26 de noviembre de 2017 00:00

Personajes y valores fraguan el arte público guayaquileño

La instalación de ‘Las manos de la hospitalidad’  aviva la polémica sobre el tipo de obra que se ­privilegia. La contemporaneidad es el desafío.

La instalación de ‘Las manos de la hospitalidad’ aviva la polémica sobre el tipo de obra que se ­privilegia. La contemporaneidad es el desafío.

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Alexander García

Las dos enormes manos de aluminio parecen rozarse una frente a la otra; el estrechón queda en suspenso, se limita a un amago de saludo, como si la posible acción debiera ser completada en la imaginación del espectador. El monumento de 15 metros de altura, instalado a inicios de mes en la avenida De las Américas, para dar la bienvenida a los visitantes que ingresan a la ciudad por esa zona del norte, quiere erigirse como una conmemoración a la hospitalidad guayaquileña, una representación de amistad y solidaridad, según el Municipio de Guayaquil.

¿Pero cómo interpretar la perenne renuencia de esas manos a tocarse o a solo rozarse?

La hospitalidad es la buena acogida y recibimiento que se hace a los extranjeros o visitantes, una definición de un valor que pareciera no dejar espacio a la vacilación. Pero no es raro que los taxistas a los que se les pregunta qué significa el monumento, no sepan qué responder. Las sardónicas redes sociales han abonado a las interpretaciones, deslizando un billete entre las manos en un meme. El pedestal del monumento ha aparecido garabateado con la palabra ‘horror’ y con el monto de inversión de la obra: USD 720 000.

No es la primera vez que un monumento municipal genera polémica por razones estéticas o políticas, por la pertinencia de su ubicación o por todas las razones anteriores juntas. Basta recordar el busto a la memoria del expresidente León Febres Cordero, una mole de 5 metros de altura y 1,7 toneladas de bronce, que pretendió instalarse en la entrada al barrio patrimonial de Las Peñas. El Cabildo perdió el pulso con Patrimonio Cultural, con lo que el rostro adusto y la mirada gacha del exmandatario, obra expresionista del escultor español Víctor Ochoa, permanecen ahora vigilantes junto a los juegos infantiles en una laguna del Malecón 2000.

Desde finales del siglo XIX, la Municipalidad ha utilizado un concepto definido sobre la obra pública monumental. Esa tradición le ha legado a la urbe complejos estatuarios como los del Parque Centenario, encargado a escultores europeos para conmemorar los cien años de la Independencia, piezas de una belleza incontestable, planteadas como una oda a las alegorías de los antiguos griegos y una celebración de las bellas artes.

Más de un siglo después -y a juzgar por los resultados y la polémica- la contratación de escultura monumental para exaltar a personajes o valores locales aparentemente enfrenta el desafío de ponerse a tono con la contemporaneidad.

El problema estético queda en evidencia en los grandes formatos. Ochoa, quien fundió el busto de Febres Cordero, es también el autor de ‘La fragua de Vulcano’ (2005), conjunto escultórico con personajes de escala real, que conmemora la conjura previa a la gesta independentista del 9 de Octubre. Allí, el expresionismo del español dota de carácter y corporeidad al momento histórico. El monumento es un imán para turistas, que se toman fotos con los rostros coléricos y expectantes de los conjurados.

El artista quiteño Édgar Cevallos, autor del polémico monumento ‘Las manos de la hospitalidad’, es también el escultor del conjunto de las seis ‘Virtudes de Guayaquil’, instalado en octubre pasado en la Plaza de la Administración, con una inversión de USD 620 000, según el portal de Compras Públicas. Son seis piezas de bronce, de 2,20 m de alto, cuerpos femeninos que juegan con el simbolismo de -otra vez- valores locales: fortaleza, solidaridad, valor, libertad, liderazgo y generosidad. Se trata de esculturas correctas, logradas, aunque los críticos han señalado las miradas desorbitadas de un par de personajes.

Cevallos es también autor del monumento a Guayas y Kil, un conjunto de bronce de 25 m de altura con los indígenas que, según el mito, dan el nombre a la ciudad. La obra fue instalada el año pasado para recibir a quienes ingresan por el Puente de la Unidad Nacional, y tuvo un costo de USD 2 450 000. El monumento tiene también reparos estéticos; el “jaguar mitológico” -por ejemplo- es achatado en exceso, y su altura está por debajo de la rodilla de la figura del hombre. La obra reemplazó a unos estilizados Guayas y Kil, de escala humana.

Los programas de arte público de la ciudad incluyen murales, esculturas costumbristas, piezas con cerámica en bajos de los pasos elevados y la representación de animales y fauna local. El proyecto de arte urbano Guayarte, que esta semana intervino decenas de muros y fachadas, marca un viraje en la política del Cabildo hacia manifestaciones callejeras cuyas expresiones más agresivas fueron perseguidas por la administración.

La experiencia a la que la ciudad se abre puede marcar un camino al plan anual de inversión en escultura pública, cuyos procesos de contratación organiza la Fundación Municipal Guayaquil Siglo XXI. Guayarte invitó a dos artistas internacionales y a uno de los grandes exponentes de Ecuador -y artistas locales-, a un proyecto que contó con la curaduría de una académica, Ma. Fernanda López, docente de la Universidad de las Artes (UArtes).

Quizás es posible abrirse a otro tipo de escultura pública, como las espectaculares esferas de acero inoxidable de Anish Kapoor, obras posminimalistas que parecen engullir al espectador, verdaderos atractivos turísticos. O para no ir tan lejos, piezas como ‘World Mirror’, que da la bienvenida a los turistas que llegan a Quito por el aeropuerto, con las figuras de dos humanoides de acero separados por un marco rojo, como en un espejo que los reproduce a lado y lado. La escultura de Young-ho Yoo, planteada como un ‘Espejo del Mundo’, un punto de encuentro entre hemisferios y culturas diferentes, fue donada por la República de Corea del Sur y está valorada en USD 500 000.

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