Daniela Salazar

'Conducta Inapropiada'

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Domingo 20 de mayo 2018

Hace unos días, el medio digital GK publicó una profunda investigación que documentó más de diez testimonios de jóvenes varones víctimas del ex reverendo Luis Fernando I. en Guayaquil. Todos los testimonios son coincidentes, a pesar de que varios de los jóvenes no se conocían entre sí pues los hechos ocurrieron en un lapso de más de diez años. Según los valientes testimonios, Intriago -hoy suspendido del sacerdocio- les ofrecía resolver problemas familiares, enfermedades o crisis económicas a cambio de un sacrificio al que llamaba la “dinámica del pecado”. Tal dinámica incluía desnudarles; amarrarles de pies y manos; llevarles a la cama vendados; treparse encima de ellos, entre otras prácticas aberrantes.

Como “conducta inapropiada” se procesó –bajo el derecho canónico- la llamada “dinámica del pecado”. El arzobispo de Guayaquil reconoce que la práctica aplicada por Intriago “atenta contra la integridad física, moral, psicológica y espiritual de las personas”, pero evita llamar estos graves hechos por su nombre: abuso sexual y tortura.

Nunca faltan quienes, al igual que sucedió con el cura César C. en Cuenca, afirman que debe prevalecer la presunción de inocencia. Ignoran el valor especial que tiene el testimonio de las víctimas en delitos que –como este- ocurren en la intimidad o clandestinidad, siempre que tales testimonios superen otros criterios de valoración, como la verosimilitud. Dudo que alguien que se tome el tiempo de escuchar los desgarradores testimonios (grabados en video) se atreva a poner en duda la credibilidad de las víctimas. 

Tampoco faltan nunca quienes afirman que no le corresponde a la sociedad sino a la justicia pronunciarse sobre estas denuncias. Desconocen que la justicia tuvo ya conocimiento de estos hechos, y permitió que opere la prescripción. Olvidan que la mayoría de ecuatorianos votó por la imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra menores de edad, justamente para evitar la impunidad. 

Y, sobre todo, omiten reconocer que es nuestro derecho y deber como sociedad reaccionar frente a este tipo de violencia. No podemos mirar para otro lado; ni siquiera alcanza con que nos pronunciemos o indignemos en redes sociales. Es imperativo que manifestemos nuestro repudio de la manera más categórica.

¿Cómo es posible que las multitudes que marcharon bajo el lema “con mis hijos no te metas” hoy guarden silencio? ¿Acaso a la iglesia no pueden requerirle que no se meta con sus hijos?

No podemos inhibirnos ante las amenazas de acciones legales por parte de los perpetradores ni aguardar en silencio hasta que la Fiscalía cumpla su deber.

No importa si ocurre en la iglesia, en la escuela, en la calle o en el hogar: la violencia sexual exige que alcemos nuestras voces y no callemos hasta que exista justicia y reparación. Si esta causa no nos une, no sé qué lo hará.