1 de octubre de 2017 00:10

‘El Quiteño Libre’ y Rocafuerte

Los contradictores del presidente Juan José Flores se agruparon  para combatir la corrupción del militarismo extranjero, pero cometieron errores de estrategia.

Los contradictores del presidente Juan José Flores se agruparon para combatir la corrupción del militarismo extranjero, pero cometieron errores de estrategia. Foto: Archivo

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Roberto Aspiazu Estrada (O)
​Periodista, historiador

En 1833 se fundó en la capital La Sociedad El Quiteño Libre con el propósito de “defender las leyes, derechos y libertades de los ecuatorianos”, a la vez que “denunciar toda especie de arbitrariedad, dilapidación y pillaje de la hacienda pública”.

En 1833 se fundó en la capital La Sociedad El Quiteño Libre con el propósito de “defender las leyes, derechos y libertades de los ecuatorianos”, a la vez que “denunciar toda especie de arbitrariedad, dilapidación y pillaje de la hacienda pública”.

Estaba integrada por estudiantes universitarios, jóvenes profesionales y aristócratas de prestigio que la lideraban. Su presidente era el general José María Sáenz, medio hermano de Manuela, acompañado del también general Manuel Matheus, marqués de Maenza; los hermanos Manuel y Roberto Ascásubi; José Cevallos, Manuel Ontaneda, Pablo Barrera y Pedro Moncayo, entre otros; este último designado editor del periódico societario del mismo nombre que circuló por primera vez el 12 de mayo.

Y aunque proclamó el nacimiento del Partido Nacional para combatir el militarismo extranjero en el poder durante la primera administración del general Juan José Flores, su inspirador fue otro foráneo, el coronel británico Francis Hall, veterano del batallón Albión que había luchado heroicamente en Pichincha y también en Ayacucho.

En febrero del 33, había retornado al país Vicente Rocafuerte al cabo de una ausencia de 14 años, rodeado de una aureola de prócer de la independencia americana, luego de relevantes servicios prestados a la hermana República de México como diplomático en Europa.

Desde la proclamación republicana en mayo de 1830, el general Flores había tenido que afrontar una sucesión de sublevaciones. En noviembre fue la del general Luis Urdaneta con la pretensión de restablecer la Gran Colombia, que fracasó ante la noticia de la muerte del Libertador. En octubre del 31 se rebeló la columna Vargas en Quito, que luego de ser perseguida y alcanzada se rindió, dando lugar a una venganza patética que provocó el repudio de la opinión pública y una soterrada odiosidad contra el militarismo extranjero. En agosto del 32 fue el turno del batallón Girardot en Latacunga, que después de cometer varias tropelías se dirigió al sur y fue derrotado por fuerzas provenientes de Guayaquil.

Algunos fundadores del Partido Nacional tenían cuentas pendientes con el mandatario. Hall se enemistó con Flores durante la controversia sobre la presidencia vitalicia bolivariana, que se saldó con su expatriación. Matheus, en cambio, había sido humillado públicamente por haberse referido al mandatario como “mulatillo” en una conversación privada.

En su obra ‘El Rey de la Noche’, Mark Van Allen, seguramente el mejor biógrafo del venezolano, sostiene: “Había muchos ecuatorianos que no podían perdonar su origen extranjero y otros los despreciaban por no contar con credenciales que demostraran su pertenencia a la clase alta”.

El Quiteño Libre saludó el retorno de Rocafuerte proclamándolo caudillo de la oposición “en sus primeros ensayos contra la arbitrariedad y el despotismo”. Aprovechando la renovación parcial del Congreso en junio, promovió su candidatura y resultó electo diputado por Pichincha.

Las denuncias que publicaba el rotativo contra la mala gestión de los fondos públicos y los abusos del poder remecieron hasta sus cimientos al régimen. Se lo acusó de haber solicitado a amigos agiotistas porteños un empréstito de 33 000 pesos, ofreciendo como garantía la renta de la Aduana de Guayaquil. Supuestamente ese dinero sirvió para comprar las valiosas haciendas de La Elvira y La Chima.

También, de ejercer el lucrativo monopolio de la sal en perjuicio de modestos campesinos e indígenas que se ocupaban de este comercio desde tiempos inmemoriales. La realidad era que dos oficiales, Mota y Uscátegui, se ocupaban del negocio desde una propiedad de su jefe, aunque sin su conocimiento.

A esto se sumaba permitir la circulación de moneda falsificada y de baja calidad, sin castigar el fraude; la falta de prolijidad en el manejo de la hacienda pública cuyos escasos recursos se utilizaban para favorecer a los allegados del gobierno; el ningún control sobre las arbitrariedades y extorsiones de gobernadores militares de provincia; así como el atropello en materia de arrestos y destierros.

La publicación en el Quiteño Libre de la renuncia de José Joaquín de Olmedo a la Gobernación del Guayas, habiendo sido además primer vicepresidente del Ecuador, por desacuerdos ante la falta de lucha contra la corrupción y la reforma fiscal que promovía el ministro de Hacienda, el colombiano Juan García del Río, significó un duro golpe. Al sospechar que su ministro del Interior, José Félix Valdiviezo, lo había traicionado al facilitar la carta al medio opositor, solicitó su renuncia, con lo cual perdió enseguida dos hombres que eran soporte del régimen.

Valdiviezo agravó la situación al difundir un escrito en el cual reivindicó su lealtad al Gobierno, aunque sugirió veladamente que el Presidente tenía afanes reeleccionistas, contraviniendo la Constitución de 1830.

Flores reaccionó desmintiendo categóricamente la insinuación, que había provocado acusaciones de tiranía, despotismo, corrupción y opresión que, socavando la estabilidad del Gobierno, hacía temer el estallido de un levantamiento armado.

El 14 de septiembre se reunió el Congreso en sesión reservada para recibir al ministro García del Río, quien con la elocuencia que le era característica alertó sobre el peligro que amenazaba a la patria. Consiguió que los diputados Marcos y Peñafiel, ambos presbíteros, apoyaran una moción de otorgar facultades extraordinarias al presidente Flores, que se aprobó por 14 votos contra 7. Rocafuerte, quien no asistió por encontrarse enfermo, dirigió una carta de protesta altiva e iracunda que le significó la destitución.

Con el otorgamiento de poderes dictatoriales, se procedió a clausurar El Quiteño Libre y se detiene con orden de deportación a Moncayo, Muñiz y Roberto Ascásubi.

En el viaje a Guayaquil para seguir rumbo al destierro, los jóvenes opositores amistaron con su custodio, el sargento Peña, quien les confió su simpatía por la causa y reveló que era un sentir generalizado en la tropa capitalina. Crédulo, Ascásubi le entregó una carta de recomendación a su hermano Manuel a fin de que tomaran contacto.

Entretanto, despojado de su inmunidad parlamentaria, Rocafuerte fue apresado con mandato de exilio al Perú por la vía de Cuenca a Naranjal.

El 12 de octubre, la guarnición guayaquileña al mando del coronel Mena, venezolano, se rebeló en rechazo de las facultades extraordinarias, disponiendo que una partida se dirija a rescatar al ilustre personaje. Logrado el cometido, hizo su ingreso triunfal el 18 y fue proclamado por las fuerzas vivas de la ciudad como Jefe Supremo de la República.

En conocimiento del movimiento revolucionario, Manuel Ascásubi por recomendación de Peña entró en trato con su compañero el sargento Medina, quien se comprometió a entregar el cuartel de Quito, frente al Palacio de Gobierno, a cambio de 300 pesos, desarmando previamente a su oficialidad.

Se convino dar el golpe hacia la medianoche del 19 de octubre. Empero, Medina no era sino un delator que dio aviso a las autoridades. En conocimiento del complot, Flores partió la víspera a Guayaquil para someter a los rebeldes, impartiendo instrucciones de reprimirlo con rigor.

A la hora convenida los facciosos civiles, entre 80 y 100, se repartieron entre el atrio de la Catedral y la plaza de San Francisco, armados precariamente. Medina los conminó a entrar al cuartel donde se preveía capturarlos, pero entrando en sospecha mantuvieron su compás de espera, hasta que una partida de soldados irrumpió abriendo fuego secundado por un escuadrón de caballería lanza en ristre, que los dispersó rápidamente.

Al amanecer del día siguiente el cuerpo del coronel Hall colgaba de un poste, apiadándose unas monjas carmelitas que lo cubrieron para darle sepultura. Otros cuatro compañeros de La Sociedad corrieron igual suerte.

Este cruento episodio fue el preludio de la denominada Revolución de los Chihuahuas cuyo desenlace sería el insólito pacto sucesorio entre Flores y Rocafuerte, en julio de 1834.

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