11 de diciembre de 2014 08:05

¿Por qué volver a casa por Navidad?

Inicio de las festividades de la Navidad en Quito. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

Inicio de las festividades de la Navidad en Quito. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

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Agencia EFE
Caius Apicius (O)

Llega la Navidad. Como ocurre todos los años, estos días las secciones más o menos gastronómicas de los medios bombardean a sus lectores, oyentes o telespectadores con un alud de recetas, de sugerencias para las comidas festivas de la última semana del año.

Verán, quizá les defraude, pero este año yo no voy a hacerlo. Trataré de explicarles por qué. Me ayudará el texto de un anuncio televisivo que lleva muchos años emitiéndose en estas fechas en España; el anuncio de una muy conocida, prestigiosa y veterana marca de turrón.

El anuncio es una sucesión de encuentros entre seres queridos, en pleno ambiente navideño, y el estribillo insiste: "vuelve a casa, vuelve por Navidad".

Y de eso se trata. Y volver a casa por Navidad no es algo meramente físico, de estar en una u otra ciudad: son muchas más cosas. Es calor de hogar, es cariño, son recuerdos. Y todo eso, no lo duden, está también en la mesa.

La Navidad es, por encima de cualquier otra consideración, tradicional. Hay montones de cosas que llevamos grabadas indeleblemente en nuestra memoria, en nuestro corazón, y en nuestro paladar, que también tiene su corazoncito y sus recuerdos.

Hay cosas que, aunque nunca haya entendido bien por qué, solo comemos en Navidad. El turrón, por ejemplo, que está rico todo el año, pero del que nadie se acuerda en julio, salvo que se le ocurra hacerse un delicioso helado.

Esas cosas son las que forman parte, y parte importante, de nuestra manera de vivir la Navidad. No tengan la menor duda: el paladar navideño está muy aferrado a la tradición, está lleno de sensaciones que se remontan a las felices Navidades de nuestra infancia y que estos días reaparecen y llaman nuestra atención: "eh, eh, que estoy aquí, no te acuerdas de mí?? No pensarías dejarme fuera?" Y, claro, cómo las va a dejar uno fuera.

Así que para qué llenarles la cabeza de recetas ajenas a su propio acervo navideño-culinario? Ustedes creen que incluso en el hipotético (muy, pero muy hipotético) caso de que fuesen capaces de reproducir exactamente la mejor receta del mejor cocinero del mundo, sea este quien fuere, les iba a saber mejor que ese plato que ha pasado de Navidad en Navidad, de madres a hijas, con alguna innovación, siempre pequeña. Estén seguros de que no.

Olviden los recetarios de los chefs de moda. La mesa de Navidad, la mesa de Nochebuena, no son lugares para la vanguardia ni para los experimentos. Recuerden que cuando decidan elaborar un plato nuevo lo mejor es que lo cocinen para ustedes mismos, sin implicar en el intento a cobayas en forma de invitados.

Cuando los hay, nada mejor que ofrecerles algo que usted está seguro de dominar, de que le sale perfecto. O sea que no se les vaya a ocurrir imitar a Redzepi, o a Adri, o a Acurio, todos ellos cocineros excepcionales, a la hora de preparar su cena de Nochebuena.

No. Ustedes, a lo suyo. En esta ocasión no les pediré que dejen volar su imaginación, sino que permitan que sus recuerdos fluyan. Plásmenlos en la mesa: son algo propio de cada familia, y estas son fiestas familiares. Vívanlas.

Espero haberme hecho comprender. Mi intención, como siempre, es que ustedes disfruten en la mesa, incluida, naturalmente, una de las mesas más importantes del año. Pero cada cosa tiene su sitio y su tiempo. Y en este tiempo navideño, no son solo los familiares y los amigos los que nos piden que volvamos a casa por Navidad. O sí. Porque esos sabores son, también, familiares y amigos. Así que, con ellos, ¡feliz Navidad.

Opinión de Caius Apicius (O) / Agencia EFE

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