14 de mayo de 2018 13:30

Monedas sociales para desarrollar la economía alternativa

Un municipio de Caracas lanzó la moneda Caribe, en abril 2018. Foto: EFE

Un municipio de Caracas lanzó la moneda Caribe, en abril 2018. Foto: EFE

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César Augusto Sosa

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El valor de la moneda oficial en Venezuela, el Bolívar, se ha pulverizado producto de una hiperinflación que este año apunta a
13 000%. Cuando los precios crecen a ese ritmo, la autoridad monetaria entra en pánico, ya que no puede imprimir suficientes billetes para mantener funcionando la economía. El resultado: un problema agudo de iliquidez.

La falta de efectivo es la forma más eficaz para quebrar a una economía. Y para evitarlo, las autoridades del municipio Libertador, en Caracas, decidieron crear una moneda propia, que puede utilizarse únicamente para comprar alimentos. Se llama Caribe y fue lanzada el 16 de abril pasado, con billetes de denominaciones de 5, 10, 20, 50 y 100. El billete de más alta denominación solo alcanza para un comprar un café.

Un Caribe, que equivale a 1 000 bolívares, solo se puede usar en las ferias que organiza la municipalidad, donde se venden frutas, verduras, pollo, carne, pescado, arroz, harina de maíz, café, artículos de limpieza y de aseo personal.

El Caribe no es la primera moneda de su tipo en la capital de Venezuela. Ante la crisis de efectivo, el colectivo Fuerza Patriótica Alexis Vive creó en diciembre pasado una moneda que tiene, en el billete de más alto valor, el rostro del fallecido expresidente Hugo Chávez.

La moneda se denomina Panal, el nombre de una comuna dedicada a la producción de arroz. El objetivo de la nueva moneda fue que los residentes de 23 de Enero, una zona popular del oeste de Caracas, puedan adquirir productos de la canasta básica.

Venezuela es uno de los países donde han proliferado las monedas complementarias, que circulan paralelas a la oficial. De alguna manera también encajan en el mundo de las monedas sociales, cuyo ámbito de acción se limita a grupos pequeños que buscan impulsar la producción local, básicamente en comunidades rurales.

Los actores involucrados en el circuito de las monedas sociales se caracterizan por sus prácticas de solidaridad y de reciprocidad, que son la base de la denominada economía social y solidaria. Esta última data de los años 70, como alternativa a la falta de empleo y la desigual distribución del ingreso.

La economía solidaria, a diferencia de la social, no solo se preocupa del bienestar de los miembros de las cooperativas o las asociaciones, sino también de la calidad de las relaciones humanas. Es decir, se basa en los valores y las prácticas que ponen a las personas en primer lugar, sobre el crecimiento económico o la acumulación, señala el texto Finanzas para la Economía Social, publicado en el 2007 por la Universidad de General Sarmiento de Argentina.

En el caso de Venezuela, las monedas sociales tuvieron un impulso en el 2007 con Hugo Chávez, quien fue instalando comunas y creando monedas en poblados de Miranda, Falcón, Yaracuy, Barinas, Sucre, Monagas y Anzoátegui, según una nota del diario Crónica Uno, de diciembre del 2017.

De esta forma nacieron monedas como Lionza, Zambo, Momoy, Ticoporo, Paria, Turimiquire, Cimarrón, Tamunangue, Relámpago, Cóndor o Zamorano.

Pero estas monedas fueron reguladas en el 2010 por el Gobierno, a través del Banco Central, aunque limitó su circulación a zonas específicas y su administración a grupos de intercambio solidario.

En Brasil, en cambio, la autoridad monetaria dejó que la sociedad civil desarrollara los bancos comunitarios, pues veía que de esta forma se abría una posibilidad de innovación social.

Y es que en algunos bancos comunitarios la moneda es una herramienta importante para crear y desarrollar circuitos económicos locales, explica Leonardo Leal, docente de Administración Pública en la Universidad Federal de Alagoas, en Brasil, en una entrevista al portal Rebelión, en el 2016.

Hay muchas comunidades pobres en Brasil y América Latina donde el circuito económico local es muy frágil, no circula la riqueza en la comunidad y todo lo que las personas consumen y producen está fuera de su jurisdicción.

Bajo este escenario, la posibilidad de ingreso y trabajo en la comunidad se complica. Y ahí es cuando la moneda social ofrece la posibilidad de crear la obligación para que el consumo se realice dentro de la comunidad, financiando no solo la producción, sino también las compras.

Hay bancos en Brasil que ya han logrado que el circuito económico local se desarrolle, como el Banco Palmas, donde el 90% de la población consume dentro del Conjunto Palmeiras.

En el 2013 había unos 100 bancos de microcrédito en Brasil, todos enfocados en promover los principios de una economía solidaria. Según una nota de la BBC del mismo año, entre sus iniciativas estaba el intercambio con monedas sociales, ya que sus clientes podían pagar con coloridos billetes denominados Palmas, Castañas, Girasoles o Besos.

En México, desde el 2010 se acepta el Túmin como moneda alternativa en 16 de los 32 Estados. Fue pensada para promover y proteger los negocios pequeños, pero ha logrado expandirse, cubriendo incluso comunidades de 25 000 habitantes, en su mayoría productores y comerciantes de frutas y verduras. El diario Excélsior señaló en julio del 2017 que el Túmin ha logrado activar el consumo de productos en cada región.

En Ecuador no hay mayores datos de monedas sociales. El caso más emblemático ocurrió en el 2011, cuando la cooperativa de Ahorro y Crédito Integral puso a circular unos papeles denominados Unidad de Intercambio Solidario (UDIS), en la parroquia Sinincay, en Cuenca. Se pensó que sería el reemplazo del dólar y las autoridades frenaron la iniciativa.

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