21 de agosto de 2016 00:00

Cuando el populismo político se convirtió en insulto

El populismo se ha confundido con el nativismo en los debates sobre la campaña electoral de Trump en EE.UU. Foto: Mark Makela / AFP

El populismo se ha confundido con el nativismo en los debates sobre la campaña electoral de Trump en EE.UU. Foto: Mark Makela / AFP

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Flavio Paredes Cruz. 
Editor paredesf@elcomercio.com (O)

El ámbito mediático ha abundado en menciones al populismo. El término ha saltado con el ascenso de diferentes partidos europeos como Podemos, Syriza o el Frente Nacional, con los partidarios del reciente Brexit, con la campaña de Donald Trump por la Presidencia de EE.UU. y, en latitudes más cercanas, con los mandatarios próximos al “socialismo del siglo XXI”.

Entre tanta mención y difusión, sobrevino la confusión, y el populismo ha sido condenado. De albergar, históricamente, las esperanzas de las clases populares porque sus demandas sean tomadas en cuenta en un espacio cooptado por las élites, pasó a estar cargado de los problemas del descontento con la política actual. Ante ello, la intelectual francesa Chantal Delsol -desde su postura ideológica- se ha entregado a la historia de las ideas, al análisis y a la reflexión, para presentar ‘Populismos, una defensa de los indefendible’ (Ariel, 2015).

Con el estudio de las que han sido las perspectivas sobre el pueblo y la élite; con el análisis de discursos y la incidencia de la Ilustración en el pensamiento occidental; o, diferenciando los conceptos de emancipación y arraigo, universalismo y particularidad, Delsol traza las características de los ciudadanos contemporáneos y de los actores políticos. Así, expone cómo un concepto histórico se ha convertido en insulto.

Entre los apuntes, se halla el cambio en la percepción que ha tenido el concepto de ‘bien común’, ese ideal al que aspiraría una sociedad democrática. Para explicarlo parte de la enunciación de ‘idiota’, juntando la etimología del término (idiotes) y su definición: hombre entregado a lo particular y un hombre constreñido dentro de su propia inteligencia.

Entonces escribe: “Hoy en día, lo común no es ya el bien público de la ciudad o de la sociedad ampliada, dotada de soberanía. Lo ‘común’ se ha universalizado, y concierne a todos los hombres y a todas las sociedades de la Tierra. (...) Se es idiota en ese sentido cuando se prefiere Francia a Europa, su compatriota a un extranjero. El verdadero ciudadano no es ya aquel que prefiere los intereses de su patria a los suyos propios, sino aquel que hace pasar los intereses del mundo por delante de los de su patria”.

Sin embargo, Delsol vuelve sobre sus palabras para criticar que lo universal –que era el equilibrio que había que buscar, un ideal por promover- se ha convertido en un sistema con dogmas y sacerdotes.

Frente a esa especie de iglesia, surgen estos reclamos de particularismo que empatan con los lemas de ‘Make America Great Again’ o ‘We Want Our Country Back’, palabras de una postura nativista, de tradiciones y territorio, de rechazo a la inmigración, de miedo a la pérdida de empleo. Una retórica, en fin, que tiende hacia las emociones, irracional.

Y es que el predominio de la razón también es algo que no empata con el populismo. “La primera manifestación de lo que se convertirá luego en populismo reposa ya en una distinción entre el pueblo inculto y la élite educada. Y la inferioridad del pueblo depende de su visión particular de las cosas, mientras que la élite contempla el mundo desde el punto de vista del logos (la razón como capacidad y verdad humana)… Todavía es el logos lo que defendemos cuando nos oponemos a los populistas de hoy en día”, escribe Delsol.

La autora completa tal argumento al mencionar que un pueblo jamás se ha sublevado en nombre de un concepto, pues está demasiado ligado a las exigencias de la cotidianidad, no prefiere las abstracciones que sacrifican la realidad.

La razón en Occidente, como herencia de la Ilustración, propone un ideal de progreso continuo y de la emancipación como verdad; mientras que a su contrario, lo que precede y que hay que combatir, se le daría el nombre de arraigo. Desde esa perspectiva encontramos en los discursos populistas, los motivos conservadores: la apelación al hombre real frente a ese hombre abstracto y sin suelo establecido por la Ilustración; vuelve a poner la magia en el mundo, lo llena de creencias inalterables.

Con respecto a los discursos de la política presente, Delsol lanza una frase que pareciera encerrar las claves tanto de formas como de fondos, sin distinción entre derechas e izquierdas: “En la democracia mediática del sufragio universal, una dosis de demagogia se ha convertido casi en una necesidad, aunque luego se lamente”. La historiadora señala que los populistas hablan con crudeza y los partidos clásicos mediante lítotes (atenuación relacionada con la ironía o el eufemismo), la diferencia está ahí, más que en sus programas políticos respectivos.

Tal postulado responde a que las palabras directas, crudas, violentas, ya no son toleradas por la opinión occidental, porque manifiestan un analfabetismo de las costumbres; de tal forma que, en el contexto democrático posmoderno, el populista es un maleducado: no sigue las reglas consensuadas de la convivencia.

Así, el populismo, más que como concepto político, es valorado como herramienta electoral. En ese sentido, vale traer a cuento algo que Barack Obama apuntó sobre Trump. Para el Mandatario decir algo controversial para ganar votos o ejecutar una propaganda de ‘nosotros vs. los otros’ no es la definición de populismo, sino una etiqueta de campaña.

Chantal Delsol

París, 1947. Historiadora de las ideas políticas, novelista, académica premiada y fundadora del Instituto Hannah Arendt. Discípula de Julien Freund. Sus publicaciones (ensayos y columnas en Le Figaro, Valeurs Actuelles y Atlántico) se corresponden con su autodefinición de ‘liberal-conservadora’. Entre sus títulos están: ‘Icarus Fallen’, ‘Le souci contemporain’, ‘Las ideas políticas del siglo XX’ y ‘Populismos, una defensa de lo indefendible’.

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