3 de diciembre de 2017 00:00

El espíritu del Chulla Quiteño sobrevive

Entre 1914 y 1925, el Pasaje Royal, en el centro de Quito, fue un lugar que más frecuentaban los chullas. Foto: Fotografianacional.gob.ec

Entre 1914 y 1925, el Pasaje Royal, en el centro de Quito, fue un lugar que más frecuentaban los chullas. Foto: Fotografianacional.gob.ec

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Evelyn Jácome
Redactora (O)

No es el personaje de terno remendado, mentiroso, vivaracho y bebedor, un retrato prosaico de un emblema de la capital. El chulla quiteño es la síntesis de una época que se resiste a marcharse.

Era el hombre que en la época en la que Quito despertaba con el sonido de las campanas, en la que no había televisor ni teléfonos inteligentes se volvió el personaje alrededor de quien giraba no solo el humor, sino el pulso la ciudad.

Su picardía, su broma inteligente y su conducta siempre crítica frente al poder eran el centro de atención en las plazas, en las esquinas y en las fiestas. Sin él, sin su sal quiteña, no había carcajada suelta.

Fernando Jurado, psiquiatra e historiador, rastreó el personaje con minucioso olfato y logró seguir sus huellas. En su libro ‘Ensayo sobre el Chulla Quiteño’, lo dibuja al detalle, con sus ademanes, su talento, su carácter y sus lados grises.

El chulla era poeta, cantante, guitarrista, serenatero y gozaba de un sentido profundo del humor y la ironía. No solo era chistoso sino un filósofo. Era un hombre culto, bueno hasta para discutir. Podía ser poeta, pintor, chofer y mecánico al mismo tiempo, pero siempre vestía bien. Quizá para aparentar. Quizá por el simple placer de mostrar distinción.

Frente a la pregunta de si existen aún chullas quiteños, los dedos apuntan, sin temblar, a Humberto Jácome. Amante de los toros y de la buena vecindad, nació el 19 de julio de 1937, en San Roque, la capital de la capital, y lo explica así: “Muchos piensan que el corazón de Quito era La Tola, pero en realidad, lo mejor que tenía La Tola era que estaba frente a San Roque”. Con memoria lúcida y sonrisa coqueta, a sus 80 años no ha perdido el don de la broma fina y rápida, eso que llaman la sal quiteña.

Jácome fue por varios años el ‘vecino mayor’ de la Colonia de Quiteños Residentes en Quito: hombres que tenían en común el humor y el amor hacia su ciudad. Para ellos el chiste no es el cacho contado, sino la improvisación durante una conversación. Esos chistes trascendían, se contaban como anécdotas y se divulgaban por la ciudad.

No es el único chulla que aún vive: el coronel de la Fuerza Aérea Alfonso Rivadeneira Suárez (socio del Club el Crack que promovía el deporte y la buena vecindad), el médico Fabián Recalde Mora (dueño de la Casa del Higo, sede social de la Colonia de Quiteños Residentes en Quito), José Rafael Sáenz (quien junto a sus 10 hermanos formó un coro famoso en la ciudad), Ernesto Dávalos (motociclista, automovilista, futbolista, voleibolista)… El mismo Fernando Jurado se ha ganado ese título, aunque asegura que le faltan ciertas cualidades para serlo o César Larrea, el periodista que inventó las fiestas de Quito y que acaba de fallecer apenas el miércoles pasado.

Para Jurado, quien no solo investigó el tema sino que vivió su infancia y adolescencia rodeado de viejos chullas, uno de los máximos representantes de esa estirpe fue Eugenio Espejo, quien ya en el siglo XVIII mostraba su humor acerado y su espíritu burlón.

Están también el poeta Jorge Carrera Andrade, el escritor Augusto Arias, el periodista Raúl Andrade, el ‘Terrible Martínez’ (inspirador de la sal quiteña), el cronista Marco Chiriboga Villaquirán y Patricio Espinosa, quien murió hace apenas siete meses.

El verdadero chulla está lejos de ser el personaje que Jorge Icaza describe en ‘El chulla Romero y Flores’. Los conocedores de la quiteñidad sostienen que el chulla real podía engañar sutilmente, pero no era un estafador. Era bohemio, pero no el borracho que amanecía en la plaza. Se los bautizó como chullas, no porque tuvieran ‘chulla’ camisa y ‘chulla’ par de zapatos, sino porque chulla significa único, y ellos fueron y son irrepetibles.

Ser quiteño no era requisito indispensable para ser chulla. Hubo chullas afuereños, como Remigio Romero y Cordero de Cuenca, o como Rafael Vallejo Larrea y Miguel Ángel León, quienes eran naturales de Riobamba.

Alguna vez Jurado, en su niñez, escuchó decir a un vecino que el haber conocido al ‘Terrible Martínez’ fue la experiencia más brillante de su vida. El ‘Terrible Martínez’ fue, de hecho, el rey de los chullas. Los historiadores Alfonso Ortiz y Juan Paz y Miño lo reconocen como una de las personas que reunía de sobra las características del chulla. Causaba revuelo en una ciudad pequeña, como era el Quito del siglo XX.

Mario Ojeda, investigador y dramaturgo, llevó a las tablas una obra en honor al ‘Terrible Martínez’: un hombre del pueblo que logró transformar su realidad -a veces cruda y escasa-, en momentos de constante vitalidad, explosión de risa, de piropos, de música...

Luis Eduardo Martínez -quien nació en 1900 y vivió en la calle Valparaíso, en La Tola- sintetizaba la rebeldía de un pueblo avasallado por un poder despótico. Fue un intelectual con una sagacidad para generar la broma inteligente, astuta, cargada de una connotación humana y filosófica.

Su capacidad para imitar (y así criticar) a los políticos fue una de sus mayores virtudes. Según Ojeda, justamente, por haber sido un hombre polémico y cuestionador no consta en la historia oficial. Siempre fue contestatario de todo lo que implica el manejo absurdo del poder. Se daba la libertad de decir las verdades, la realidad incómoda, las cosas que todo el mundo intentaba ocultar por temor o compadrazgo. Además, fundó dos periódicos: Vida Quiteña y El Clarín.

Algunos chullas llegaron, incluso, a ser presidentes: Federico Páez y Alberto Enríquez. Otros ingresaron como concejales al Municipio: Alfonso Endara Andrade, Juan Escobar Pallares y Eduardo Pólit Moreno. Pero en realidad el chulla, lejos de ser político, hacía crítica política desde las bancas de las plazas. Era un crítico del sistema, un hipercrítico de todo.

La época en la que vivió el ‘Terrible Martínez’ fue turbulenta, llena de golpes de Estado, con un conflicto serio entre liberales y conservadores. En el año 1932 hubo una masacre en la Guerra de los cuatro días. Murieron miles de personas, los cementerios ya no daban abasto. Al finalizar la carnicería por el poder político encontró una bala y la conservó. La llevaba siempre en su bolsillo.

A sus 60 años, a pleno mediodía, en la Plaza Grande, entró a la joyería de Augusto Castro, sacó de su bolsillo aquella bala y le preguntó al dueño si tenía una pistola para ese calibre.

Tomó el arma y se dio un tiro en la sien. No como un acto de tristeza y debilidad, sino como una despedida sublime, como un acto de liberación, dice Ojeda, y, por qué no, de protesta. Antivelasquista hasta los huesos, se mató frente a Carondelet. Una muerte poética.

Su nieto, Ramiro Endara Martínez, aún conserva la carta que escribió el 11 de junio de 1960, con su puño y letra, minutos antes de quitarse la vida. En ella habla de política y no pierde el doble sentido. Se despide con cariño de sus amigos, de sus hijos y su nieto.

Jurado insiste en que pese a que el chulla quiteño se ha venido extinguiendo, aún queda su espíritu. Esa filosofía de sobrevivir frente a los embates de la vida, la resistencia frente a las crisis políticas, el talento de hallar el apodo perfecto, la finura en el trato, la broma a flor de piel... Son esquirlas, dice, del viejo chulla quiteño.
 
El chulla está vivo en ese hombre que juega, en ese duende travieso que enamora y que conquista, que tiene gran resistencia a las frustraciones. Palabras de Jurado que revelan que sí, que el chulla todavía existe, que vive en nosotros y que, a momentos, lo dejamos salir. Porque, como decía el escritor Bing Nevárez Mendoza, “Si el chulla muriese, es como si muriese el aliento de Quito”.

FRASE

Con un abrazo para todos mis buenos amigos, con mi corazón para mis hijos y con mi eterna sonrisa para Guido. Sintiendo que tengan que sufrir las consecuencias”.

El último párrafo de la carta de despedida del ‘Terrible Martínez’

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