26 de noviembre de 2017 00:00

Redes sociales y democracia: ¿quién necesita a quién?

Redes Sociales. Foto: Wikimedia

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Andrés Cárdenas M.* (O)

El CEO de la red social más importante convoca a los gerentes de su empresa. Estamos dentro del idílico complejo californiano, que ofrece a sus colaboradores un ecosistema autosuficiente.

Él les comunica el proyecto de enlazar su red social con el sistema electoral del Gobierno: así, todos los usuarios podrán votar desde su teléfono. Ella, la chica tímida, inteligente, sin miedo al progreso, levanta la mano. Propone dar incluso un pasó más.

¿Por qué no obligar a todos a tener una cuenta en esa red social y a votar a través de ella? Ya nos obligan -dice- a hacer tantas cosas, a pagar tantos impuestos, a comportarnos en público de una determinada manera. ¿Tener la opinión de todo ciudadano en un par de segundos no sería el ideal del deseo del pueblo? ¿No sería esta, por primera vez en la historia, una verdadera democracia?


La escena del párrafo anterior corresponde a la cinta ‘The Circle’, estrenada a inicios de este año.

Hay que admitir que las preguntas que plantea el personaje interpretado por Emma Watson circulan -con bastante mayor complejidad- por muchas cabezas desde hace tiempo. Pero antes de salir de la escena del filme, otra chica, la que se está dando cuenta del desastre que su empresa está causando en su propia privacidad, objeta: ¿Por qué el Gobierno trabajaría con nosotros?

Y responde el hombre de confianza de Tom Hanks, quien hace el papel de CEO de la red: “El Gobierno nos necesita más de lo que nosotros los necesitamos a ellos”.


Ciudadanos desatentos


Justamente de eso trata la edición de la segunda semana de noviembre de The Economist: de las complejas relaciones entre información y política, entre el control de la selección de contenidos y las decisiones del votante. La revista tituló en su portada: ‘La amenaza de las redes sociales a la democracia’.

Debajo, una mano sostiene la cabeza de la ‘f’ del logo de Facebook, transformando la letra en una pistola. Pero la pregunta es: ¿Hacia dónde apunta verdaderamente esa pistola? ¿Hacia la democracia? ¿Hacia nosotros mismos? ¿Hacia ningún lado?


La revista arranca con un recuento de cómo las redes sociales pasaron de ser un aire de esperanza para la democracia -en Ucrania, Irán, Egipto, cuando parecía dar voz a la gente- a ser su castigo. Cita ejemplos de debates poco representativos que terminan creciendo artificialmente en los medios tradicionales, manipulando al ya desinteresado habitante medio de la democracia. Analiza, también, los esfuerzos rusos por regar la red de contenido ambiguo -cuando no falso- hasta el punto de ser llamados “una manguera de falsedades”.

Se estima que el contenido ruso llegó al 40% de la población estadounidense las elecciones pasadas. El filósofo Jürgen Habermas ya había señalado que la conectividad a través de redes era una espada de doble filo: podría deses­tabilizar a algún gobierno ­autoritario pero, a la vez, también erosionaría la esfera pública de las democracias. Para salvar nuestro sistema político -piensa Habermas- necesitamos reformar nuestra economía de la atención.


La atención es el billete con el cual trafican las redes sociales. En ellas nos adentramos en una máquina tragamonedas, cuya palanca son los ‘push to refresh’. Y, dentro de la máquina, a su vez, somos agentes activos que solicitan atención. La gente no comparte publicaciones porque son informativas -sostiene The Economist- sino porque sirven para atraer la atención hacia sí mismos. De hecho, el contenido promedio es mirado apenas un par de segundos, lo que importa, en realidad, es ese botón que tiene una flecha que se persigue a sí misma.

Incluso premiamos el trabajo bien hecho en redes sociales con una palabra que antes pertenecía solo al argot patológico: lo bueno es viral. 
Y se sabe que, para que una polis funcione, se requieren ciudadanos, si no involucrados con lo público sí, al menos, con la atención despierta. 
El algoritmo creador
Lo más interesante del ar­tículo es cuando analiza los ecosistemas que esta dinámica genera, sobre todo mediante el algoritmo secreto de Facebook.

Para trabajar con masas tan grandes de gente, se deben desarrollar mecanismos que amplifiquen ciertos mensajes que, sin perder la ilusión de objetividad, vayan encaminados a validar las creencias del usuario. Que lo mantengan en un espacio seguro, a salvo. 
En el último TED Talks estuvo presente Cathy O’Neil, matemática y autora de libros de ciencia, con su ponencia ‘La era de la fe ciega en los datos masivos debe terminar’.

Ella, experta en algoritmos, explica que para construir uno se necesitan dos cosas: datos del pasado y una definición de éxito. Todos usamos -explica- algoritmos para muchas cosas. Por ejemplo, para hacer un desayuno, se recuerdan los ingredientes que se han utilizado en los últimos meses y se plantea una fórmula que lleve a una definición de éxito concreta. 
Y aquí se detiene O’Neil: “En un desayuno, dependiendo de quién lo haga, la definición de éxito no es la misma. Para mí, es hacer que mis hijos coman vegetales. Para ellos, es llenar la comida con la mayor cantidad de Nutella posible”.

Así, la autora de ‘Weapons of Math Destruction’ formula la primera característica que se debe saber sobre los algoritmos: son opiniones convertidas en código. En ese sentido, The Economist es bastante claro en la queja: para tratarse de una empresa que dice que su negocio es hacer el mundo más abierto y conectado, Facebook es absolutamente cerrado y aislado.


El ‘trolleo’: una herramienta de pertenencia
Estos ecosistemas, cuando se los quiere ambientar con algún motivo político, cuentan con varias herramientas, sobre todo un humor que explota la noción de “los que están dentro” versus “los que están fuera”, y el trolleo, “el arte de hacer sentir mal o hacer enojar a alguien por medio de bromas o comentarios tontos”; un disparo apropiado también es marca de pertenencia.

Para evitar, desde las empresas de redes sociales, esta reafirmación de la burbuja virtual, se han intentado varias medicinas: desde redirigir búsquedas peligrosas -se lo ha hecho con el yihadismo- hacia contenidos contrarios, hasta establecer una Policía en China que permanentemente censure publicaciones problemáticas. 


Muchos piden que en Facebook se pueda calificar el contenido de acuerdo con su nivel de fiabilidad. También han aparecido buscadores, como el francés Qwant, que son neutrales ya que consideran que todas las búsquedas deben ser iguales para todos. Al final, como decía el científico Lawrence Krauss, en el último documental de Werner Herzog sobre Internet: “La Internet va a propagarse fuera de control y la gente va a tener que aprender a ser filtro de sí misma”.

No hay otra opción -como siempre- que confiar en la especie humana. Más que filtros, botones de alerta o exposiciones de algoritmos, una democracia necesita individuos libres. Más que promover la participación a través de redes sociales, una democracia necesita individuos que sean dueños de su propia atención. 
 

* Periodista y escritor

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