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Quito ayer, hoy

Cada vez más ciudadanos cuentan –con susto y amargura- lo que les sucedió un día cualquiera en alguna parte del Quito moderno o sus alrededores. Un titular informa que la capital ecuatoriana registra un promedio de 20 muertes violentas al mes desde el 2009. Un futbolista recibió tres disparos cuando enfrentó a dos asaltantes, el viernes a mediodía, en un centro comercial. El alcalde de la ciudad no se libró de un robo en la puerta de su casa. En la ex tranquila y franciscana ciudad hoy se habla de sicarios, bandas y grupos humanos sospechosos. En los valles adjuntos ya no ven las casas del barrio sino las murallas antirrobos. Quito no es, seguramente, la ciudad más peligrosa del Ecuador pero sus índices son cada vez más inquietantes. La Policía vive un momento difícil. La gente se cuida cada vez más. El gobierno, los municipios, los uniformados realizan ofertas. Los ciudadanos tratan de protegerse. ¿Quién no teme?

De vez en cuando alguien rememora al Quito de ayer. Otros preguntan cuándo cambió el panorama y por qué. Hay diversas respuestas. Pero lo evidente –aunque no tengamos hoy cifras ni estadísticas a la mano- es que esta hermosa ciudad era un emporio de tranquilidad, una ciudad de paz. Los jugadores del equipo “Veteranos” lo recordamos así. Existían, por cierto, pungas y estruchantes, pero eran pocos y no tan alevosos. ¿Crímenes? Pues, muy ocasionalmente y, en general, en circunstancias especiales. Los testigos del Quito de anteayer cuentan que todos sabían el nombre de un ciudadano que se atrevió a probar la droga y el de una partera clandestina experta en abortos. El Quito que iba de Chimbacalle a la avenida Colón conocía de la existencia del Aguila Quiteña pero sabía que nunca disparó a nadie ni usó armas. Un día hasta transó con la autoridad. “Me retiro de los pungazos, pero me dejan poner un par de cabarets en la Colón de a perro y en Iñaquito”.

Cuando nació la fiesta quiteña –años sesenta- todavía se caminaba con tranquilidad por las calles capitalinas en horas de la noche. No todo era perfecto, pero en materia de seguridad Quito merecía notas muy altas. Era una ciudad sin criminales, francamente. Una tarde de esas, un afamado carterista, el Carbonero, con un trago entre pecho y espalda, durante una riña en el barrio San Diego, mató a un prójimo mediante una puñalada y cuando llegó un periodista – a sus órdenes- el hombre dijo: “usted sabe que no soy criminal. Escriba eso en el periódico. Es la verdad”. Así fue y un par de años más tarde el Carbonero se asomó para dar las gracias. “Usted me ayudó diciendo la verdad”.

¿Qué hacer en Quito y el Ecuador’? Realmente, hoy deberíamos dar alguna respuesta, pero se nos fueron el tiempo y el espacio hablando del pasado y aquí termina esta historia. Gracias por la lectura.

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