litros por segundo, eso es importante para las 25 000 personas”.

Asas repite a cada momento que trabajan conservando el agua de riego y para el consumo humano. Por eso laboran a más de 3 500 metros sobre el nivel del mar. Se abastecen del líquido vital para producir en la parte baja ocas, mellocos, habas, mashua, papas y cebada. También pastos para el ganado que hay en la zona.

A través de mingas, más de 200 comuneros levantaron los cercos que protegen del pastoreo las 282 hectáreas de páramo en restauración. En este proceso acompaña Rodrigo Chontasig, técnico del Iedeca. Él explica que si los comuneros no se comprometían al cuidado de esta área, la situación sería difícil por el abastecimiento del agua. En la actualidad los caudales se están recuperando.

La caminata por la zona protegida de Diablo Udko, que abarca 19 hectáreas, demora cerca de una hora. En el trayecto, Chontasig muestra varias especies que están creciendo; es más, hay una gran variedad de insectos y también lobos, conejos y aves.

El recorrido continúa en dirección al sector Río Colorado, en la vía Ambato-Guaranda. En la zona de las Las Dogas, que bordea las 34 hectáreas de páramo, moverse es complicado, pues se corre el riesgo de hundirse 10 o más centímetros en esta extensa alfombra verde que se formó en el lugar.

Asas evita la posible caza furtiva y el pastoreo de borregos, caballos y ganado bovino. “Esta reserva es una bendición, nos alimenta con el líquido vital para la siembra”, dice el promotor, que no detiene su paso.

Para Asas, cada gota de agua que fluye por los pequeños riachuelos cuenta, por eso es protegido el páramo, puesto que en cinco años los caudales bajaron con preocupación. “Trabajamos y a los caudales los estamos recuperando”.

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