23 de julio de 2017 00:00

Zombis, una metáfora del consumismo voraz

vividmagazine.net Afiche  promocional  de la película  ‘Apocalipsis Zombie’

Afiche promocional de la película ‘Apocalipsis Zombie’. Foto: vividmagazine.net

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Arturo Torres. Editor general (O)

Los zombis están aquí y nos devoran. Acuden diariamente a los centros comerciales en masa para comprar todo tipo de banalidades. Son esos consumidores compulsivos, que acaban con todo a su paso, los que hacen cola sin saber qué hay al final y aceptan lo que sea, si es barato.

Uno de los que mejor entendió este fenómeno de la sociedad contemporánea fue el cineasta George A. Romero, quien acaba de fallecer hace una semana en Toronto, a los 77 años. El estadounidense es considerado el creador del cine moderno de los zombis. Entre 1968 y el 2009, dirigió seis películas paradigmáticas sobre los muertos vivientes, esos seres espectrales, aparentemente despojados de humanidad.

El aporte de Romero, más allá de la parafernalia del cine apocalíptico de terror, que apela a los miedos más profundos del ser humano, es una mirada política contestataria, crítica y ácida de la sociedad norteamericana.

Con su primera película ‘Night of the Living Dead’, en 1968 el cineasta inauguró una nueva visión sobre estos seres. Los presentó como la expresión de los peores vicios del capitalismo. En décadas anteriores, en cambio, se relacionó a estos personajes con el esclavismo y la explotación colonial. Así, según Peter Dendle, una autoridad en cine Zombi, Romero “liberó al zombi de los grilletes de su amo y lo dotó no con una función (una tarea o un trabajo), sino con una pulsión: comer carne humana”.

A su vez, esta narrativa escondía una crítica a la guerra de Vietnam, pues los zombis, que representaban a los soldados caídos en combate, volvían de la tumba para vengarse de la opulenta, egoísta y represiva sociedad estadounidense que los había
enviado a la muerte.

Esta caracterización, que impregnó el imaginario zombi en la mayoría de las posteriores producciones literarias, gráficas, cinematográficas, televisivas o interactivas, recupera la anterior imagen arquetípica del muerto viviente: la mirada se mantiene perdida y el andar es torpe y desgarbado; camina harapiento, desmembrado, con heridas sangrantes.

Romero crea cuerpos terroríficos engullidores de humanos, de su cerebro, su parte racional. Incorpora en la apariencia de estas criaturas la desesperación de los más excluidos socialmente, a partir de mostrar su carencia elemental: el hambre, que según Martín Caparrós es “la metáfora más clara de la pobreza”.

¿Pero cómo nació este caníbal posmoderno? El término zombi proviene del criollo haitiano ‘zonbi’ y en el culto vudú hace referencia a un muerto resucitado por un ‘bokor’ o mago que lo controla, pues el muerto, como tal, carece de voluntad. Los esclavos negros trajeron esta creencia a las colonias europeas en el Caribe.

En realidad los zombis eran víctimas de un elaborado engaño del mago: después de ser drogados con tetrodotoxina (una potente toxina extraída del pez globo potencialmente mortal, pero que suministrada con otras sustancias en pequeñas dosis altera la conciencia), que mantiene a la víctima en un estado catatónico, el ‘bokor’ puede manipular la voluntad del zombi a su antojo, haciéndole creer que ha muerto y resucitado. Para reforzar el engaño incluso se enterraba y desenterraba a la víctima. Así el brujo las explotaba como mano de obra barata, sobre todo en las plantaciones de caña de azúcar. Eso se muestra, por ejemplo, en la cinta ‘White zombie’, de Víctor Halperin, en 1932. Esta es la primera película del género de la que se
tiene referencia.

En 1978, diez años después de ‘Night of Living Dead’, Romero realiza su segundo filme sobre esa temática, ‘Dawn of the Dead’ (1978), donde se narra cómo cuatro sobrevivientes se refugian en un centro comercial para protegerse de los muertos vivientes, pero pronto descubren que el espacio está plagado de ellos. Y si los cadáveres residen allí es porque reproducen lo que hacían cuando estaban vivos: deambular por galerías, escaleras automáticas y encandilarse en las vitrinas. La denuncia implícita es que el modelo económico imperante acabará devorándonos.

En esa línea crítica, pero más política, las últimas décadas varios cineastas han apelado a la imagen de estos seres para retratar el reinado de las corporaciones y la globalización, así como las crisis humanitarias de los inmigrantes ilegales que
intentan llegar a Europa.

La saga de ‘Resident Evil’ (La residencial del mal) evidencia el miedo a un gobierno mundial en manos de empresas todopoderosas. La corporación Umbrella articula la historia. De ahí surgen los temibles zombis y luego los mismos humanos son convertidos en cadáveres asesinos.

Desde los 90, los filmes europeos muestran a la masa incontenible de muertos vivientes que buscan otra oportunidad. Ya no agitan los brazos ni comen carne humana, como sus antecesores, pero siguen siendo figuras desesperadas por volver a la vida desde la muerte. Sus mejores exponentes son Sylvain George, Pedro Costa y Nicolas Klotz. En sus producciones las nuevas criaturas no comen humanos pero sí se alimentan de restos, basura, desechos de la sociedad de consumo.

Estos inmigrantes-zombis, a los que se intenta negarles toda identidad, insisten en cruzar hacia Occidente, que trata de mantenerlos tras unos muros de contención.

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