Perezosos

Desde hace 45 años somos perezosos porque los ingresos petroleros crearon una dependencia que disminuyó el buen uso de las energías nacionales. Desde entonces nos acostumbramos a la ley del menor esfuerzo, porque la riqueza no depende tanto de nuestro quehacer permanente sino de un regalo de la naturaleza. Por esto es que ha crecido la flojera en el trabajo, aumentando los puentes vacacionales en lugar de disminuirlos para que el país crezca por nuestra actitud, como única manera de que haya menos pobres.

En estas condiciones el progreso se hizo lento, descuidado, pesado porque no hacemos lo que hay que hacer, ni en el campo privado y peor en el ámbito público, porque no se ha generalizado el concepto básico de que el valor del trabajo debe estar en función de la productividad y no hemos aprendido que los resultados -que es lo que importa- deben obtenerse en el menor tiempo posible para ser competitivos.

Con la riqueza petrolera no ahorramos como los noruegos ni como los bolivianos porque los gobernantes populistas instituyeron un paternalismo demagógico que creó hábitos perniciosos cuando los ecuatorianos creemos que el Estado siempre debe proveer de ingresos, trabajemos bien o mal, como los venezolanos.
Entonces no hemos podido aumentar la producción de otros bienes exportables que no sean los tradicionales en donde si hemos demostrado alta productividad que nos permite competir con el resto del mundo, incluso a pesar de la dolarización.

Y mientras el país se siga endeudando para seguir con una política dadora, subsidiadora, regalona, nos iremos al despeñadero porque la economía no crecerá si no se corrigen pronto los desequilibrios macroeconómicos. En este ambiente es difícil ganar la confianza de los inversores ecuatorianos y peor de los extranjeros que solo compran los negocios que ya están en marcha a precios convenientes, al estilo de Warren Buffett.

Como el Gobierno -que por su debilidad cultiva la posverdad- no ha podido hacer un plan de transición en estos dos años, ha debido aceptar las sugerencias vinculantes del Fondo Monetario Internacional, que en estas circunstancias por lo menos provee un norte, un programa con metas mínimas y viables para alcanzar en el año 2022 una situación que sirva de plataforma del progreso si todas las fuerzas cambian de actitud, hacen lo que hay que hacer, para comenzar a crecer económica y socialmente.

Ser tardo, lento y pesado en el movimiento y en la acción es incompatible con la necesidad de ser más productivo en dolarización, especialmente de bienes transables con el exterior, para no llorar frente a la leche derramada y salir pronto de la congeladora del crecimiento, porque lo único cierto es que el ingreso de más dólares depende de nuestra vocación de trabajo que destierre a la pereza y el engaño de que cuanto más vacaciones más progresa el país. Que nunca más haya un feriado para los trabajadores (1 de mayo) y otro para los desocupados (el viernes 3), como expresa nuestro caricaturista Kléber.

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