20 de agosto de 2017 00:00

Las relaciones de poder se reflejan en la intimidad

Rosa Martínez, junto a la firma del colectivo boliviano Mujeres Creando, que participa con ‘Milagroso Altar Blasfemo’ en la muestra del CCM. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Rosa Martínez, junto a la firma del colectivo boliviano Mujeres Creando, que participa con ‘Milagroso Altar Blasfemo’ en la muestra del CCM. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán
Editora (O)
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A Rosa Martínez la precede su hoja de vida. Su sola presencia reconfirma todas esas cosas importantes que se dicen de ella, por todo lo que ha hecho. Y su conversación, vivaz e informada, desarma la imagen de mujer solo cerebral que es común hacerse de ella.

Rosa Martínez es una de las curadoras de arte más importantes de la escena mundial y en Quito es la responsable de la muestra ‘La intimidad es política’, que está expuesta en el Centro Cultural Metropolitano. Precisamente con ese edificio patrimonial como escenario, conversamos de qué significa la intimidad.

Con excepción de ‘cercanía’, asocie tres palabras con la idea de intimidad.
Amor, sexo y fusión, sin confusión.

¿Por qué estas palabras?
Pues porque a mí la noción de intimidad me sugiere esta palabra que tú has dicho que no podemos utilizar, una proximidad, un contacto muy cercano, una disolución de barreras, de conceptos, de prejuicios sociales. Y eso permite una cercanía de las almas y de los cuerpos; ¡‘cercanía’ he dicho, fíjate! Es porque es un espacio en donde, en teoría, esos conceptos, esos prejuicios se pueden disolver.

Hasta hace poco, lo íntimo solía remitir al espacio de la familia especialmente. ¿Cree que sigue siendo así en un mundo de relaciones y afectos en permanente cuestionamiento?
Creo que el espacio familiar es un espacio de conflicto, es un espacio de lucha, de tensiones, aparte de que hay amor también. Pero es un espacio en el que las relaciones de poder se expresan de una forma más fuerte y más radical que en los espacios sociales incluso. Porque una a veces se atreve a hacer más daño en ese espacio cercano a las personas que uno quiere que en el espacio social, donde guarda ciertas formalidades. Es decir, para mí la familia no es un espacio de intimidad, de armonía.

¿Diría que es un espacio donde se evidencia la paradoja de la confianza?
Sí, así se podría definir muy bien. Porque esa confianza te permite a veces cuestionar al otro de formas que no lo harías en un espacio social.

¿Qué espacio le queda a la intimidad en una sociedad que tiende a la transparencia un poco morbosa?
Pornográfica directamente. Pues le queda muy poco espacio. Los medios dominan con los mensajes con los que nos bombardean día a día y es muy difícil encontrar espacios para la comunicación personal directa, para la amistad entre las almas. Creo también que un espacio muy hermoso para la intimidad es el de la amistad.

¿Por qué a veces la posibilidad de la intimidad, de cualquier tipo, asusta?
Porque uno queda desnudo, porque el vestido protege, es como una coraza y al quedarse desnudo física o emocionalmente uno es muy vulnerable porque le quedan todas las emociones al descubierto. Cosas que uno quiere ocultar, debilidades que uno no quiere reconocer quedan ahí a la luz de la mirada y del juicio del otro. Muchas veces tenemos miedo en esos espacios de intimidad de ser juzgados, de ser valorados y de ser rechazados también al abrirnos tanto.

¿O sea que cuando aceptamos o proponemos espacios de intimidad estamos ejerciendo unos pequeños actos de valentía?

Sí, sí, absolutamente.

¿Cree que lo íntimo es sagrado? Y si es así, ¿habría que desacralizarlo o no?
Yo creo que lo íntimo sí es un espacio sagrado, efectivamente. Y no hay que desacralizarlo, hay que protegerlo, porque es el espacio de la máxima delicadeza. Entonces no hay que exponerlo a la mirada pública, a la vulgaridad del uso comercial que se hace de la intimidad. No hay tampoco que hacer propaganda de lo íntimo. Ahora, el concepto de lo que es intimidad y de lo que no es intimidad, de cuáles son los límites, eso es lo que cada uno tiene que establecer.

Además esos límites están mutando, ¿no?
Sí, exacto. Están cambiando las fronteras de lo que se considera íntimo. Y hay artistas que consideran que exponer su intimidad es una forma de transformar la conciencia social sobre esas fronteras.

¿Lo es?
Creo que sí. Para una mujer, por ejemplo, mostrar públicamente la violencia que en casa ejerce, es un supuesto, su marido sobre ella, es una forma de incrementar la conciencia social sobre ese dominio y relaciones de sumisión que hay entre hombres y mujeres. Es que me viene a la memoria ahora una obra de una de las artistas que tenemos aquí (Priscila Monge) pero que no está en la exposición, que tiene una obra que se llama Maquillaje. Se la ve a ella perfectamente maquillada y cuando se va a desmaquillar se ve que ese maquillaje lo que hace es ocultar un golpe, una agresión, que había sufrido en el espacio más íntimo. Entonces muestra cómo el maquillaje oculta esa intimidad en la que irrumpen en el cuerpo las relaciones de poder.

¿Por qué importa hablar de lo íntimo, y en algunas ocasiones sacarlo a la luz?
Porque en lo íntimo está lo social, está lo ideológico; en lo íntimo toman cuerpo todas las relaciones de poder que se dan entre las personas.

La política, de alguna manera, ¿les huye a las formas de la intimidad?
No, yo creo que ahí se ejercen más que en ningún otro sitio. O tanto como en cualquier otro sitio.

¿Cómo?
La política determina la intimidad. Cuando el Trump, por ejemplo, muestra en su espacio doméstico a su mujer perfectamente vestida de modelo y al niño subido en un caballito, en una escena absolutamente fantasmática de parque temático, está determinando cómo cree y cómo piensa que deben también las otras personas comportarse. O sea que sí, que la política lo determina todo.

Si estuviera conversando con un escéptico/a de este planteamiento de que la intimidad es política, ¿qué le diría para convencerle de que es así?
No le convencería. Le haría dos o tres preguntas de cómo trata él a su mujer, si fuera un hombre; de cómo trata él a sus hijos. Y si fuera una mujer también le preguntaría cómo ella traduce y cómo intenta imponer en sus hijos y en sus hijas esos mandatos del rol que han de cumplir los hombres y las mujeres en la sociedad. Es decir, cómo les dice a sus hijas: “sé dulce, sé obediente” o cómo le dice al hijo: “tú no tienes que hacer las tareas de la casa”. O sea, cómo la madre en el hogar va repitiendo el esquema que perpetúa el patriarcado. Es decir, las mujeres somos a veces también las que transmitimos estas leyes patriarcales.

¿Qué pasa cuando dejamos que se vean nuestras zonas íntimas figuradas, como nuestras debilidades o nuestras ternuras?
Pues cuando decidimos protegerlas opera el miedo, desde luego. Y cuando decidimos compartirlas opera el amor. Es que no hay otra. Son los dos polos: el miedo y la confianza, el miedo y el amor.

¿Dónde habita lo íntimo, en la cabeza o el corazón?
En los dos sitios. Porque en la cabeza están los constructos sociales que nos generan esas cárceles de protección intelectual. Pero el espacio donde realmente se revela la intimidad y se borran esas fronteras es el corazón. De hecho, a mí me gusta mucho la filosofía budista que conecta mente y corazón; los budistas dicen que el corazón es la mente, que deberíamos pensar con el corazón. Esa separación que hacemos en occidente de mente como intelecto y corazón como sentimientos también se puede ver de otra manera, como que el corazón piensa, que el corazón al sentir te está indicando hacia dónde tienes que ir.

¿Con qué tipo de personas nunca intimaría?
Pues es que no me lo he planteado. Hay una especie de sexto sentido que no implica el jucio, sino que implica que cuando tú ves a una persona y estás cerca de ella y ves cómo se comporta y, ufff, sientes como una carga eléctrica negativa que te separa de ella.

Entonces, de entrada, ¿no descartaría intimar con ningún tipo de persona?
No, no. De entrada, no descartaría a nadie.

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