22 de julio de 2018 00:00

Con su propia voz, Adichie ve y habla de la negritud

El concejal Jumaane Williams, de Nueva York, durante una vigilia por la muerte de un joven afro a manos de la Policía. Fotos: AFP

El concejal Jumaane Williams, de Nueva York, durante una vigilia por la muerte de un joven afro a manos de la Policía. Fotos: AFP

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Ivonne Guzmán
Ivonne Guzmán 
para EL COMERCIO (O)

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Chimamanda Ngozi Adichie tiene varios méritos, pero el que ocupa hoy estas líneas es quizá uno de los mayores: hacer añicos la visión que, especialmente, desde occidente se tiene sobre África y quienes la habitan. Con otros recursos pero en la misma línea de Chinua Achebe –el escritor nigeriano que murió sin que el Nobel de Literatura le fuera otorgado pese a que eran legiones las que lo reclamaban para él–, la escritura de Adichie hace empalidecer a fuerza de inteligencia los imaginarios que siguen recreando un mundo africano primitivo y salvaje y, en su lugar, construye individuos y sociedades tridimensionales, complejos, actuales.

La negritud en los libros de Adichie es poliédrica, rica en matices, como lo es en la vida real. Solo en esta semana, tres noticias en relación a la población africana copaban los medios y generaban titulares: los imparables naufragios en el Mediterráneo de embarcaciones atestadas de gente que huye de la guerra y el hambre hacia Europa; los debates intensos sobre si la copa mundial del fútbol que alcanzó Francia el fin de semana pasado puede tomarse como una hazaña de origen africano, por la ascendencia de buena parte de sus jugadores; la celebración del centenario de Nelson Mandela en Sudáfrica, en la que, entre varias otras personalidades, participó Barack Obama, el primer presidente negro de Estados Unidos.

Precisamente Estados Unidos es el escenario principal escogido por la escritora nigeriana para situar la historia de Ifemelu, la protagonista de su más reciente novela: ‘Americanah’. A través de la transición a la adultez de Ifemelu hace un paneo por la infinidad de formas de ser negro en ese país. La primera: vetando la palabra negro y replazándola por una palabra compuesta de un prefijo y un gentilicio, afroamericano/a. Ifemelu, por ejemplo, al mudarse de Lagos a Filadelfia se da cuenta de que es negra; es decir, de lo que implica ser negra en un país cuya composición racial no es mayoritariamente negra y el sinnúmero de límites que debe considerar a partir de haberse convertido en una categoría. Es un descubrimiento fascinante y duro. Porque las diferencias, a veces brutales, a veces sutiles, son igual de potentes en la ficción de Adichie que en las estadísticas que ponen números y clasificaciones a la convivencia real.

David Brooks, escritor y articulista de The New York Times, publicó hace pocos días algunas cifras desesperanzadoras en cuanto a la integración social y racial en una de las naciones líderes del mundo. No es un invento de los activistas de Black Lives Matter: los afroamericanos en Estados Unidos definitivamente no gozan de las mismas condiciones de vida que sus compatriotas blancos. Aunque un primer vistazo a un sinnúmero de estudios pareciera contradecirlos. Las estadística que muestran avances en acceso al trabajo o sueldos entre la población negra no están equivocadas, desde la década de 1960 del siglo XX ha habido mejoras indiscutibles. Pero como encontró Brooks, analizando minuciosamente las estadísticas, todos esos logros y ascenso social se dieron hasta mediados o finales de los 70. A partir de la crisis económica de los 80 en ese país, varios de esos indicadores se han estancado, en el mejor de los casos, o han decaído.

Por ejemplo, un reciente estudio de coautoría de Raj Chetty, que menciona Brooks, muestra que todavía hay una tendencia social muy fuerte que margina a los hombres afroamericanos, sobre todo en el ámbito laboral; por lo cual aquellos que nacieron pobres es muy probable que mueran en esas condiciones en porcentajes más altos que sus pares de otros grupos étnicos asentados en Estados Unidos. Y los que nazcan en buenas condiciones económicas es más probable que decaigan en la escala social y económica a lo largo de sus vidas.

Adichie surfea, a través las 588 de su novela, por las dificultades, los malos entendidos, las ironías y satisfacciones que surgen de la interacción entre Negros Americanos (AB, American Blacks) y Negros No Americanos (Non American Blacks) y entre todos ellos y el resto de etnias que conviven en un país de 326 millones de personas. Lo reconfortante es que lo cuenta ella, desde su perspectiva, sin temor de la corrección política, narrando su propia historia, desde su visión y con una voz que se compone de su origen nigeriano, de la tradición igbo, de sus estudios en Estados Unidos, de su permanente relación con Inglaterra, de su éxito internacional como escritora... Porque la descripción y comprensión de Adichie y de su obra no se limita a un par de categorías. Como tampoco puede hacerse con la negritud, con África, con nada.

El ‘colorismo’, esa práctica tan arraigada en sociedades que han vivido la colonización más que nada como abuso (un experiencia familiar en Ecuador), es descrito sin victimización. Por el contrario, Adichie echa mano de una curiosidad de entomólogo y con agudeza y humor por las páginas de Americanah pasan temas como este, muy sensibles, sobre todo en los últimos años. Y si se habla de colorismo hay que hablar de racismo, eso de lo que nadie quiere hablar.

Adichie no tiene empacho en hacerlo, por eso cuando recapitula y recrea los años de candidatura de Obama y en otros pasajes del libro también, desmonta una de las convicciones de la sociedad estadounidense: las desigualdades son fruto de las diferencias de clase y no raciales. Ella y sus personajes (y fuera de la novela, en la vida real: a diario, la prensa) se encargan de mostrar que esa convicción solo puede provenir de alguien blanco. El color de la piel (incluso sus tonalidades; mientras más claro, mejor) sigue importando, y mucho.

A la par que mira a Estados Unidos, y en ese ejercicio se mira a sí misma, la narradora va esbozando un retrato de su natal Nigeria, con sus contradicciones, su belleza, su urgencia, su potencial, sus desdichas. Así, Adichie se incluye en esa larga tradición de intelectuales africanos que, como comenta Marta Alicia López a propósito de la obra de Achebe, contribuye a la construcción de una imagen propia, muy distinta a la trazada en el pasado por los colonizadores que construyeron y difundieron un imaginario errado de lo que son África y su gente; estén donde estén.

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