10 de agosto de 2016 00:00

Los cuentos, mitos y leyendas salasakas, recogidos en un libro

María Chango, de 82 años, es una de las mamas que aún cuenta las leyendas e historias en el pueblo Salasaka.

María Chango, de 82 años, es una de las mamas que aún cuenta las leyendas e historias en el pueblo Salasaka. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

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Modesto Moreta
Coordinador 
(F-Contenido Intercultural)

María Chango narra en un kichwa fluido los mitos, cuentos y leyendas que sus abuelos y padres le enseñaron de niña. Ese conocimiento lo transmite con detalles a sus hijos y nietos. Tiene 82 años.

El investigador de la Cultura Salasaka, Rafael Chiliquinga, recopiló esa información y lo publicó en el libro ‘Ñawba parlukuna’ (‘Cuentos ancestrales’). Este guarda más de 40 cuentos, leyendas, mitos y tradiciones de esta comunidad localizado en el vía Ambato-Baños, en Tungurahua.

Chiliquinga dice que la educación siempre se realizaba a través de la oralidad, especialmente en el mundo indígena y tiene más de 200 años. Los taitas y mamakunas (padres y mamás) enseñaban los valores a través de los cuentos.

Sin embargo, en la educación actual y en la familia no están fortalecidos, esencialmente en los cuentos ancestrales de las nacionalidades y pueblos. “En las escuelas se enseñan los cuentos clásicos como la Caperucita Roja, Pinocho… pero enfocado a lo ancestral no tenemos. Eso hace que poco a poco se pierda este conocimiento”, cuenta Chiliquinga.

En una investigación efectuada por Chiliquinga determinó que el 90% de los jóvenes de la comunidad desconocía los mitos, ritos, leyendas y cuentos del pueblo Salasaka. Eso le motivó, en el 2006, a recopilar esa información que guardaban los adultos e incluyó los que contaban sus abuelos y padres en su niñez.

En el 2015 publicó 500 ejemplares del libro ‘Ñawba parlukuna’ (‘Cuentos ancestrales’). Esos fueron distribuidos a maestros y estudiantes. En este año espera reproducir un número similar de textos. “El propósito no es hacer dinero, sino difundir estos conocimientos”, asegura.

Por ejemplo, entre los cuentos y leyendas están ‘El anillo del Inca’, ‘La historia de los katzos o escarabajos’, ‘Cómo aparecieron las pulgas’, ‘El alcalde poderoso’, ‘La mama abuela Tungurahua’, ‘Los celos del Chimborazo con el Cotopaxi por la mama Tungurahua’, ‘Uñagullu’ (alma en pena).

Chiliquinga traduce estas historias. Una de esas es que ‘La Mama Tungurahua mandó a los katzos o escarabajos’. Narra que un taita caminaba con dirección a Puyo y miró a la abuela Tungurahua que estaba humeando. Desvió su viaje y entró por una cueva donde cocinaba una mama. Le pidió que se sentara y le ofreció un plato con habas cocinadas. Luego le regaló otros para la familia y los guardó en el poncho. Agradeció y emprendió el viaje de vuelta a casa.

Al sacar las habas para la familia estos se transformaron en katzos, desde entonces aparecieron los escarabajos en el pueblo. Pero Chiliquinga dice que además de un mito este deja una enseñanza dirigida a los niños y adolescentes que: “no toda la comida que alguien le brinde, es buena y que hay que tener cuidado”.

Una de las historias es la que narra Lorenzo Quiliquinga sobre el Uñagullu (alma en pena). Asegura que el pueblo no tenía un cementerio y que los niños que morían los enterraban en distintos sitios del pueblo. En las noches se escuchaba que los niños lloraban cerca a las quebradas o del bosque.

Cuenta que el espíritu siempre aparecía envuelto en un anaco. Si este le veía primero a la persona podía morir del espanto y si era todo lo contrario podía castigarlo usando la faja como fuete. “Esta leyenda tiene más de 200 años y aún se difunde en el pueblo”.

De esos conocimientos se nutre Zoila Masaquiza, de 20 años. Es nieta de Chango, quien camina despacio. Viste los atuendos autóctonos de la comuna compuesto por un reboso lila, una faja y bayeta. Mientras narra la leyenda de la Mama Tungurahua dice que también enseña a su hijo esos saberes antiguos. “Todos los días aprendemos y esos conocimientos los transmitimos a nuestros hijos. Son saberes ancestrales que no deben perderse y qué mejor que queden grabados en un libro”.

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