19 de septiembre de 2015 00:00

‘Mi chela helada’ ahora viene en sabores

La michelada gana terreno con matices frutales, dulces y ácidos. Utilizando la cerveza las combinaciones pueden  ser infinitas. Foto: Paúl Rivas/ EL COMERCIO.

La michelada gana terreno con matices frutales, dulces y ácidos. Utilizando la cerveza las combinaciones pueden ser infinitas. Foto: Paúl Rivas/ EL COMERCIO.

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Ana Belén Veintimilla

Un incierto origen dio vida a la michelada, esta combinación de cerveza con aditivos que casi la convierten en un coctel. El chef mexicano Ciro Román Gómez explica que este producto se consume desde los 70 y de ahí derivan dos versiones populares sobre su concepción como bebida.

La primera se radica en San Luís Potosí, uno de los estados del centro norte de México. Cuando Michel Ésper, miembro de un club deportivo, desarrolló el hábito de ordenar cerveza con limón, sal y hielo. Algo innovador puesto que hasta entonces la cerveza se acostumbraba a servir a temperatura ambiente.

La segunda versión, explica Román, se refiere más al nombre del producto, pues michelada sería la abreviación de “mi chela helada”, usando el nombre común por el que se le reconoce a la cerveza en México.

A partir de entonces el gusto por el picante de los mexicanos dio como resultado el uso de ingredientes como el ají, las salsas inglesa y ‘maggi’ y se desencadenó una nueva forma que permite consumir la cerveza a través de distintos sabores. La receta base también se fue adaptando a distintas regiones. En el norte se acompaña la cerveza con la salsa Valentina, un producto ácido que mezcla chiles (ají), vinagre, sal y agua.

Hace poco más de cinco años “se desarrolló una tendencia grande de ponerle muchísimas cosas a las cervezas (en México), para hacerlas de sabores”, cuenta Román. En esta modalidad se utilizan las pulpas de frutas y se puede dar rienda suelta a la creatividad.

Para Alberto Melo, chef y propietario del restaurante Tac & Roll, este tipo de bebidas son escasas en Quito y por ello, la michelada de maracuyá llama la atención de los comensales ecuatorianos.

El chef atribuye la acidez de la fruta para la combinación ideal. Aún así los sabores se distinguen porque aportan distintos matices a la cebada: la de frutilla vuelve un tanto más dulce al licor, mientras que la michelada de Jamaica combina lo dulce y ácido con el amargor de la bebida.

La cerveza se vuelve un lienzo sobre el que se puede pintar de muchos colores. Frutas locales como la naranjilla y el mango también han sucumbido a la combinación, al igual que
la menta.

Lo que no debe faltar en la michelada es el escarchado. El tradicional lleva únicamente sal en el borde del vaso. Pero este detalle también es herramienta para la creatividad. Un jarabe de tamarindo, ají y chamoy puede bordear el vaso –mientras más chorrea mejor- y se le añade ají en polvo. “La michelada da para que le pongas lo que tú quieras”, concluye Román.

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