21 de octubre de 2015 00:05

La ramada es el sitio de reunión del montuvio

Las ramadas

Las ramadas que se ubican en la playa conservan las mismas formas y materiales, que las que se pueden ver en el campo. Foto: Patricio Ramos/EL COMERCIO

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Redacción Manta
(F - Contenido Intercultural)
pramos@elcomercio.com

"Ahí nos vemos, en la ramada de Sosote Adentro”; “te espero en la ramada”; “no te olvides que la pachanga es en la ramada”; “ya sabes, en la ramada, mientras se oculta el sol”, son varias de las frases que a diario los habitantes de las zonas rurales y urbanas de Manabí pronuncian.

Pero, ¿qué es una ramada? Es una estructura de caña guadúa y cubierta de cade (hoja de la palma de tagua) que es muy común en los sectores rurales de Manabí. Los montuvios las construyen para guardar las cosechas de maíz, arroz, legumbres, cacao, entre otros productos, recuerda el historiador Ramiro Molina.

La ramada es también el mejor lugar para reunir a la familia y amigos y contar cuentos o los chismes del día; es el sitio donde la tradición oral manabita encuentra su esencia.

La ramada es un elemento cultural utilitario, que además llegó a las zonas urbanas, como Manta y Portoviejo, que son las ciudades más pobladas de Manabí. Fueron los montuvios que emigraron a esos centros poblados los que llegaron con sus costumbres y tradiciones, y los mantuvieron en su nueva ubicación, asegura el activista cultural Carlos Quinto.

Cuando los montuvios se convirtieron en pescadores, por necesidad, construyeron ramadas sobre la playa. En la zona de la playa Los Esteros, noroeste de Manta, una ramada da sombra y permite a los pescadores trabajar cuando el sol arrecia. Ahí se reparan las embarcaciones y, además, es común escuchar las historias de los tripulantes.

En el campo, la ramada es la antesala de la troja, que es una bodega para guardar la cosecha, afirma Quinto.

En la zona baja del valle del río Portoviejo, en la comunidad de Tierras Amarillas vive José Vélez, un agricultor que cuenta que la ramada sirve hasta como habitación. “La caña guadúa y el cade son los materiales más fieles que tenemos, están a la mano y son de fácil manejo a la hora de construir, solo se necesita de un machete, varias cuerdas y el resto es puro músculo
y los conocimientos en torno a la fabricación de la ramada, que son compartidos de padres a hijos, de generación en generación”, asegura Vélez.

Este espacio de los montuvios acoge además a los turistas que llegan especialmente a las riberas de ríos en busca de la famosa comida criolla manabita. Desde el cantón Santa Ana, y a lo largo de los 192 kilómetros de recorrido del río Portoviejo, hasta su desembocadura hacia el océano Pacífico las ramadas están regadas por todos lados.

En el sitio La Boca de Crucita, las ramadas han sido convertidas en restaurantes. Ahí la tradición de dialogar y contar cuentos no se pierde. “Estamos frente al mar, la ramada es la misma, por eso parece que estuviésemos en el campo montuvio, pero con más aire fresco”, concluye Quinto.

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