2 de marzo de 2017 00:00

‘Indiviso’, una experiencia sensorial

La obra establece un diálogo entre el movimiento y la sonoridad

La obra establece un diálogo entre el movimiento y la sonoridad. Foto. Cortesía CNDE y Archivo/EL COMERCIO

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Redacción Espectáculos (I)
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La puesta en escena de ‘Indiviso’ es una muestra de la nueva etapa creativa que atraviesa la Compañía Nacional de Danza del Ecuador (CNDE), en busca de nuevas perspectivas de exploración corporal, que a la vez permitan establecer un diálogo con otras disciplinas artísticas.

En ese sentido, ‘Indiviso’ conjuga movimiento y sonoridad por medio de una puesta coreográfica que dialoga con objetos resonantes induciendo al espectador a una experiencia sensorial, la propuesta se suscribe a la exploración de la individualidad en constante tensión con el entorno.

La iniciativa nació a partir del laboratorio teórico práctico, ‘El Cuerpo Como Extensión Tecnológica’, realizado con el elenco de la CNDE. El mismo que exploró la simbiosis que existe entre el cuerpo y los distintos dispositivos tecnológicos que son parte del entorno de una sociedad moderna y hasta cierto punto hiperconectada. Los contenidos del taller generaron diversas reflexiones e inquietudes sobre el rol de las múltiples disciplinas artísticas en los procesos colectivos de creación.

La coreografía de esta obra es una propuesta de la artista ecuatoriana Lorena Delgado, una exbailarina de la CNDE que regresó al país después de haber realizado una maestría en danza en la Universidad de Nueva York (EE.UU.).

En busca de una reflexión más amplia, Delgado quiso poner en contacto el trabajo corporal de su coreografía con la instalación sonora creada por José Toral. Entonces, cuerpo y sonido convergen en una relación artística de forma horizontal, que sobre el escenario cuestiona e interpela al público sobre el lugar que ocupa el cuerpo dentro de esta nueva geografía tecnológica.

Habrá tres elementos que activarán la relación entre el cuerpo de los bailarines y los diferentes sonidos que se irán creando en ese momento: un cuadrado de césped ubicado en el centro del escenario, tres láminas de metal que cuelgan en el fondo del espacio físico y tres cajas de madera de diferentes tamaños. Todos estos elementos cuentan con pequeños sensores que se activan cada vez que entran en contacto con el cuerpo de los bailarines.

Además de la relación entre cuerpo y artificio, la obra extiende su interpelación hacia la posibilidad de entender el cuerpo desde lo colectivo, pero también desde lo individual.

Una reflexión que se trabajó con los propios bailarines durante la creación y ensayo de la obra, donde además de anular la visión para comprender y aprehender los sonidos de la ciudad, también se reencontraron con sus compañeros, ese ‘otro’ con una sensibilidad que lo diferencia e identifica.

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