15 de February de 2011 00:00

Usureros extranjeros infunden temor en los mercados de Quito

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Su presencia es cíclica. Unos días aparecen con notoriedad y otros prefieren pasar inadvertidos. Sin embargo, desde el amanecer, los prestadiarios (usureros que prestan dinero al día) empiezan a recorrer los puestos de vendedores del mercado San Roque (centro de Quito) cobrando las cuotas y ofreciendo más créditos.

Carmen C. y María A. los identifican con facilidad apenas estos aparecen entre la multitud, recorriendo los tres bloques del mercado de San Roque. Mientras atienden a sus clientes, en sus pequeños negocios, las dos vendedoras cuentan que los prestamistas al principio fueron una suerte de salvadores para sus apuros económicos. Pero ahora extorsionan a quienes se retrasan en los pagos e imponen miedo con amenazas.

Agentes de la Unidad de Misceláneos de la Policía Judicial de Pichincha señalan que el chulco ha adquirido tintes de violencia en los mercados de Quito. En esos sitios se mantienen los tradicionales usureros (hay una familia identificada, vinculada a otros delitos como robo de vehículos en el norte de la ciudad). Pero en los últimos cinco años aparecieron redes de prestadiarios extranjeras, vinculadas al tráfico de drogas, tráfico de personas y sicariato.

Estas operan en los 40 mercados fijos de Quito. Y grupos extranjeros se desplazan entre los mercados de Iñaquito y Santa Clara (norte), Central y San Roque (centro) y Mayorista (sur).

El juez XXI de Flagrancia de Pichincha, Santiago Coba, dice que estos grupos introdujeron a Ecuador la modalidad de préstamos con montos bajos y cobros de cuotas diarias. Cada grupo tiene entre 100 y 150 integrantes. Por lo descubierto, tras la detención de dos bandas en enero pasado, una persona funge de administrador, dos de secretarios (para llevar los registros de créditos y pagos) y el resto es el personal operativo, destinado a recorrer los diferentes puntos de la ciudad, en motocicletas, para el cobro de deudas.

María A. viste blusa blanca y faldón negro, tradicionales de las comunidades indígenas de la Sierra. Ella atiende el puesto de su madre, mientras aprovecha el día libre en su trabajo como secretaria en una cooperativa de ahorro y crédito. La mujer cuenta que, sin una casa, auto u otro bien que sirva de garantía -y porque sus nombres aparecen en la Central de Riesgos-, sus padres no han podido volver a acceder a créditos en un el sistema financiero legal.

Hace tres años, los papás de María habían conseguido un crédito bancario por USD 14 000 para mejorar su negocio. “Pero ni bien salieron del banco, con el dinero, fueron asaltados” por sacapintas.

Para ayudarse en la compra de quintales de cebolla paiteña y ajo, productos que ellos venden, pidieron USD 1 000 a un chulquero. Y allí empezó otro suplicio, ya que cada día tenían que pagar USD 30 hasta completar 1 300 (monto al que llegó la deuda por intereses en apenas 50 días, lo que hubiesen pagado en un año en una institución bancaria).

“Cada que se atrasaba, venían a exigirle con palabras groseras. Una señora que tiene un puesto de hortalizas, al frente del nuestro, también presta dinero. Si alguien no le paga a tiempo, ella va y les grita , hasta les quita mercadería”, se lamenta María.

Según la Policía Judicial, lo más grave es cuando acuden en grupo y amenazan a las personas con armas de fuego. Así lo afirman dos comerciantes del mercado Santa Clara. Además, eso se evidenció cuando, mediante un operativo, la Policía encontró a un grupo de prestadiarios que portaban revólveres y proyectiles.

Una mujer, en su puesto improvisado en uno de los galpones del mercado, asegura que los chulqueros siempre están prestos para facilitar el dinero; ofrecen 50 dólares, 100, 1 000 y hasta 2 000, lo que el cliente requiera, señala la joven vendedora.

No les obligan a firmar ninguna letra de cambio ni otro documento. Tampoco les piden garantía. Pero sí exigen los nombres completos, el número de cédula y la confirmación de un puesto fijo de venta en el mercado.

No obstante, si no cancelan, los amenazan y desde hace un año obligan a los deudores a actuar en contra de su voluntad. Según un vendedor, cada vez le subían el monto del crédito y cuando ya no pudo pagar le dijeron “vea yo tengo un trabajito, lleve esta camioneta a Colombia”. El hombre accedió, porque le dijeron que así quedaría pagado su saldo. El problema es que en ese vehículo había droga camuflada. El juez Coba trató dos de estos casos en Quito durante el 2010.

Una vendedora de hortalizas de San Clara, norte de la capital, asegura que los extranjeros se acercan a ofrecerle dinero. Ellos entregan una tarjeta con números de teléfonos y ofertas de créditos. Aunque todos en los mercados los identifican, según Carlos L., otro comerciante, nadie se arriesga a denunciarlos, por miedo.

Huyendo de las amenazas, hay deudores que han dejado de acudir a sus puestos hasta encontrar una forma de pagar sus deudas. María relata que su madre se escondía. Fue tal la presión que para salvarse de la deuda con el chulco y pagar una parte del préstamo en el banco vendieron sus cuatro puestos de expendio al por mayor y menor de cebolla paiteña y ajo. Ahora solo tienen un quiosco, con el que intentan recuperarse.

Testimonio

‘Un taxista me robó mis documentos y 80 dólares’

Me robaron a las 07:00 del 7 de febrero, en las afueras de una compañía de transportes, ubicada en el Centro de Quito. Recuerdo que ese día regresaba con mi hijo de Salinas (Santa Elena) luego de visitar a mi familia. Nos bajábamos del autobús cuando se nos acercó un señor, quien nos ofreció el servicio de taxi. Le pregunté el precio de la tarifa que nos iba a cobrar por trasladarnos al norte de la ciudad, y nos dijo 4 dólares. Le dije que bueno y le pedí que abriera la puerta para guardar las maletas.

Mi hijo introdujo un bolso en el vehículo y el chofer dijo que tenía que irse a una carrera en el sur y arrancó repentinamente. Se llevó mis documentos, una cámara de fotos, un reloj y 80 dólares. El taxista sabía lo que hacía, porque aceleró y se fue a toda velocidad. Mi hijo no pudo recuperar la maleta porque todo ocurrió rápido.

Era un taxi amarillo y legal, porque tenía sellos. Lo malo es que no alcancé a copiar el número de placas, tampoco el nombre de la cooperativa. Minutos después pasó por ese sector un patrullero con cuatro uniformados y les contamos lo que nos había sucedido, pero al no presentarles el número de las placas me dijeron que no podían ayudarme y se fueron.

El taxista que me robó era un hombre de unos 60 años. Su auto era Hyundai Accent. Vestía una chompa gruesa verde y jean. No tenía bigote y su pelo era blanco. Lo hizo a propósito, porque si hubiese sido una persona honrada me hubiera llamado para devolverme el bolso, pero nunca lo hizo. En la maleta estaba mi licencia y ahí está mi número de teléfono. Tuve que cancelar mis tarjetas de crédito y débito y ahora deberé pagar para renovarlas.

Otros conductores me han contado que a este señor lo conocen y que él opera de esa forma con los pasajeros. Incluso lo describen tal como lo vi ese día. Ahora solo me queda denunciar la pérdida de mis documentos para evitarme problemas. Lo que me preocupa es que para sacarlos me toca hacer trámites y es una burocracia bastante grande. En la Fiscalía se demoraron en atenderme.

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