13 de septiembre de 2015 00:00

Seis mujeres desnudan la palabra 'ofrecida'

Vilma Vargas hizo una ilustración de la interpretación de 'La ofrecida'. Foto: Ilustración Vilma Vargas

Vilma Vargas hizo una ilustración de la interpretación de 'La ofrecida'. Foto: Ilustración Vilma Vargas

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Ivonne Guzmán

Cinco mujeres de distinta profesión: escritoras, docentes, periodistas, escriben sobre la palabra 'ofrecida'. Otra ilustra la interpretación a este término que se ha discutido en la coyuntura política y social de la ciudad.

Marcela Ribadeneira / Escritora

Ofrecidas

Por muchos años consideré que ciertas formas de machismo estaban sobredimensionadas. Ahora veo que, como producto de una decisión poco consciente y defensiva, había elegido ignorarlas y me irritaba cuando otras personas no hacían lo mismo. Hablo específicamente del uso de términos y expresiones dentro del slang costeño y serrano que ayudan a la construcción o perpetuación de imaginarios colectivos que contemplan (y determinan) a la mujer siempre bajo la mirada masculina.

Que condenan a nuevas generaciones a replicar comportamientos sociales que le dan (o le quitan) jerarquía en función del tamaño de sus tetas, de con cuántos tipos ha tenido sexo o de su deseabilidad. 'Puta', 'potra', 'ofrecida', 'hembrita', 'ñocuda'. Quizás es culpa de una mujer que la llamen 'culito' porque se viste con ropa ceñida o porque tiene sexo con quien le de la gana, cuando desea hacerlo. Quizás esa mujer quiere que la llamen así, porque el calificar como 'culito' (en una sociedad que premia el IQ, el ser asertiva y el trabajo duro con apelativos como 'intelectualoide' o 'mandona') implica que es aceptada por el sexo opuesto, aunque esa aceptación venga en forma de una reducción de su persona a rasgos biológicos, a aparato reproductor.

¿Qué hacer cuando prácticamente el único aval social posible es también un instrumento de objetivación? Como dije, por mucho tiempo decidí ignorar las implicaciones de ese tipo de “reconocimiento”. Nunca me sentí afectada por las veces que me llamaron de esa manera, que se me juzgó por cuánta resistencia puse (o no puse) al avance de un hombre o por haber sido yo quien tomara la iniciativa (entre dos personas adultas, el sexo es una transacción muy placentera; no hay dignidad perdida por quererlo y buscarlo).

Pero ahora no puedo ignorar cuando, y especialmente en espacios públicos, se usan ciertos términos. Al hacerlo —por ignorancia, intención o costumbre (todas las anteriores, razones inexcusables)—, damos espacio a construcciones lingüísticas sexistas. Y la violencia y la discriminación de género nacen del sexismo (en cualquier presentación que venga), de la sensación de poder que tiene un sexo sobre otro. Asì sea a través del lenguaje.

Yuliana Marcillo / Escritora

Ofrecida

Con las nalgas bien arriba, me encaminé por la Mercedes y
Rocafuerte. Hacía un año ya que me había sacudido lo suficientemente la cabeza contra la pared. Esta vez iba dispuesta a todo. El sudor corría por mis piernas, temblorosas por volverse a abrir, ahora, con la convicción de que no habría despedidas melodramáticas, de que la provinciana no miraría hacia atrás.

No fue de blanco abuela, fue de un negro turbio adentrándose en las profundidades de aquella agüita, que tampoco fue clara y limpia como me decías. He aquí yo, muerta de risa, descalza, feliz, resuelta ya, del coro diabólico de la iglesia La Merced; regalada, empapada, tranquila, con los ojos fuera de órbita como dos pequeños soles emancipando todo el calor retenido por las mujeres de mi hogar. Decidí hacerlo por todas ellas y tampoco voy a pedir disculpas.

Vestir al desnudo y darle de comer al que esté muy necesitado, sí, todo a la perfección, abuela. Creo que también lo hice por ti. Sonaron las campanas y los huesos, por supuesto, ya aliviados y repartidos por libra, se echaron a correr. Pegotes de todas las formas iban ceñidos a mi cuerpo. Me marché oliendo a pescado y sal.


María Fernanda Ampuero / Escritora y periodista


Santa Ofrecida de Quito

Véanla cruzar el salón -¿qué hace esa loca?-, sí, obsérvenla sin perder un detalle del fantástico contoneo de sus caderas cubanas y del paso segurísimo de sus piernas de amazona. Sabe lo que quiere como lo sabe una leona, puro músculo en acción, puro ojo que brilla en la noche, pura fiebre. Las mujeres, las mujercitas, quedan detrás, en el lado B de las cosas, donde están quienes esperan, quienes conjugan los verbos en pasivo, quienes dicen no doscientas veces para decir un sí hastiado y receloso, un sí histérico de ‘esto no es lo que yo quiero, sino lo que tú quieres, que conste’.

Ella no. Ella ya ha fijado el rumbo de su magnífica anatomía, carne que combustiona y vibra, hacia un hombre. Quiere que él la haga aullar, lanzar fuego como un volcán. Ya. Ahora. No quiere esperar a que él la elija. Ella ya ha elegido. Mírenla, ¿no es hermosa?, una mujer segura de sí misma, moderna, convencida de que su lugar en el mundo no está ni en un convento, ni con papito y mamita, ni mareando a los hombres, haciéndose de rogar, como un ridículo personaje de novela victoriana. No. Ella vive en este siglo y le gusta hacerlo. Se le acerca. El deseo es un caballo salvaje que relincha de anticipación. Ella le habla al oído:
–Yo me ofrezco, le dice, soy una ofrecida.

Y él se carcajea y la abraza de la cintura porque es un hombre y no un pelele porque sólo un hombre y no un pelele puede dormir con una amazona.

Ella, que es la ciudad de Quito, se pierde con él por las calles oscuras en busca de un cuarto y se deja –feliz, gozosa- meter mano en cada zaguán.

Con la luz del amanecer y de ese cielo imposible de celeste, se la ve más hermosa que nunca. Santa Ofrecida de Quito, ciudad de mujeres libres, se despereza y se levanta: hoy tiene muchísimas cosas que hacer.

Soraya Constante / Periodista

Ofrecida

Quien muestra el hambre no come me dijo un amigo moralino que hizo de oreja cuando quería llevarme a la cama a un ‘ojogato’ que no se enteraba de mis intenciones. Yo vivía mis veinte tardíos y mi amigo me recordaba a ese Quito franciscano donde las mujeres prefieren ser mojigatas antes que ofrecidas.

Menos mal que no le hice caso y más pronto que tarde comí los tres platos con esa persona que nunca me juzgó y que por cierto todavía me acompaña. Menos mal que no era Quito sino Madrid y que nadie me criticó por ser ofrecida, que para mi es una actitud de vida más generosa, más noble, más clara.

Ahora que estoy de vuelta en Quito debo confesar que me enerva el escrutinio que nos hacen a las ofrecidas. Varones y muchas mujeres a mi pesar quieren que se mantenga el corsé de otra época, y nos ‘malmiran’ cada vez que nos atrevemos a mostrar el hambre, y ojo que ahora sí no hablo de sexo, sino de mostrar todo lo que sentimos y pensamos. No se puede maldecir en público porque no eres un hombre, no se puede reír escandalosamente porque pareces loca, no se puede usar colores escandalosos porque llamas la atención, no se puede mostrar el escote porque significa que quieres sexo, pero ¿qué les pasa?.

No queremos ser las eternas ‘evas’ que están allí para que otros no se hagan cargo de las decisiones que toman. Por favor mujeres a vivir en igualdad y libertad, a no sentir culpa de nada, a reír, llorar, amar, odiar, comer, vomitar, y hasta engordar de cara al sol. Escojan todo lo que quieren en la vida, y haganlo bien, desde el color del vestido hasta el hombre que quieren llevarse para compartir su cama.

Y como dice una amiga donde pongan el ojo, pongan la bala, los ovarios y lo que haga falta. Ofrezcan todo y abran su cerebro, ojos, corazón, pulmones, brazos, piernas y poros a la felicidad.

Solange Rodríguez Pappe / Escritora y docente universitaria

Ser ofrecida

Hablando con propiedad, la RAE, define la palabra ofrecida como el estado de quien da voluntariamente alguna cosa a alguien, para que la use o la tome si lo desea. Es decir, habla de una persona que tiene la potestad, la prerrogativa, el poder.

¿Qué es lo contrario a ser ofrecida? ¿Ser constreñida? ¿Ser recatada? Es decir que según la polarización social donde hemos sido colocadas por la religión- sí, la religión, que nos ha hecho o santas o putas, sin roles medios- colóquese donde se nos coloque, a las mujeres, saldremos perdiendo.

Es como esa frase de Sor Juana Inés que dice que el monstruo social quiere para alimentar sus prejuicios a mujeres que obren bien para incitarlas al mal. De esa manera, se comprueba la hipótesis ancestral de que todas somos unas echadas a perder desde el principio y que solo requerimos un empujoncito leve para ir a parar al arroyuelo de la lujuria, del libertinaje, de (¡Dios no lo permita!) del libre uso del cuerpo.

En lo personal, preferiré siempre “tener que ofrecer” a “no tener nada que ofrecer”, considerando que es mejor ofrecer y cumplir que ofrecer y dar largas. Cuando una ofrece tiene libre albedrío, no se me ocurre por qué cosa en el mundo puede cambiarse ese precioso bien. Nada, absolutamente lo vale y definitivamente, tampoco una palabreja que suena a una virtud, aunque quiera enunciársela como un insulto, porque todas las mujeres tenemos algo que ofrecer y deberíamos poder hacerlo sin sentir culpa.

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