5 de diciembre de 2019 21:30

El toreo en Latacunga salió por la puerta grande

Los tres toreros salieron a hombros de la plaza San Isidro Labrador de Latacunga; fue una tarde para la historia de la fiesta en el Ecuador. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

Los tres toreros salieron a hombros de la plaza San Isidro Labrador de Latacunga; fue una tarde para la historia de la fiesta en el Ecuador. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

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Gonzalo Ruiz Álvarez
Desde Latacunga  
(I)

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Una tarde inolvidable que quedará para la historia de la fiesta brava en el Ecuador escribieron los tres toreros que se fueron a hombros en medio de las ovaciones generales.

Con una gran entrada, rozando el lleno, Morante de la Puebla, Andrés Roca Rey y el nuevo doctor en tauromaquia, el ecuatoriano José Andrés Marcillo, fueron protagonistas de una corrida sensacional con ejemplares de Huagrahuasi y Triana, el sexto, de este hierro, de nombre alternativo, N° 478 de 540 kilos, fue premiado con el indulto.

El más antiguo y padrino de la alternativa, José Antonio Morante dibujó algún lance a la verónica en su primero un toro manso, probón y que miraba los muslos del diestro y con el que el torero se mostró con voluntad al punto que fue aplaudido.

José A. Marcillo ya es matador, con el toro del indulto. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

José A. Marcillo ya es matador, con el toro del indulto. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO


La magia del torero de Puebla del Río afloró en los lances a la verónica, seguidos por chicuelinas. Morante fue técnico en los tersos delantales sin bajar la mano y rematados bellamente. Una faena de conjugación de una técnica soberbia y un arte sublime, medida, templada, torera donde el ritmo y la gracia hicieron un marco que fue poco a poco cautivando a los espectadores, que se entregaron ante la expresión más bella del arte y el conocimiento. La estocada, defectuosa de colocación, causó efectos fulminantes y las dos orejas fueron el premio justo para obra tan acaba de plenitud.

Andrés Roca Rey no se pudo lucir con la capa y un toro indescifrable – e indescriptible – dio pie a una faena intermitente donde los hondos muletazos de manos bajas en los que el toro humillaba debían esperar que la res se vuelva a entregar para continuar la labor. Los naturales, siempre su más completa concepción, fueron de manos bajas, de muleta arrastrada por la arena con trazo estupendo y tras la estocada llegó una oreja sin reparo alguno.

Roca Rey con las dos orejas del quinto de la tarde. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

Roca Rey con las dos orejas del quinto de la tarde. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

Fue en el quinto de la tarde donde luego de un buen puyazo de Braulio Almeida el toro, que había mostrado algún defecto de los cuartos traseros, rompió a bien. Para que ello ocurra la faena del torero limeño fue de superior técnica y comprensión de la lidia adecuada. Dosificó las series, se explayó con la mano derecha y porfió hasta mostrar las pocas cualidades del pitón izquierdo del toro. Faena de figura y final en triunfo con dos orejas luego de una estocada caída que derribó sin puntilla.

El cartel de alternativa, soñado para cualquier torero, es aquel con dos grandes de la fiesta. Esa tarde soñada se hizo realidad cuando enfundado en su vestido palo de rosa, José Andrés Marcillo hizo el paseíllo. Luego de la ceremonia cuando Morante le cedió los trebejos de torear llegó su temple, su buena colocación y una faena de buen tono, que había sido precedida por un entonado saludo a la verónica. El toro de la ceremonia, se llamó ‘Triunfador’ y fue marcado con el número 6 de 460 kilos. Fue noble y repetidor y la faena fue seria, templada, y a no ser por el fallo de un primer pinchazo, el premio debió llegar. Todo quedó en una vuelta al ruedo y el público entregado con el ecuatoriano.

Morante, arte y conocimiento en Latacunga. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

Morante, arte y conocimiento en Latacunga. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO


Luego de un ambiente de triunfo total la responsabilidad del sexto para el torero ecuatoriano era tremenda. Pero Marcillo no se arredró, hecho mano de valor, recibió a su toro con una larga cambiada y preciosas verónicas para dejar ver, desde las primeras de cambio el tono alegre, de bravura y nobleza total de un toro que embistió de principio a fin. Pases templados por alto, derechazos de primor, naturales y un público de entrega creciente que estimuló al local, quien dejó una excelente impresión en día tan señalado. El toro que se golpeó con fuerza contra las tablas en el primer tercio no mostró rezagos del estrellón y fue materia prima de calidad, bravura y repetición hasta que llegó el indulto y el triunfo grande de un diestro que recibió una alternativa de lujo y se fue a hombros con dos grandes. ¡Que Viva el toreo!

Los tres toreros se fueron a hombros en loor de multitud que llegó a la Plaza.

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