Imágenes: Quito repara los daños que quedaron por el paro
Cuenta regresiva
El Gobierno tiene la oportunidad para reconciliar po…
La reactivación económica depende de tres tareas
El subsidio a los combustibles pasará los USD 3 000 millones
Britany, Mhia y Linda, niñas apasionadas por el reciclaje
Jóvenes diseñadores crearon prendas llenas de color …
Una experiencia en 3D por cascadas y zonas del turis…

Venezolanos van a ciudades pequeñas en busca de trabajo

Juan Beato trabaja en un taller de carpintería en el cantón Pelileo (Tungurahua).

Juan Beato trabaja en un taller de carpintería en el cantón Pelileo (Tungurahua).

Endryth Mendoza y Sor Marina Chirinos tienen su restaurante en Salitre (Guayas). Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

La falta de opciones laborales en las ciudades más grandes ha hecho que los ciudadanos venezolanos se desplacen a zonas más pequeñas del país. Allí también han montado sus propios negocios o emprendimientos.

Daniel Regalado, presidente de la Asociación Civil de Venezolanos en Ecuador, dice que algunos de los nuevos destinos para sus compatriotas están en el noroccidente de Pichincha, Baños de Agua Santa, Pimampiro en Imbabura, Portoviejo, La Concordia, cantones de Guayas, Santa Elena y Azuay.

Su permanencia en el país será regularizada desde este 26 de agosto, cuando se implemente el otorgamiento de visas humanitarias.

En Guayas, los venezolanos fueron a cantones medianos, para empezar una nueva vida. Según datos del Ministerio de Educación, 3 477 niños y jóvenes de Venezuela estudian en las instituciones públicas de la provincia. De esa cantidad, 2 616 están en Guayaquil y 861 en otros cantones, como Salitre, Yaguachi y Lomas de Sargentillo.

En Salitre funciona el restaurante El Dolarazo-Los Chamos. Endryth Mendoza y su esposa Sor Marina Chirinos son los propietarios. Ambos llegaron de Cumaná hace dos años. Al inicio, Mendoza se desempeñó en varias actividades, desde la construcción hasta la mecánica.

Pero una vecina le enseñó a Chirinos a hacer corviches y otros platos, y así nació la idea de un sitio propio. “Mi abuelo decía que en un pueblo chico uno se hace conocido y crece. Abrimos hace un mes y ya todos me llaman ‘Venezuela”, cuenta Endryth.

Al otro lado, en Yaguachi, las hermanas Jennifer y Elizabeth Plaza trabajan en las calles y ofrecen agua y helados. El clima caluroso ha sido su gran aliado.

Ambas llegaron en julio. Su padre, quien llegó hace dos años, las recibió. Él vende caramelos en los buses urbanos. “Tenía un local en Barquisimeto, pero el dinero no nos alcanzaba. Me vine a Ecuador por trabajo y tranquilidad”, manifiesta Plaza.

Los exteriores de la terminal de La Concordia, en Santo Domingo de los Tsáchilas, se volvieron el nuevo punto de concentración de migrantes desde hace tres meses. Según el Municipio, allí se instaló un grupo de 80 extranjeros que venden comida, confites y ambientales.

Luis Gonzaga viajó hasta allá porque las autoridades de la capital tsáchila prohibieron que los limpiaparabrisas estuvieran en los semáforos. Él se empleaba en esa actividad, que ahora ejerce en La Concordia.

En el Austro, el cantón azuayo de Gualaceo es otro destino escogido por los venezolanos. Según cálculos de varios de ellos, allí viven 200 extranjeros que se desempeñan como ayudantes de cocina, meseros, barberos, albañiles y comerciantes.

Hace dos años, Loridis Sánchez, de 24 años, dejó atrás su familia y trabajo para migrar. Su esposo, Osmar Calles, llegó dos años antes a Cuenca, donde pasó meses con trabajo y otros, desempleado.

Para Sánchez, la situación tampoco ha sido fácil. Hace seis meses encontró un trabajo de tres días a la semana en una cafetería de Gualaceo, mientras su esposo se ha dedicado a las ventas ambulantes en Azogues (Cañar).

En las ciudades grandes ya queda poco trabajo, afirma Adrián Graterol y Cristofer Montero, dos venezolanos que ya llevan cuatro años en el país y que están por abrir un restaurante en Gualaceo. “Es una urbe tranquila, segura y con dinamismo”, comenta Graterol.

Ellos han laborado como ayudantes de cocina, porteros, lavadores de carros, meseros y en centros de rehabilitación. Graterol está con su esposa Jecny Vásquez y su hija, que nació en Cuenca. Ella revalidó sus estudios y ahora comparte un estudio jurídico con un gualaceño.

Juan Beato trabaja en un taller de carpintería en el cantón Pelileo (Tungurahua). Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

En Tungurahua, los cantones Baños y Pelileo han acogido a decenas de migrantes. En esas jurisdicciones laboran en carpintería, costura, construcción y otros crearon sus propios negocios.

Juan Beato, técnico en Zootecnia, trabaja en una carpintería en el barrio Oriente de Pelileo. Emigró con su esposa e hijos hace dos años desde Carabobo. Su esposa trabaja en albañilería en Ambato. “Estoy agradecido con el Ecuador, porque nos acogió y nos da trabajo”.

Según organizaciones sociales, en Baños se radicaron al menos 150 venezolanos. Desde febrero se han asociado para trabajar en proyectos de integración. Por ejemplo, han sido parte de la campaña Los buenos somos más.

Maryoritt Chacón llegó hace tres años. Emigró tras un intento de secuestro que le obligó a cerrar su empresa en Venezuela. Estuvo en Quito y luego fue a Baños para trabajar en una hostería. Actualmente tiene su empresa de marketing y diseño de páginas web. Mensualmente envía USD 20 a su familia.

La cercanía a la frontera, el clima cálido y el acceso a trabajo han atraído a ciudadanos de Venezuela a la localidad de Pimampiro, en Imbabura. Allí se crearon dos asociaciones de ciudadanos extranjeros, desde donde se trabaja por una convivencia pacífica en el cantón. Así lo explica Paolo Ponce, vocero del Cabildo local.