5 de junio de 2016 09:51

Imágenes de niños cuentan historias de la vida adulta

‘Ma. de la Encarnación Regalado’. Anónimo

‘Ma. de la Encarnación Regalado’. Anónimo

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Ivonne Guzmán
Editora (O) iguzman@elcomercio.com

No es el ‘Kinderland’ de Nietzsche; esa tierra de la infancia, entendida como símbolo de la no conciencia, del puro potencial, de la posibilidad de no juzgar ni ser juzgado, de una bendita ignorancia en la que se puede jugar por jugar, libremente, sin que haya un porqué. No, no es eso. Aunque cuatro salas llenas de rostros de niños que miran al espectador –de manera inquietante–tienten a pensar que lo es.

Tampoco es, no al menos en la primera sala, el niño “futuro de la nación, de la raza, productor, reproductor, ciudadano y soldado del mañana”, del que hablan María Elena Bedoya y Betty Salazar Ponce, citando a Michelle Perrot, en su artículo ‘Triciclos: Espacios lúdicos y objetos culturales de la infancia en el Ecuador (1890-1940)’. Es algo distinto, menos prosaico, más complejo, como lo son los asuntos que tienen que ver con la memoria y la mirada.

Es ‘De presencias y evocaciones: La infancia en el arte ecuatoriano’, una muestra que reúne decenas de retratos en pintura, fotografía y escultura en el Museo Colonial (estará abierta hasta finales de agosto). Es, sobre todo, un esfuerzo por entender las miradas que a lo largo de dos siglos se han venido poniendo sobre el niño. Es, también, un compendio de imágenes, de rostros regordetes o afilados, simétricos o algo desproporcionados, vivaces o apagados, que interpelan a quien los ve, y que hablan más de las sociedades en las que vivieron y que los representaron, que de ellos mismos.

Las dos salas destinadas a retratos pintados en los siglos XIX y XX, como dice Iván Cruz, coleccionista de arte y uno de los responsables de la museografía de la exposición, condensan el alma de esta propuesta que obliga a pensar en qué pasó con esos niños de otra época, pero también en qué está pasando con los cuatro millones y medio de niños que hoy pueblan este país. ¿Cómo los estamos viendo? ¿Por qué los vemos así? ¿Cómo nos ven ellos? De hecho, ¿qué están viendo-aparte de a nostros viéndolos a ellos- y por qué?

En la muestra, los retratos del siglo XIX abordan a los niños desde tres posibilidades, todas en un ánimo evocador: niños muertos, cuyos preciosos retratos póstumos son testimonios materiales del duelo paterno; o exvotos, es decir, niños retratados luego de haber sido beneficiarios de un milagro que les salvó la vida, por lo tanto se constituyen en la imagen de la esperanza y de la devoción; y los pequeños, pero sobre todo pequeñas, que mueren a la “vida civil” para renacer en la vida religiosa, como Don Manuel Venancio Sierralta y Mendieta o la Niña María de la Encarnación Regalado. La muerte y la fe, indisociables de la vida.

Las pinturas del siglo XX inducen a otro ánimo. Es lógico, porque como dice Cruz, ya se trata del niño vivo, del niño-futuro de Perrot. Cromáticas, texturas y actitudes sufren un vuelco, porque la sociedad también lo había sufrido; y con él, cambiaron sus formas de ver el mundo. A partir de ese momento la excepcionalidad de los retratos de niños deja de ser tal; de hecho, con la popularización de la fotografía a partir de la segunda mitad del XIX, las imágenes de niños–de todos los estratos– empiezan a hacerse más comunes. Y gente de todos los orígenes y ocupaciones tiene acceso a su retrato fotográfico de niño muerto.

En el ámbito plástico, el nombre de Joaquín Pinto marca otro hito, precisamente el de la nueva mirada. Personaje de entre siglos, Pinto retrata a sus hijas vivas en ‘Niñas de los capulíes’. Luego, están los nombres del canon, que también retrataron a sus hijos o a niños cercanos: Guayasamín, Kingman, Viteri, Galecio... Otra vez los niños, es decir, sus imágenes, como testigos de un lento proceso de cambio anímico y social y de democratización de la representación visual. Cada vez cabían más, o por lo menos, muchos más que en el siglo XIX, cuando solo los hijos de la burguesía podían aspirar a ello.

En uno de los textos que acompaña el bien cuidado catálogo de la muestra, la antropóloga Blanca Muratorio cita al historiador francés Philippe Ariès para explicar la excepcionalidad del retrato infantil, por lo menos en Occidente, hasta el siglo XIX, cuando empieza a popularizarse. “La gente no podía darse el lujo de apegarse muy profundamente a alguien que con frecuencia podía significar una pérdida. Demasiados niños morían”. Si bien los estudios de Ariès muestran que la imagen del niño empieza a secularizarse (hasta entonces, el niño por excelencia era Jesús) en el siglo XV, él sostiene que solo a fines del XIX “surge una concepción de la niñez”.

A lo largo de varios trabajos, la historiadora israelita Shulamith Shahar cuestiona esta certeza, y plantea que en la Edad Media también hubo una concepción clara de la niñez como un período de la vida humana con su propio carácter y necesidades; sobre todo cuestiona las razones que Ariès esgrime para explicar la ausencia de imágenes: una alta tasa de mortalidad que se traduciría en una suerte de indiferencia hacia los niños. Shahar, con sus investigaciones, invita indagar en la historia de la afectividad y los sentimientos, como reseña al respecto Maurice Keen en un artículo de The New York Review of Books.

La discusión y las preguntas quedan servidas; la muestra sobre arte e infancia ha abierto una puerta para pensar en los niños de antes y los de ahora. Pero más que nada en la forma en que miramos y nos miran. Y en las muchas razones que tenemos para hacerlo.

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