30 de mayo de 2014 21:00

La solidaridad para los niños con cáncer avanza sobre dos ruedas

En un trabajo social en San José de Cutuglagua.
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Andrés García. Redactor
agarcia@elcomercio.com

Quito

Cuando circulan por la calle, un ensordecedor ruido de motores llama la atención. Al más puro estilo de los antiguos galeones griegos, en la parte posterior de sus máquinas portan insignias y banderas que los identifican.

Sin importar que sea de día o de noche, sus chaquetas de cuero, botas y cadenas se camuflan entre el -cada vez más caótico- tráfico quiteño. En el añejo y conservador imaginario, que aún predomina en buena parte de la sociedad, esta descripción podría referir con lujo de detalles a un ‘grupo de desadaptados motociclistas’.

Pero contrariamente de lo que se cree, estas ‘familias’ de apasionados por las motos, repiensan y dan un nuevo significado a los clubes motorizados. 
A diferencia de los tristemente célebres Black Pistons Motorcycle Club o los Hell’s Angels, que pasaron a la historia por estar involucrados en tráfico de armas y drogas, los clubes de motociclistas del Distrito promueven un estilo de vida basado en la ‘brotherhood’ o hermandad.


Es esa misma unión y espíritu de tropa que les permite extender sus objetivos como organización y realizar labores no solo en su beneficio, sino también en el de los más desvalidos.

Esta variante humanizada y solidaria de los motociclistas tiene su referencia insigne en los ‘Guardians of the Childrens’, cuya imagen cobró notoriedad a raíz de su aparición en la película ‘Bad Grandpa’, de Johnny Knoxville.


Esta agrupación promueve el respeto y brinda ayuda a los infantes que han sido víctimas de maltrato en varias ciudades de Estados Unidos.

También dictan charlas para educar y concienciar a la sociedad sobre los derechos de los niños. 


Gracias a esta nueva ola de pensamiento sobre dos ruedas, grupos como Alfa Moto, Raiders Piratas Quito o la iniciativa Motoviajeros SOS Ecuador, han colaborado de cerca con organizaciones de ayuda y familias de escasos recursos.


Edwin Villacís, de 30 años, es el mentalizador de Motoviajeros SOS, un grupo que busca “quitar la mala fama” que se tiene de los motociclistas, además de facilitar el alojamiento a ‘raiders’ de otras naciones que están de paso por Ecuador.

Actualmente, hay filiales en Machala, Ibarra, Cayambe, Pedernales, Riobamba y Guayaquil. 


“Cuando viajamos por carreteras, la soledad afecta bastante. Nosotros les hacemos sentir a los motociclistas hermanos de otros países como en casa”.


Esta hermandad motorizada también ha colaborado con familias que fueron azotadas por diversos padecimientos. 


En Santo Domingo de Cutuglagua, al sur de Quito, por ejemplo, se registró un voraz incendio que dejó sin nada a una familia de 13 miembros. 


Los líderes de los clubes se unieron y donaron ropa, víveres y electrodomésticos a los infortunados. “También se logró que se les construya una nueva casa”, contó Villacís. 


Luciendo una pañoleta negra y gafas, Rodolfo Estrella, líder de club Alfa Moto Quito, recordó que ellos también colaboraron con los menores de la Fundación Muchachos Solidarios.


Para dar una experiencia única a los infantes, los sacaron a rodar en sus motos, les invitaron una comida y luego los llevaron de vuelta a esa casa que presta ayuda social. 


Pero sin duda, uno de los proyectos más grandes y a la vez esperanzadores es el que impulsa Gabriel Proaño, quien espera completar el presupuesto para recorrer 95 países del mundo, en 595 días. En esa “travesía de vida”, el motociclista espera recolectar fondos que serán destinados a favor de a la Asociación Ecuatoriana de Niños Contra el Cáncer.

Además, quiere ampliar el espacio en el que se atiende a los infantes y construir un albergue.


Otro de los objetivos, aseguró, es conocer historias inspiradoras de personas a escala mundial que lograron superar esta enfermedad, para luego motivar a la sociedad ecuatoriana a ayudar con esta causa. 


Con nostalgia, Gabriel se remontó a su infancia y recordó el día en que su madre, que se desempeñaba como bibliotecaria, le obsequió el libro ‘La vuelta al mundo en 80 días’, de Julio Verne.

“Era mi sueño conocer y recorrer el mundo desde que era pequeño. Un familiar mío tenía una moto y mi afición fecundó a temprana edad”, confesó entusiasmado. 


Pero hace tres años, cuando conoció a Romina, una dulce niña de 11 años que padece cáncer, sus ideales y metas dieron un giro de 180 grados.


“Romina sueña con ser modelo. Entonces me dije que no podría recorrer el planeta sin antes brindar ayuda a otros niños que pasan por eso”.


Para cristalizar el proyecto, Gabriel aún necesita obtener USD 35 000 para solventar los gastos de gasolina y de pasajes de avión, tanto para él como para su motocicleta Kawasaki. 


Especialmente para cruzar de Brasil a Ciudad del Cabo; de Vietnam a Australia y de Australia a Canadá.

El costo total de este monumental proyecto asciende a USD 123 000.
 Así, entre frenadas, aceleraciones y vías sinuosas, estos motociclistas seguirán rodando diversos caminos del país, esperando el llamado de aquellos que más los necesiten.

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